51
Se oyeron pasos, y luego alguien golpeó la puerta de la entrada.
Yo ya me había levantado de mi silla instintivamente y había salido corriendo por el pasillo.
La pistola se me había quedado en la mesita del café, donde la había dejado antes de la cena.
Zac Taby estaba apoyado en la puerta, golpeándola con ambas manos.
Cuando la abrí, prácticamente cayó entre mis brazos. Estaba empapado en sudor, temblando.
—¡Van a por mí! ¡Van a por mí!
—¿Qué demonios está pasando?
—¡Ayudadme! ¡Me han disparado! ¡Están intentando matarme!
Salí al exterior. No se oía nada. A lo lejos, en la carretera, vi un coche parado.
La luz de los faros se reflejaba en el polvo arrastrado por la brisa, y de vez en cuando se veía saltar alguna langosta que había acudido atraída por la luz.
Eché a andar por el camino del jardín y salí por la puerta de la verja.
Kash me seguía de cerca, con la pistola en la mano.
—¿Quién es? —preguntó.
—Probablemente Jace Robit y su banda de idiotas.
—Si le han disparado al chico, tendremos que detenerlos a todos.
—Hablaré con ellos —dije quitándole importancia con un gesto—. Tú quédate aquí. No queremos presentar un frente hostil.
Al acercarme oí el murmullo del motor en punto muerto.
Vi que había cuatro hombres dentro. El codo que sobresalía de la ventanilla del conductor efectivamente pertenecía al curtido cuerpo de Jace Robit, que se quedó mirando cómo me acercaba con una sonrisa en los labios.
Yo ya conocía a ese tipo de hombres. Aunque esa noche habían usado la camioneta para perseguir a un adolescente asustado, tirando al aire para hacer que se cagara de miedo, el chico no era su presa habitual.
Esos tíos eran de los que salían de noche a perseguir, dar caza y destripar jabalíes y canguros.
Los clásicos hombres furiosos y aburridos, con demasiada munición y pocos objetivos como para dar rienda suelta a su sed de sangre.
Cuando me acercaba al coche, aceleré un poco, y al llegar al vehículo levanté la bota, dándole un taconazo al espejo retrovisor lateral, que cayó al suelo, reflejando la tenue luz del coche.
—¡Hey! ¡Qué cojones!
Jace abrió la puerta de golpe, bajó y me agarró del hombro, buscándome la axila con la punta de los dedos, en una dolorosa tenaza. Yo le solté un puñetazo en la cara sin emplearme a fondo, pero aun así retrocedió unos pasos, más sorprendido que dolorido.
—Os dije que dejarais en paz a ese chico —dije—. ¿Tienes problemas de oído?
—Y yo te dije que aquí arreglamos las cosas a nuestra manera —respondió Jace.
Los otros hombres ya habían salido de la camioneta y me habían rodeado.
Tenía a dos detrás, cortándole el paso a Kash.
Mi socio estaba en la carretera, a unos cien metros, avanzando rápido, con la pistola al lado del cuerpo.
—Ese chico es un peligro para el pueblo —dijo Jace señalando hacia la casa—. No lo queremos aquí. No me importa lo que hagas con él, llévatelo contigo a la ciudad. Ponlo en... como sea que se llame eso... custodia protectora.
—No ha hecho nada malo.
Uno de los granjeros que tenía detrás soltó un bufido.
—Tú no eres de por aquí, cariño —replicó Jace burlón—.
Tienes que entenderlo. Aquí hay gente que tiene su sitio, y gente que no.
Y ese chaval, Taby, no lo tiene. En la naturaleza están los animales autóctonos y las especies introducidas.
—Levantó la palma de una mano, y luego la otra, a cierta distancia—.
Como los felinos salvajes. Se comen a los nativos.
Y si no acabas con ellos antes de que se multipliquen, acaban ellos contigo.
—Gracias por la clase de ciencias naturales —dije—.
Muy ilustrativa. Yo también tengo un par de lecciones para ti.
Solo que no te van a gustar. Así que te lo digo una última vez.
Súbete otra vez a esa camioneta y vuélvete a casa cagando leches, antes de que decida empezar la clase.
—Detecté cierta sorpresa en el grupo de hombres que me rodeaba.
Se miraron los unos a los otros y se rieron. Ninguno de ellos retrocedió.
—Harry —Kash ya estaba al borde del claro—. No lo hagas.
—¿Que no haga qué? —dijo Jace mirándome de arriba abajo, despreciativo.
—Ya has oído a este tío, Elliot —dije yo haciendo chasquear los nudillos—. Dice que aquí ellos arreglan sus cosas personalmente. Así que vamos a arreglar esta situación.