Doble cara (Harriet Blue 2) 57
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—¿Qué? —gruñó Tox.

Whitt tenía la mente disparada. Pensaba tan rápido que casi no podía articular las palabras.

—¿Qué? —repitió Tox.

—¿Cómo sabemos que era una furgoneta blanca? —preguntó Whitt.

—Linny Simpson dijo que el tipo intentó arrastrarla hacia una furgoneta blanca.

—Pero ¿eso lo ha dicho alguien más en alguna ocasión? ¿Alguna vez se ha relacionado alguna furgoneta blanca con la desaparición de las otras chicas?

—Bueno... —Tox se quedó pensando un momento—. No.

—Siempre es una furgoneta blanca, ¿no? —Whitt sentía cómo el corazón se le desbocaba en el pecho—. En las películas, a la gente continuamente la secuestran con una furgoneta blanca o negra. ¿Y si Linny Simpson tenía razón en todo lo que ocurrió salvo en el vehículo?

Whitt cerró los ojos. Recordó a Linny, sentada ante él, en la mesa de la cafetería.

—Dijo que la furgoneta tenía la puerta cerrada. Cuando el tipo, el secuestrador, la arrastró a la furgoneta, no consiguió meterla detrás. Estaba cerrada. Eso no tiene sentido.

—¿Por qué no?

—La habría dejado abierta. No pensaría agarrarla, arrastrarla hasta la furgoneta, dejarla en el suelo y esperar que se quedara inmóvil hasta que él abriera la puerta.

—¿Hasta qué punto podía estar segura de que la puerta de la furgoneta estaba cerrada? —preguntó Tox—. Se llevó un golpe en la cabeza. Luego se desmayó. Ese es uno de los principales motivos por los que la policía rechazó su historia, porque pensaron que estaba confundida.

Whitt se encogió de hombros, sin saber qué decir. Tox se quedó pensando en lo que había dicho Whitt. Luego se acercó de nuevo al grupo de estudiantes y cogió de nuevo la cámara.

—¡Hey, la necesitamos! —protestó una de las chicas—. ¡Tenemos que entregar la semana que viene!

—Vale la pena intentarlo —dijo Tox—. Lancemos una orden de búsqueda del sedán verde. A ver qué encontramos.

Whitt se estaba frotando el puente de la nariz mientras subían por la escalera de incendios, sintiendo un dolor de cabeza justo detrás de los ojos.

—¡Oh, mierda! —exclamó—. ¡Mis gafas!

Subió las escaleras a paso ligero, recordando el repiqueteo de las gafas contra el suelo en el momento en que Tox le había dado un golpetazo durante su forcejeo con Sandy.

Buscó por entre los coches, se agachó y miró bajo las ruedas.

Las localizó justo debajo de un Camry azul.

Pero antes de que pudiera agacharse, Tox le puso una mano en el pecho.

—Vas demasiado elegante.

De pronto Whitt vio cómo Tox se metía bajo el coche, arrastrándose por el asfalto boca abajo. Le pareció que permanecía demasiado tiempo bajo el vehículo, y de pronto vio que las perneras de sus sucios vaqueros dejaban de moverse.

—¿Todo bien ahí abajo?

Tox salió de debajo del coche y le lanzó las gafas al pecho. Rodeó el Camry a paso ligero, agachando la cabeza y frunciendo los párpados, como un sabueso.

—¿Qué pasa?

—Esta ranura —dijo Tox—. Es un canal de desagüe.

Señaló un estrecho surco que recorría el asfalto, cubierto con una reja oscura y grasienta. Tox se metió bajo otro coche dos puestos más allá del anterior. Whitt oyó un ruido de hierro rascando contra el suelo.

Tox volvió a aparecer, con una sonrisa triunfante, cubierto de grasa y con un teléfono roto en la mano.