52
Cuando peleo con hombres, lo primero que intentan es derribarme.
No quieren darle un puñetazo a una mujer, sin más.
Hasta que entienden que yo no soy una mujer cualquiera.
Se imaginan que pueden agarrarme y tirarme al suelo, y que así aprenderé que he estado jugando a juegos de chicos grandes y que más vale que vuelva con mis muñecas y deje de engañarme.
Jace Robit era un hombre duro, con los músculos fortalecidos tras años de trabajar en granjas, quemando grasa y acumulando fibra muscular en torno a unos huesos sólidos.
Sus grandes manoplas se dirigieron, cómo no, hacia mis hombros, pero yo lo esquivé y di un paso a un lado, para luego soltarle un gancho rápido en las costillas que lo dejó sin aire.
Se tambaleó e intentó lanzarme un manotazo para agarrarme de la nuca.
Yo me agaché a tiempo, me situé tras él y le di una patada en el culo.
A sus hombres se les escapó una risa breve, un repentino acto de traición.
Jace estaba cada vez más furioso, y pelear con rabia es un gran error.
Yo estaba disfrutando el momento. Quería que todos se unieran a la pelea a la vez.
Para mí era la mejor terapia. Jace arremetió contra mí de nuevo, y yo me eché a un lado, pero esta vez vio mi finta, balanceó el cuerpo y consiguió impactar con los nudillos a la altura de mi oreja.
Asimilé el dolor, le di la bienvenida. Di un paso adelante y amagué un directo con la izquierda para atizarle de pleno en la nariz con la derecha.
Sangre en la tierra. Al verla, sentí una euforia que me recorrió todo el cuerpo.
—¡Ya basta! —dijo uno de los granjeros, que ya había visto bastante.
Me agarró por detrás y le solté una patada en el pecho a Jace, aprovechando el impulso hacia atrás para empujar al segundo atacante.
Los dos salimos rodando por el suelo. Me giré, me levanté, le pisé la mano y oí un crujido. El hombre soltó un grito.
—¡Agárrala! —dijo otro—. ¡Joder, agárrala, John!
—Sí, John —le dije yo, incitándolo con un gesto de la mano—. Ven a agarrarme.
Los dos se lanzaron contra mí a la vez. No era juego limpio, pero desde luego sí esperable.
Pensaban que retrocedería, así que en lugar de eso me agaché, lanzándome a las piernas de John, y sentí que caía sobre mí, pero su propia inercia iba en su contra.
El amigo de John vino a por mí, y desde el suelo le solté una patada que le dio en la barbilla.
Jace aún sangraba por la nariz cuando sus amigos lo ayudaron a levantarse. Los hombres se reunieron para analizar la situación. Oí las palabras «zorra psicótica».
Yo no tenía bastante. Pero cuando los animé a que atacaran de nuevo, ninguno de ellos se movió. Se quedaron allí de pie, jadeando, perplejos tras aquel primer asalto devastador.
—¡Venga! —los apremié. Yo también estaba furiosa. Ninguno se movió—. Oh, venga ya, joder. ¡Mariquitas!
Me quedé mirando el coche de aquellos tipos, que pasaba frente a la casa de Dez, mientras este contemplaba la escena junto a Kash, en la oscuridad.
Al principio mi compañero no parecía tener mucho que decir, lo que me sorprendió.
Recorrimos el polvoriento sendero juntos, bajo las estrellas.
Ni siquiera me había cansado lo suficiente como para arrancar a sudar.
El puñetazo en el oído me había provocado un dolor pulsante y una sensación de calor que no me resultaba desagradable del todo.
Levanté la mano y la apoyé sobre la oreja, disfrutando de la sensación.
Se me pondría morada. Me costaría dormir sobre ese lado.
Era algo, al menos. Al cabo de un rato, Kash soltó una carcajada y yo me giré para mirarlo.
—Creía que habías dicho que no queríamos presentar un frente hostil —dijo.
—Eso no ha sido hostil. Arrestarlos en público sí habría sido hostil. Querían que habláramos en su idioma. Y lo he hecho. Ojalá hubieran aguantado más.
No respondió. Yo sabía cómo le sonaba aquello.
Mi hermano estaba acusado de ser una de las personas más crueles y violentas de la historia de la nación, y ahí estaba yo, quejándome porque no había tenido ocasión de darles una paliza a un puñado de tíos hasta dejarlos inconscientes.
Pero las palabras me salieron de la boca antes de que pudiera detenerlas.
Kash me miró de reojo y lo vi: era la mirada de preocupación de alguien que había presenciado una amenaza.
Lo cierto era que Kash tenía razón preocupándose por mí.
Me había pasado la mayor parte de mi vida haciendo equilibrios sobre una fina línea que separaba el lado oscuro de mi vida del claro.
Había cosas en mí que daban miedo: lo rápido que era capaz de enfurecerme, lo mucho que disfrutaba a veces haciendo daño a la gente.
Mi mente estaba llena de sombras en las que vivían fantasmas violentos, unos monstruos temibles que a veces se manifestaban en mis sueños.
La mayoría de las veces la mitad clara se imponía, y las sombras y el humo retrocedían y volvían a sus madrigueras, no completamente aniquilados, pero al menos controlados.
Pero a veces ambas mitades chocaban y el resultado final era un empate, un cincuenta por ciento para cada mitad, y todo el mundo se quedaba mirando, a la espera de ver mi reacción.
Incluso yo.