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Snale me estaba esperando frente a la gran mansión de John Destro, algo más allá de la escuela, hacia el norte de Last Chance Valley.
Dez había organizado la cena con Snale: el alcalde había reconocido que era el que mejores relaciones tenía con todo el mundo en Last Chance, por lo que seguro que sabía cosas que la agente desconocía.
Dez parecía haberse hecho con los mejores terrenos de todo el pueblo.
A la derecha del garaje de dos plazas vi un amplio prado que daba paso a unos campos en los que pastaban las vacas.
Los animales arrojaban unas sombras alargadas ahora que el sol se acercaba al horizonte por el borde del valle.
—¿Dónde has ido?
—He ido a ver a Jed Chatt —respondí.
—¿Qué? —Snale me dio un manotazo en el brazo—. ¿Sola? ¿Estás loca?
—A mí no me parece tan temible como me lo habéis pintado todos.
—Sí que da miedo —dijo ella—. No está bien vivir solo en medio de la nada, sin nada que hacer. Viene al pueblo a por suministros y no habla con nadie. Es raro. Ojalá se fuera a algún otro sitio. Me pone mal cuerpo.
Recordé las palabras de Jed: «No encajo en su narrativa».
—¿Es el único miembro de la familia Chatt que vive por aquí? —pregunté.
Snale asintió.
—Toda su familia se fue hace muchos años —dijo, y a continuación me llevó hasta la puerta de la casa de Dez—.
Todos se fueron dispersando, y fue un momento tenso, porque la disputa entre las dos familias ya existía.
Algunos vivían en el pueblo, pero no parecían integrarse.
Al final todos se fueron, cada uno por su lado, pero él se quedó, haciéndonos sentir mal por cómo vivimos aquí, en el valle.
—¿Sabes algo de su familia? ¿De los que se fueron?
—No. —Snale se encogió de hombros—. No creo que se mantengan en contacto.
No quería mencionar al bebé. Jed tenía razón al sospechar que, siendo una agente venida de fuera, podría ser que quisiera comprobar cómo estaba el niño a su cargo, preocupada por lo inadecuado de aquel entorno para el cuidado de un bebé.
Yo sabía mucho sobre custodia, de mis tiempos en casas de acogida.
Era imposible que las autoridades aprobaran aquella situación, Jed y el bebé solos en el desierto, con todas esas armas y lejos de todas partes.
Pensé en mi madre. Cuando los servicios sociales habían acudido para hacerse cargo de mi hermano y de mí, estábamos cubiertos de quemaduras de cigarrillo y de sarpullidos, malnutridos y magullados.
La policía se había presentado en el piso de un dormitorio donde vivíamos con ella, su chulo y otro hombre, sospechando que allí se traficaba con drogas, y habían reventado la puerta.
Probablemente alguno de los policías que había participado en la redada había informado a los servicios sociales del estado en que estábamos mi hermano y yo.
Yo no iba a ser la poli que mandara a los de servicios sociales a casa de Jed Chatt. Pero sabía que quería volver, comprender lo que pasaba ahí arriba. Descubrir si aquel hombre era un peligro para sí mismo, para el bebé o para el pueblo.