Doble cara (Harriet Blue 2) 46
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—Ahí estás bien —dijo el hombre.

Me esperaba a alguien más viejo, más decrépito.

Pero Jed Chatt no tendría ni sesenta años o, si los tenía, los llevaba bien.

Incluso por el modo en que estaba sentado, resultaba obvio que era un hombre alto y delgado, de anchos hombros y brazos fuertes.

Tenía el cabello negro, rizado, con mechones grises, y la piel muy morena.

La recortada que tenía sobre la pierna estaba bien engrasada, y tenía la culata pegada con cinta adhesiva.

Aparté un poco las manos del cuerpo y me detuve de golpe, con un pie extendido hacia delante, levantado del suelo, a medio paso.

—Soy poli.

—Eso me parecía —dijo él señalando con la cabeza un enorme rifle montado sobre una mesa a su izquierda apuntando hacia el coche. Tenía una mira telescópica montada—. Ya te tenía en el punto de mira poco después de que salieras de la carretera. Te he visto hablando mientras conducías.

Me giré a mirar la carretera.

—He pensado que o eras una loca que hablaba sola, o una persona cuerda que hablaba por teléfono. Y por estas tierras, la única persona que podría estar tan estresada para conducir y hablar a la vez tenía que ser una poli.

—Bien pensado —dije—. Ahora baja el arma.

—Primero tú.

Moví la mano lentamente hacia la espalda y me saqué la pistola encajada en la cintura de los vaqueros. La dejé en el suelo, a mis pies. Jed respondió moviendo su escopeta, que dejó de apuntarme a la barriga, pero seguía apuntándome a la rodilla.

—Supongo que eres Jed Chatt, el terror de Last Chance Valley.

—El mismo.

—Me llamo Harriet Blue —dije yo, y me sentí algo aliviada al ver que no parecía que reconociera el nombre—. Solo quiero hablar.

—¿Es por el chico?

—¿Qué chico? —pregunté. No respondió. Nos quedamos mirándonos fijamente, como si ambos nos negáramos a mostrar nuestras respectivas cartas primero, hasta que se oyó un gemidito procedente del interior de la casa, que le hizo cambiar de expresión, y ablandarla por un instante, antes de endurecerla de nuevo.

Ladeé la cabeza—. ¿Eso es... eso es un bebé?

Jed dejó la escopeta y se levantó de su butaca.

Era aún más alto de lo que pensaba. Pasó a mi lado y desapareció en el interior del edificio.

Lo seguí hasta el umbral. El interior estaba oscuro y fresco.

Junto a la parte trasera de un sofá había una vieja cuna de madera.

Prácticamente no había más muebles en la estancia.

El grandullón cogió a un bebé de entre las sábanas blancas y se lo llevó al pecho.

Aún estaba confusa y turbada al ver la transformación de Jed, de la araña dispuesta a atacar desde su butaca a lo que fuera que era ahora, con el niño en brazos. Me acerqué. El niño era moreno como él, y se agarraba a la vieja tela de algodón de su camisetita.

—Nadie te ha invitado a entrar —dijo.

—¿Este es el niño del que hablabas? —pregunté.

Jed me miró de reojo y no dijo nada. Vi que intentaba recoger el mordedor del niño, que estaba en la cuna, sin soltar al bebé. Me agaché y lo recogí yo. Nuestros dedos se rozaron. Jed tenía la piel dura y caliente.

—Nadie en el pueblo me ha dicho que tuvieras un niño.

—Me sorprendería que alguien lo supiera —dijo—. No es asunto suyo.

—¿De quién...? —No sabía cómo decirlo—. Quiero decir que... eres un poco... maduro... para tener un hijo recién nacido.

—Es una larga historia —dijo—. Pero si no has venido por el niño, tampoco es asunto tuyo.

El bebé se puso a jugar con el mordedor.

Yo me senté en el brazo del sofá y vi cómo el hombre sacaba un biberón de leche materna de la nevera, encendía el hervidor de agua y luego echaba el agua en un cuenco.

Metió el biberón en el agua del cuenco, dándole vueltas con suavidad, mientras el bebé gimoteaba junto a su pecho.

Con la mano en que estaba apoyado el bebé le iba dando unas suaves palmaditas a un ritmo constante.

Aquel hombre había criado otro niño antes, pero recorrí las paredes con la vista y no vi ninguna foto.

Daba la impresión de que la llegada del bebé había sido algo inesperado.

Había una pequeña bolsa con ropa de niño junto a la puerta y no se veía ni un juguete.

El bebé y el hombre estaban solos. No había ni rastro de la presencia de alguna mujer.

En la encimera de la cocina vi una pistola, junto con unos viejos libros llenos de anotaciones a mano.

—¿A qué has venido? —preguntó Jed.

—Estoy investigando la muerte de Theo Campbell.

—¿La qué? —dijo Jed, que estaba comprobando la temperatura de la leche sobre su peludo brazo—. Theo Campbell no está muerto.

—Tengo un equipo forense que opina lo contrario.

—¿Qué ha pasado?

Tomé nota de cómo lo había preguntado: «¿Qué ha pasado?», y no «¿Quién lo ha matado?», lo que hacía pensar que sabía que Theo Campbell había sido asesinado. La tensión que sentía en el pecho empezaba a remitir.

—Eso es lo que querría saber yo.

—Pues no te puedo ayudar —dijo—. Me mantengo lejos del pueblo todo lo que puedo.

—No parece que a esa gente les gustes mucho.

Soltó una risa sarcástica, amarga, fatigada.

—No encajo en su narrativa.

Empezaba a pensar que tampoco encajaba en mi narrativa, que estaba perdiendo el tiempo.

No tenía sentido que aquel hombre se hubiera puesto a hacer bombas, que pensara aterrorizar a un pueblo lleno de gente, con un bebé atado al asiento del pasajero de su vieja camioneta.

Sin pensarlo, me atreví a dar unos pasos más en dirección al hombre y al niño, impulsada por el extraño deseo de verle los ojos al bebé.

Pero de pronto unos ladridos procedentes del exterior de la casa me sacaron de mi ensoñación. Jed y yo nos giramos hacia el sonido, y vi a Digger pasando frente a mi coche, olisqueando las ruedas.

—Ese maldito perro —dije—. Desde luego no para quieto.

—Puedes llevártelo de vuelta al pueblo antes de que le pegue un tiro —dijo Jed, apartándose de la encimera de la cocina con el bebé a cuestas—. Te doy treinta segundos de ventaja.