Doble cara (Harriet Blue 2) 56
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Cuando Sandy se fue, los dos hombres se acercaron a un lado del aparcamiento y se apoyaron en el muro de cemento, Tox fumando, Whitt intentando contener el horror que le había suscitado el «experimento» de su socio.

Miraron hacia el exterior, en dirección a una amplia cancha de netball y una zona de césped donde los estudiantes grababan entrevistas con cámaras de vídeo, sentados en bancos de madera, leyendo de vez en cuando sus notas mientras hablaban a la cámara.

—A lo mejor Bill el Idiota de Seguridad estaba en el baño —planteó Tox—.

O quizá tenga una novia en el campus y había ido a verla.

A lo mejor estaba escuchando música. Sea como fuere, es posible que Linny Simpson dijera la verdad.

Alguien intentó secuestrarla, gritó como una desesperada y nadie la oyó.

Whitt no sabía si eso lo hacía sentir mejor o peor.

—Pero lo de la furgoneta no tiene sentido —le recordó Whitt—. Hacia la hora en que se llevaron a Caitlyn no entró ni salió ninguna furgoneta blanca.

—¿Dónde estará? —gruñó Tox—. Si pudiéramos encontrarla, todo esto tendría sentido.

Los dos hombres siguieron observando a los jóvenes que estaban en el césped.

—¿Qué hacen esos chavales? —preguntó Tox. Whitt miró hacia el grupito de jóvenes con cámaras.

—Clase de cine, parece.

—A lo mejor tienen grabaciones de ese día —dijo Tox soltando una bocanada de humo.

—Pero habrían oído los gritos, ¿no? —objetó Whitt.

—No con esos auriculares.

Whitt siguió a Tox, que ya estaba bajando las escaleras de cemento hacia el jardín.

Los estudiantes dejaron de grabar y se giraron para mirar a Tox sin saber qué hacer.

Cuatro de ellos estaban concentrados en torno a una cámara, cada uno con unos grandes auriculares puestos. Se los quitaron al verlo llegar.

—¿Qué hay de nuevo? —dijo Tox saludando con un gesto de la cabeza al líder del grupo, un jovencito desgarbado con barba de tres días y unas rastas largas y grasientas.

—No mucho —respondió el chico.

—¿Esto qué es? —preguntó Tox señalando al grupo, las cámaras.

—Una tarea para clase de cine.

—¿Lleváis mucho tiempo con ella?

—Unos meses. Es nuestro proyecto más importante. Tenemos que entregarlo la semana que viene.

—Hmm —dijo Tox, balanceándose sobre los talones—. Dejadme echar un vistazo.

—¿Qué?

—Que quiero echar un vistazo.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo —respondió Tox encogiéndose de hombros tranquilamente, en un gesto propio de alguien peligroso—. Dejadme echar un vistazo.

Whitt se aclaró la garganta. Entendía por qué se mostraba tan misterioso Tox.

Si había imágenes relevantes sobre el secuestro de Caitlyn McBeal, Tox y Whitt tendrían que confiscarlas.

Y para eso haría falta una orden, y conseguirla llevaría tiempo.

Técnicamente, el registro de la grabación de los estudiantes era ilegal.

A Whitt no le gustaba el modo que tenía Tox de presionar a la gente para obtener lo que quería, pero no encontraba el valor para parar todo aquello.

Su ética personal y profesional se estaba degradando progresivamente.

—No tenemos la obligación de enseñarle nada —dijo el chico de las rastas.

Tox no respondió. Alargó la mano y agarró la cámara más cercana, arrancándosela de la mano a una jovencita de pelo verde.

Se puso a apretar botones, analizando las fechas de los archivos digitales que veía en la pantalla.

Los estudiantes se miraron unos a otros, atónitos.

Whitt tendió la mano a otro estudiante con un gesto de disculpa en el rostro.

El jovencito, confundido, miró a su líder y luego le entregó la cámara.

—¿Quiénes son estos tipos? —susurró uno de ellos.

—¿Deberíamos... llamar a alguien?

—¿De qué va todo esto? —le preguntó una de las chicas a Whitt—. Tenemos permiso. No estamos haciendo nada malo.

—Solo será un minuto —dijo Whitt con tono amable—. Lo siento mucho, de verdad.

—Todas las escenas de ingesta de drogas que hemos grabado son fingidas —puntualizó uno de los jóvenes alzando la mirada al cielo—. Estamos haciendo una... película para la concienciación del público.

—Ya lo pillo —dijo Tox mostrándole a Whitt la pantalla de su cámara—. Diez de julio. Tres de la tarde.

Los dos hombres se juntaron para ver la entrevista de los estudiantes en la minúscula pantalla. La cámara estaba orientada hacia la salida del aparcamiento, y en la esquina de la imagen se veía el carril de salida. Whitt apenas podía contener los nervios.

Tox aceleró la imagen. La chica que aparecía en pantalla se agitó en una serie de movimientos rápidos, moviendo la boca frenéticamente. Ella también llevaba auriculares, estaba haciendo una prueba de sonido. En ese momento salió del aparcamiento un sedán verde oscuro. La grabación acababa ahí.

Los dos hombres soltaron el aire. Los estudiantes parecieron entender que, fuera lo que fuese lo que estaban buscando, no lo habían encontrado. Tox le devolvió la minúscula cámara a la chica a la que se la había quitado.

—Gracias, chicos —dijo Whitt sonriendo. Se giraron y echaron a caminar, pero a los pocos pasos se paró.

Sentía un cosquilleo extraño que partía desde la punta de sus dedos.

Una sensación de calor en la garganta cuya causa no conseguía entender.

De pronto se dio cuenta. Ahora todo encajaba. Cogió a su compañero del brazo.