Doble cara (Harriet Blue 2) 54
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—Esta es la puerta por la que se supone que entraron ambas chicas —dijo Whitt acercándose a la salida de incendios.

Miró por el hueco de la escalera—. Supongo que el secuestrador vería a Linny subiendo por las escaleras y decidiría que era su tipo, así que la esperaría aquí, a la espera de que pasara.

Cruzó la puerta y se apoyó en la pared, como si estuviera al acecho.

—Linny pasa, él la agarra y tira de ella hacia allí, donde tiene la furgoneta blanca.

Whitt señaló una plaza de aparcamiento a unos cincuenta metros, donde había una furgoneta blanca con la puerta corredera abierta.

Se detuvo de pronto, atónito al verla: la misma marca y el mismo modelo de vehículo que la testigo había descrito en sus declaraciones.

Tox tenía las manos metidas en los bolsillos.

Miró hacia la furgoneta sin demasiado interés.

—Bueno —dijo Tox—, pues lo que queremos saber es ¿qué probabilidades hay de que la historia de Linny sea cierta?

¿Por qué no oyó nadie sus gritos, ni los de Caitlyn en el momento del secuestro?

¿Sería capaz el secuestrador de arrastrar a Caitlyn cincuenta metros hasta la furgoneta?

Y, si lo hizo, ¿dónde y cómo podría haber dejado huellas del crimen?

Whitt seguía perplejo a causa de la furgoneta. Miró a Tox.

—Ese es el mismo tipo de furgoneta que Linny declaró haber visto el día del secuestro.

—Vaya —respondió Tox, y luego asintió—. Es mi furgoneta. La he traído para nuestro experimento.

—¿Qué experimento?

Tox no respondió. Tenía la mirada puesta en una mujer que se les acercaba subiendo por la rampa, con sus enormes zapatos de tacón repiqueteando como herraduras sobre el asfalto.

Lo primero que pensó Whitt era que las estudiantes universitarias sin duda se vestían de un modo diferente que cuando estudiaba él.

Sin embargo, a medida que se acercaba, Whitt empezó a observar una serie de cardenales en sus esbeltas piernas blancas, hasta la altura de la minifalda.

Era evidente que la larga cola de caballo era falsa, hecha con extensiones.

Se metió el teléfono en el que estaba escribiendo algún mensaje en un pequeño bolso de piel falsa y le sonrió con ganas a Tox.

—Agente Barnes —dijo sin hacer prácticamente caso a Whitt—. Ha pasado mucho tiempo, querido.

—La verdad es que sí. —Tox de pronto estaba radiante, nada que ver con su habitual imagen gris. Ahí había gato encerrado—. Whitt, esta es Sandy. Sandy, Whitt.

—Es un lugar un poco raro para un trío —dijo Sandy con una sonrisa incómoda y mirando a su alrededor—. ¿Vamos a ir a algún otro sitio o...?

—Oh, no, vamos a hacer nuestro jueguecito aquí mismo —dijo Tox.

Miró el reloj. Se produjo una extraña pausa tensa.

Él se limitaba a mirar a la joven a la cara, sonriendo.

Whitt abrió la boca para preguntar de qué iba aquello, pero antes de que pudiera hacerlo, Tox se lanzó sobre la chica, la agarró por los dos brazos y tiró de ella.

—Tú te vienes conmigo, guapa —dijo con un gruñido.

—¡Eh! —exclamó Whitt dando un paso atrás—. ¡Eh! ¡Eh!

—¿Qué estás haciendo? —gritó Sandy—. ¡Qué estás haciendo! ¡Socorro! ¡Socorro!

La chica de pronto reaccionó, pataleando y revolviéndose entre los brazos de Tox. Los dos cayeron de lado contra el lateral de un coche aparcado.

Whitt se echó adelante, intentando arrancar a la chica de los brazos de Tox, que se la llevó a rastras hacia la furgoneta. Sandy gritaba tan fuerte que Whitt sintió una presión en los tímpanos.

—¡Por favor, para! ¡Ayuda!

—¡Para, Tox! ¡Suéltala!

Tox dejó caer el cuerpo hacia un lado, golpeando a Whitt, que impactó con otro coche.

Las gafas le salieron volando y cayeron al asfalto.

Sandy se debatía entre los brazos de Tox, intentando golpearlo en la cabeza con los brazos.

Él paró un momento para agarrarla mejor, la abrazó como si fuera una niña y se la llevó hasta la furgoneta, mientras ella no dejaba de gritar.

—¡Ahí estás! —exclamó triunfante, metiendo a Sandy en la cabina y cerrando de un portazo. Sandy gritaba, golpeando la puerta con los puños. Whitt se acercó a Tox cojeando, con la zona lumbar dolorida por el golpetazo que se había dado contra el espejo de un Toyota.

—¿A ti qué demonios te pasa? ¡Sácala de ahí!

—Cincuenta segundos —dijo Tox consultando el reloj. Abrió la puerta de la furgoneta y Sandy salió, y luego le dio un sonoro bofetón en la mejilla.

—¡Serás cabrón! —exclamó jadeando—. ¿Estás mal de la cabeza o qué?

—No era más que un juego, cariño —dijo Tox posando sus enormes manazas sobre sus hombros y acariciándole los brazos—. Solo eso. No hace falta que te pongas así.

—Estás loco —dijo Sandy resoplando mientras analizaba los daños que había sufrido su melena artificial con el forcejeo—. Siempre has estado como un cencerro.

Y le dio otro bofetón.

Tox sacó un par de billetes de cien de un rollo que llevaba en el bolsillo. Sandy agarró los billetes y se los metió bajo el sujetador, pero luego extendió la mano exigiendo más. Tox suspiró y sacó dos más. Sandy miró a Whitt, con el ceño fruncido.

—Anda que has sido de gran ayuda —le espetó señalándolo con la barbilla—. ¿Esto ha sido idea tuya? ¿Qué eres? ¿Un pervertido que se pone presenciando un secuestro?

—No, no —protestó Whitt—. La verdad es...

—¿Qué demonios ha sido todo esto?

—Necesitaba a alguien que gritara —dijo Tox—. Que gritara de verdad. No a alguien que fingiera. Hoy estamos haciendo un experimento, cariño.

Sandy no parecía muy convencida. Por la rampa apareció un hombre vestido con un uniforme gris que ya tenía la mano en el cinto.

—¿Qué pasa aquí? —dijo pasándose la mano por la oscura melena—. ¿Quién necesita ayuda?

—A lo mejor tú —respondió Tox.