Doble cara (Harriet Blue 2) 59
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Sentada en mi cama plegable, en el porche de Snale, escuchaba el sonido de las aves nocturnas mientras escribía en mi ordenador portátil.

Estaba enviando peticiones de investigación sobre el caso de Sam.

Whitt me había enviado un correo con una lista de pistas en las que estaban trabajando él y Tox: un sedán verde y un teléfono roto.

La pelea con los hombres de Jace Robit y el tono optimista del email de Whitt me habían animado de pronto.

Antes había conseguido hablar un cuarto de hora con Sam, y mi hermano parecía estar sano y tranquilo, a pesar de los abucheos que se oían de fondo.

Envié una petición a mi jefe, Pops, para que el equipo de Nigel interrogara de nuevo al guardia de seguridad del aparcamiento.

Quería ponerme en contacto con los investigadores de la Gold Coast que seguían pistas de posibles avistamientos de Caitlyn McBeal, para ver si había algo de cierto en aquellos rumores.

De pronto, la voz de Zac Taby me sacó de mis pensamientos. Estaba estirado sobre el fino colchón que habíamos puesto en el suelo, junto a mi cama.

—Así que trabajas en el caso del pueblo todo el día y en el caso de tu hermano toda la noche.

—Sí.

—¿Y cuándo duermes?

—Dormir es para perdedores.

—Cierto.

Los padres de Taby se habían quedado avergonzados al enterarse de que su hijo se les había escapado de casa, y que luego la gente del pueblo había ido tras él, persiguiéndolo como a un perro. Así que no les había importado en absoluto dejarlo en nuestras manos.

—Si el repiqueteo de las teclas no te deja dormir, por mí puedes llevarte el colchón a otra parte —le dije—. Nadie te ha dicho que tuvieras que dormir tan cerca de mí. La verdad es que es algo raro.

—Ni de coña —dijo el chico—. No me separo de ti. Ahora eres mi perro guardián. Le has pateado el culo a todos esos cabrones. Ahora no me aparto de ti.

No tenía muy claro si eso de que me viera como un «perro guardián» me halagaba o me molestaba.

Aunque tenía algo de cierto. Me habría gustado ser un perro guardián, sin tener que pensar, ni hacerme preguntas, un chucho fiel siguiendo a un ser querido a todas horas del día, atenta a cualquier amenaza y recibiendo golosinas a cambio de mis servicios.

Una vida deliciosamente libre de complicaciones.

Oí un gruñido, alguien husmeando, y de pronto apareció Jerry, el cerdo, en la puerta del salón.

El enorme animal olisqueó el aire unas cuantas veces, antes de decidirse a hacer el esfuerzo de bajar el único escalón que lo separaba del porche e instalarse junto al adolescente, dejándose caer como una montaña de carne cubierta de pelo.

Daba la impresión de que esa noche el lugar más popular para dormir era a mi lado.

—¿Cuánto decías que vale todo ese oro? —preguntó Zac, con la barbilla sobre las manos, apoyadas en la almohada.

El chico había encontrado las piedras en la cocina de Snale y se había quedado perplejo al oír nuestra explicación, boquiabierto y con los ojos como platos.

Se nos había quedado mirando mientras las escondíamos tras los libros en la librería del salón de Snale.

—Unos ochenta mil pavos, supongo.

—Podríamos... no sé, quedárnoslas —sugirió en voz baja, con un tono conspiratorio.

—¿Qué?

—¿Por qué no? —Se giró de lado—. Tú y yo. Podríamos repartirnos el botín. Y largarnos de esta mierda de pueblo.

Me reí en voz alta.

—No está mal como fantasía, pero cuarenta mil dólares no es tanto...

dinero. —No pude seguir. Me equivocaba. Para algunas personas, era mucho dinero.

Era suficiente para que mi madre vendiera a su único hijo a la prensa, poniendo en peligro su vida, posiblemente contribuyendo a su condena eterna, al menos a los ojos del público.

Aunque no era una cantidad con la que pudieras huir para siempre.

¿O quizá sí? ¿Qué planes tendría ese jovencito?

¿Cuánta distancia sería suficiente para alejarse de su miserable vida en este pueblo sin sentimientos?

—Pero si nos quedáramos juntos serían ochenta —sugirió con una sonrisa vacilante en los labios.

—Ah, vale —respondí socarrona—. Ya lo veo. Tú y yo, un viejo descapotable cubierto de polvo, recorriendo juntos el país. Alojándonos en hoteles de mala muerte, echándonos uno en los brazos del otro para evadirnos de los problemas.

—¡Joder, vaya que sí!

—Por favor... —Suspiré—. Tengo edad para ser tu madre.

—¿Y eso no mola?

Dejé caer una pierna bajo la manta y le di una patada en el costado.

—Calla la boca, mocoso.