45
Había dejado la carretera principal siguiendo las rodadas de unos neumáticos viejos sobre la tierra compacta que llevaban hacia la casa del viejo temible.
En aquella zona, la vegetación era escasa y se componía básicamente de plantas típicas del desierto.
Tras la maleza se veían unos grupitos de árboles en el horizonte, como brillantes ejércitos a la carga.
Last Chance Valley parecía un oasis comparado con aquella infinita extensión de valles sombríos e inhóspitos barrancos.
No había señalización alguna. Unos grupos de canguros grises descansaban en las escasas zonas de sombra y miraban el coche al pasar.
Snale me había hablado de Jed Chatt en el comedor de su casa, señalando la motita que era su casa en el mapa, rodeada de un enorme terreno en el espacio vacío que se abría al oeste de Last Chance Valley.
Había habido una disputa entre los hombres de Jed y los de Dez, unos doscientos años atrás, al parecer por unas tierras del valle que querían ambas partes.
Snale no sabía mucho más sobre el tema, pero me dijo que aún seguían enfrentados.
Jed casi nunca iba al pueblo, pero cuando lo hacía la gente lo evitaba.
Dependía de Dez para recibir el correo, y del pueblo para comprar comida y suministros, o para hacer alguna visita ocasional a médicos y dentistas, pero parecía planear sobre el valle como un águila negra, y los habitantes del pueblo eran como un puñado de ratones angustiados.
La casa estaba en la ladera de una colina, orientada hacia el valle.
La escarpadura de Last Chance Valley apenas se veía a lo lejos.
Bajé del coche a los pies de la colina y alcé la vista en dirección a la casa.
No vi a nadie. Era una vivienda muy austera, funcional: contraventanas cerradas para protegerse del sol abrasador, un porche que no se había pintado en muchos años.
Había una pequeña marquesina donde habría podido hacerse alguna barbacoa, pero no había ninguna silla que indicara que se hubiera hecho en algún momento.
Pero sí una vieja parrilla oxidada apoyada en unos bloques de piedra, y una serie de bombonas de gas, también oxidadas, bajo una mesa.
Me acerqué al porche. Jed estaba tan inmóvil que debía de llevar al menos veinte segundos viéndome antes de que yo notara su presencia.
Estaba sentado en una vieja butaca de color mostaza, bajo una sábana floreada, clavada a los travesaños del techo a modo de improvisada carpa que no conseguía bloquear del todo el sol.
Yo aún pensaba en aquello cuando observé que tenía una escopeta en la mano y que me apuntaba con ella.