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Whitt había decidido que no se sentía en absoluto cómodo con Tox Barnes.
Un colega de Sídney le había advertido de que si se asociaba con aquel detective desaliñado y malcarado sufriría las consecuencias. Que el pasado turbio de Tox, un doble asesinato, según decían algunos, lo convertía en un enemigo para la policía, alguien que había que evitar a toda costa.
Pero no era eso. El problema era que se sentía en peligro al estar con aquel hombre, como si estuviera conduciendo de noche por una carretera helada, con la lluvia golpeando con fuerza el parabrisas.
Tox hablaba poco, no se reía casi nunca, y provocaba que hasta la gente que no lo conocía se apartara al pasar a su lado.
Olía a rancio y estaba cubierto de polvo a la vez, como si al llegar a casa por la noche, allá donde fuera, se metiera en un armario, cerrara la puerta y pasara allí la noche.
La terrible historia personal de Whitt le había hecho desarrollar una fijación casi obsesiva por lo nuevo, lo fresco, la limpieza y el orden.
Ponía bolsitas secantes en el cajón de los calcetines para absorber la humedad.
Si las cosas no estaban perfectamente en orden, estaban profunda e inexcusablemente mal.
Cuando se acercó a Tox, en la tercera planta del aparcamiento de la Universidad de Sídney, sintió de nuevo esas palpitaciones que tan bien conocía.
—Tengo la grabación de las cámaras —dijo Whitt, sacando una hoja de papel de la carpeta que llevaba bajo el brazo.
Le pasó a Tox una fotografía de mala calidad sacada del sistema de seguridad de una tienda de empeños de Bondi Junction.
Whitt había conseguido las imágenes de la compra de la videocámara hallada en el apartamento de Sam Blue, robada inicialmente de un apartamento en Elizabeth Bay.
La imagen mostraba a un hombre con gorra saliendo por la puerta de la tienda.
—No es una gran foto —dijo Whitt.
—No. No lo es —respondió Tox con un suspiro—. Podría ser Sam Blue o podría ser su abuela.
—Voy a hacer que la analicen. A ver si pueden deducir las medidas del hombre teniendo en cuenta el ángulo de la cámara y la entrada. A mí me parece más alto que Blue.
—¿Has hablado con la tal Simpson?
—Sí.
—¿Te ha convencido?
Whitt no lo tenía muy claro.
—Mantiene su última versión. La furgoneta blanca, los gritos, Caitlyn allí de pie, mientras ella echaba a correr.
—Muy pronto lo sabremos —dijo Tox.
Whitt respiró hondo y recorrió el aparcamiento con la mirada. Se acercaron a la puerta que daba a la escalera de incendios. ¿Era ese el lugar en que había respirado libre por última vez Caitlyn McBeal?
Y si así era, ¿volvería a respirar libre?