Doble cara (Harriet Blue 2) 44
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Le cogí prestado el coche a Snale y me fui a dar un paseo por el desierto para aclararme la mente mientras ella y Kash procesaban el paquete de oro de la casa de Olivia Campbell.

Cuando salí de casa de Snale, los dos estaban diseccionándolo, pesando el oro y usando cinta adhesiva para tomar todas las huellas posibles del envoltorio.

Kash no paraba de decir que la dificultad que suponía seguir el rastro a los metales preciosos hacía que fueran perfectos para financiar el terrorismo.

En el fondo entendía el modo que tenía Kash de ver el mundo.

Había conocido a agentes que habían trabajado tanto tiempo en Delitos Sexuales que solo conseguían ver a dos tipos de personas: hombres que eran depredadores en potencia y mujeres que eran sus presas potenciales.

Por definición, mantenerse alejada de los hombres suponía estar segura.

Llamé a Tenacity con el manos libres sin saber muy bien por qué. Supongo que sentiría curiosidad por ver si efectivamente era la Tenacity cuyo caso había resuelto años atrás.

Cuando cogió el teléfono, oí ruido de cacharros, como si estuviera trasteando en la cocina.

—Por Dios, Harry —dijo riéndose—. Qué sorpresa.

—Solo quería ver cómo le iba a mi amiga la tenaz —dije—. ¿Cómo va todo?

Me sentí algo culpable al oír que suspiraba y empezaba a quejarse de que su madre no conseguía encontrar un empleo, que su hermano estaba metido en pleitos, que no conseguía mantener la casa limpia.

No obstante, me dijo que le estaba yendo muy bien con su asesoría.

Yo no sabía cómo sacar el tema de Kash, ni si debía hacerlo.

Decidí que era totalmente inapropiado plantearme siquiera hablarle de él.

—Pero estoy en pleno divorcio —dijo.

—Oh, vaya.

—He estado con Elliot dieciséis años —dijo—. Ya éramos novios en el instituto.

Hice un ruido extraño, y Tenacity hizo una pausa.

—¿Qué?

—Creo que lo tengo de compañero en un caso.

—¿A quién? ¿A Elliot? —El ruido de cacharros de fondo se detuvo por completo—. ¿Elliot Kash? ¡Por Dios! —Soltó una risa sarcástica—. El mundo es un pañuelo.

—Me siento un poco avergonzada —confesé—. Le oí decir tu nombre, y pensé...

—Pensaste: «Joder, ¿cuántas Tenacitys puede haber en el mundo?». Me pasa constantemente. Déjame que lo adivine: me llamas para que me lo lleve a rastras y te libre de él.

Me ardía el rostro. Intenté concentrarme en la carretera.

—Bueno, pues escúchame, Harriet Blue —dijo—. No me importa si tienes que encadenarlo a la valla del Ayuntamiento, pero que no vuelva en un tiempo. Necesito una pausa, ¿me entiendes?

—¿Una pausa de qué?

—¡De sentirme como si fueran a raptarme y a tomarme de rehén cada vez que piso un maldito aeropuerto!

—exclamó vociferando—. ¡De mirar a todo el mundo en el autobús como si llevaran el bolso lleno de explosivos!

¡De despertarme cada mañana oyendo la Voz del Califato en la radio, y de encontrarme ejemplares de revistas de propaganda de la yihad en la mesa de la cocina!

Mis amigos creen que está como un cencerro.

La obsesión de Elliot con el terrorismo islámico me está volviendo loca. Y yo pensaba que tenía problemas...

—Bueno, es su trabajo —alegué—. Quiero decir...

—No es su trabajo —replicó—. Es su vida. Cuando conocí a Ell, era un tipo tranquilo, un surfista. Era albañil. Manos fuertes, moreno como una castaña. Pero luego todo cambió. Fue a Bali en un viaje de surf con cuatro de sus colegas y la primera noche todos se fueron al Sari Club.

Se me encogió el corazón. Ya sabía cómo iba a acabar aquello.

En 2002, doscientas dos personas, entre ellas ochenta y ocho australianos, habían sido víctimas de un atentado suicida en Kuta, obra de un grupo terrorista islámico llamado Yemaa Islamiya.

Una de las bombas había estallado en el exterior del Sari Club, que estaba lleno de turistas divirtiéndose.

—Esa noche murieron tres de sus amigos —dijo ella—.

El cuarto murió en el hospital al día siguiente.

Dos semanas más tarde, Elliot presentó una solicitud para sacarse una licenciatura por la vía rápida.

En relaciones internacionales, especializado en seguridad.

Antes de que me diera cuenta, ya estaba haciendo entrevistas para entrar a trabajar en la ASIO. Y desde entonces ha sido así.

Yo me la imaginé sentada en su cocina, quejándose airadamente de los montones de libros y papeles repartidos por la encimera, planos aéreos de minúsculos pueblos afganos.

—No puedo seguir con esto. Elliot no va a detener el terrorismo él solo. Lo único que va a conseguir es convertirse en la próxima víctima, y destruir todo y a todos los que quiere con su obsesión.