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—Soy el inspector Tate Barnes y este es el inspector Edward Whittacker —dijo Tox, que hizo una pausa antes de presentar a Sandy—. Y esta es... nuestra colaboradora. Estamos investigando el secuestro de Caitlyn McBeal.
—Oh —dijo el hombre pasándose la mano por la pechera del uniforme, donde llevaba un broche con su hombre: «bill perkins. seguridad».
—William Perkins. Tú eres el guardia de seguridad que declaró ante la policía por los sucesos de aquel día. ¿No es así? —dijo Tox, cruzándose de brazos.
—Sí.
—Interesante. —Tox miró hacia la luz del sol que entraba por el lateral del aparcamiento—.
El mismo día de la semana. La misma hora a la que parece que secuestraron a Caitlyn.
La dirección del viento parece ser más o menos la misma.
Oyes los gritos de una mujer, unos gritos que duran cincuenta segundos, y vienes corriendo.
—Sí —respondió Bill aparentemente incómodo.
—Ahora mismo estabas abajo, en el puesto de guardia de la primera planta, ¿no?
—Así es. —Bill carraspeó.
—El mismo sitio donde dijiste que estabas en el momento del secuestro de Caitlyn.
—Sí.
—Así que todas las variables son las mismas que aquel día. Pero en tu declaración dijiste que no oíste ningún grito —dijo Tox—. Dijiste que no oíste gritos, ni forcejeos en la tercera planta. Y que no viste ninguna furgoneta blanca saliendo del aparcamiento sobre esa hora.
El guardia de seguridad miró a Sandy. Era el lugar más seguro hacia el que dirigir la mirada. Whitt y Tox clavaron los ojos en el rostro del hombre, atentos a todos sus movimientos.
—¿Estabas donde se suponía que debías estar ese día, señor Perkins?
—Sí —dijo Bill irguiendo el cuerpo—. Por supuesto.
—¿De verdad? —Whitt levantó una ceja.
—Sí.
—¿Y si, por ejemplo...? —planteó Tox—. ¿Y si cogiera tu cabeza, Bill Perkins, y la pusiera en el hueco de la puerta corredera de mi furgoneta —señaló hacia el vehículo—, y luego cerrara la puerta con fuerza, una y otra vez?
Bill tragó saliva y miró a Whitt pidiendo ayuda. Pero no la obtuvo.
—¿Seguirías respondiendo lo mismo? —preguntó Tox.
Bill dio un paso atrás, luego se giró y echó a correr.
—¡Responde a la pregunta! —gritó Tox. El guardia de seguridad agachó la cabeza y corrió a toda velocidad. Tox suspiró, se sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo y encendió uno.
—Ese día no estaba en la garita —dijo mientras exhalaba humo—. No sé dónde estaba, pero ahí no.