50
Dez fijó la vista en el techo, buscando la manera de huir de las acusaciones de su hija.
—Déjenme que les enseñe uno de nuestros álbumes —dijo.
Se dirigió a un armario cercano y cogió un álbum de fotos.
Colocó el libro entre Snale y yo, y se puso a pasar páginas.
En las fotos aparecían adolescentes desgarbados, larguiruchos y muy sonrientes, agachados entre las rocas, junto al despeñadero vertical de Last Chance Valley.
Algunos estaban trepando por una enorme formación rocosa en el desierto.
Otros señalaban el horizonte. Caras ilusionadas, chicos y chicas con la piel tostada por el sol, sentados en torno al fuego.
—¿Qué tipo de actividades hacen los chavales ahí fuera? —le pregunté.
—Orientación, técnicas de supervivencia, algo de entrenamiento de resistencia e inmersión en el medio.
Kash, a mi lado, se iluminó de pronto.
—¡Eso suena fantástico! —dijo—. ¿Cómo ha desarrollado el programa?
—Oh, el caso es que soy reservista.
—Eso es genial. —Kash acabó con el resto de whisky de su vaso de un trago—. Me encantaría saber qué técnicas usa. ¿También les enseña tácticas de defensa personal?
—Bueno, lo haría, pero no tengo demasiada experiencia en...
—Ah, vaya. —Kash adelantó la silla e irguió el cuerpo, como un obediente pastor alemán—. Pues yo tengo unos cuantos ejercicios que podría enseñarle. Entrenamiento para jóvenes. Obtuve mi título de entrenador de reclutas hace ya tiempo. Podría echarle una mano.
Los dos se pusieron a charlar. Bella aparecía en un par de fotografías, en un extremo del grupo, jugueteando con su bolsa o contemplando el fuego.
Ahora me miraba desde el otro lado de la mesa, con una pierna recogida bajo el cuerpo, de modo que podía apoyar el codo en la rodilla mientras iba empujando los bocados de comida por el plato con el tenedor.
—¿Tú fuiste a muchas de esas expediciones? —le pregunté.
—Unas cuantas —dijo ella—. Solía ser yo quien hacía las fotos.
Snale se fijó en una imagen de Dez guiando a un puñado de chavales en un ejercicio de búsqueda y rescate en el que cuatro de ellos llevaban a otro en una camilla. Bella parecía ser la única que no tenía interés en las fotos.
—Bueno, y entonces, ¿quién mató a Theo Campbell? —preguntó Bella, con la boca llena de judías, distrayéndome de las aventuras de las fotos que tenía delante.
—Dímelo tú.
—Yo creo que estaba metido en algo chungo —dijo ella, y luego sonrió—. El año pasado, antes de que yo me fuera a la universidad, ya empezaba a mostrarse más laxo con las normas. Un día nos pilló a un grupito fumando hierba en la escarpadura sur.
Miré al padre de Bella para ver si reaccionaba a la confesión de su hija. Pero estaba muy ocupado hablando con Kash.
—El jefe Campbell no hizo nada —prosiguió Bella—. Ni siquiera nos la quitó. Se quedó allí un rato, charlando con nosotros. Casi me quedé esperando que nos pidiera una calada. Supongo que se estaba haciendo mayor. Ya no le importaba.
—¿Y con quién exactamente estabas fumando hierba, jovencita? —preguntó Snale.
—Ya me conoces, Vicky —respondió Bella dándose un toquecito con el dedo al lado de la nariz—. Se me da bien guardar secretos.
De pronto algo a mis espaldas le llamó la atención, algo que vio por las ventanas de cristal del porche. Inclinó el cuerpo hacia un lado y se metió otra cucharada de judías en la boca.
—Más vale que saquéis las armas, polis —dijo con gesto divertido, señalando a la puerta con un movimiento de la cabeza—. Se avecinan problemas.