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Era hora de irse. Había que arriesgar el todo por el todo.
Caitlyn había intentado negociar con su secuestrador, había intentado razonar, incluso había intentado simpatizar con él para comprender hasta qué punto debía de estar enfermo.
Entendía que ella, a ojos de él, no era más que un animal, una mascota incómoda.
No le hablaba, ya casi ni la miraba a los ojos.
Había empezado a darle de comer solo un día de cada dos.
Caitlyn tenía claro que su captor ya no sabía qué hacer con ella.
Si esperaba a que se decidiera, no sobreviviría.
Había llegado el momento, tendría que jugársela. Luchar o morir.
Luchar significaba permanecer estirada boca abajo, todo lo inmóvil que pudiera, con las botellas de vino rotas a su alrededor.
El olor acre y rancio del alcohol caducado hacía que le lloraran los ojos.
Se quedó allí tendida durante horas hasta que oyó pasos en el pasillo.
Suaves, vacilantes. Le oyó mover las cosas que usaba para bloquear la puerta de la entrada, el roce y el golpetazo del bulto más grande, el traqueteo de los más pequeños.
Sus manos en las cerraduras. Caitlyn cerró los ojos y llenó los doloridos pulmones de aire, para dejarlo escapar después suavemente por entre los labios.
«Despacio, despacio», pensó. Si esto salía mal, se habría acabado.
No tenía miedo. De un modo u otro, aquello iba a acabar.