Doble cara (Harriet Blue 2) 43
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Fue un día de interrogatorios. Zac Taby había dicho que había otros cuatro chavales de Last Chance Valley presentes en la clase sobre explosivos de aquel profesor en prácticas dos años atrás.

Uno de esos cuatro, Brandon Skinner, había muerto de sobredosis el año anterior mientras experimentaba con meta estando solo en casa.

Llamaron a los otros tres a casa de Snale, y dos de ellos se presentaron con sus padres.

Snale y yo los hicimos sentar en el sofá y los acribillamos a preguntas.

¿Habían participado en la gamberrada de los petardos que había tenido lugar tras aquella desafortunada clase?

¿Conocían a alguien que lo hubiera hecho?

¿Qué impresión tenían del pueblo y de su gente?

¿Qué impresión tenían de sus amigos? ¿Conocían a alguien que tuviera una mochila roja?

A todas nuestras preguntas contestaron con un no tras otro.

Aquella era la juventud de Last Chance Valley, un grupo de mocosos aburridos y sin esperanzas que se metían en un lío tras otro.

Eso era lo que hacían los chicos del lugar. Ninguno de ellos iba a admitir nada.

De vez en cuando se presentaba alguien a darnos pistas sobre algún vecino que consideraban responsable de la explosión.

En la mayoría de casos señalaban a Zac Taby.

Hubo un par de menciones a un hombre llamado Jed Chatt que vivía fuera del pueblo, el «viejo temible» de Zac.

A mediodía Whitt empezó a enviarme mensajes de texto desde un nuevo número. No le pregunté por qué.

«La cuenta que abriste para Sam está vacía. Lo he visitado. Está nervioso».

Solté un buen resoplido. Desde el momento del arresto de mi hermano ya sabía que aquello iba a salirnos muy caro a los dos.

Con su permiso, había vendido casi todas sus posesiones inmediatamente después de su detención y me hice cargo de su cuenta corriente.

Había vendido mi apartamento, mi coche y algunos objetos de coleccionista, y había cancelado algunos depósitos a plazo en los que tenía mis ahorros.

A la semana de su detención empezaron los gastos.

Ingresé algo de dinero en la cuenta de gastos de la prisión para que pudiera comprarse tentempiés y cosas de aseo, pasta de dientes y cosas así.

Pero entonces empezaron a llegar las amenazas de muerte, claro.

Comencé a transferirle dinero para comprar protección, el mínimo necesario para mantener satisfechos a sus enemigos.

Sabía que con el tiempo pedirían más. Pero solo necesitaba mantener a Sam con vida hasta el final del juicio.

Pediría un préstamo en caso necesario. Cogería un segundo o un tercer trabajo. Lo que hiciera falta.

«Enseguida ingresaré algo más —le dije a Whitt—. Tox y tú todo bien?».

Hubo una pausa larga. «No estoy seguro de que seamos los mejores socios. Es una persona inquietante, con una reputación igual de inquietante, y me preocupan los planes que pueda tener para el verdadero asesino si lo encontramos».

Aquello me hizo sonreír. Sí, en efecto, Tox era inquietante.

Probablemente Whitt ya habría oído el rumor que corría entre la policía de que había matado a una madre y su hijo cuando era un crío.

Yo era una de las pocas personas que sabía la verdad, pero no se me ocurriría divulgar el secreto de Tox a sus espaldas.

Le respondí a Whitt tratando de tranquilizarlo.

«Cinco días y estaré en casa. Tox es buena gente. Confía en mí. Con él estás seguro».

«Huele a perro mojado», respondió Whitt.