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—Sí que grité —insistió Linny—. Chillé hasta quedarme sin aire.
Whitt echó un vistazo a los informes policiales que tenía sobre la página de su cuaderno.
Bajo la declaración de Linny tenía la del guardia de seguridad que estaba en la barrera del aparcamiento aquel día, que no había oído los gritos de la chica, a pesar de que el aparcamiento tenía una acústica perfecta para que resonara cualquier ruido, al ser hueco por el centro, con las rampas y las puertas que daban a los edificios en el perímetro.
—Dices que te revolviste al llegar junto a la furgoneta —dijo Whitt—. Y que de algún modo conseguiste liberarte.
—No sé cómo.
—¿Le diste una patada, quizá? ¿Un puñetazo?
—Ya le he dicho que no lo sé. —Linny cogió el café que le tendía la camarera y lo agarró entre las dos manos, como había hecho antes con la otra taza—. Tenía miedo.
—¿Llegó a meterte en la furgoneta? —preguntó Whitt—. ¿Entraste y luego conseguiste salir, de algún modo?
—La puerta de la furgoneta estaba cerrada.
Whitt tomaba notas a toda prisa. El cerebro le daba vueltas frenéticamente, como un motor a pistón. Alargó la mano para coger el azucarero y sin querer se mojó el puño de la camisa en el café. Soltó un improperio.
—Vale. Te debates, te liberas, echas a correr y es entonces cuando te das cuenta de que hay una chica mirando.
—Una chica negra —dijo Linny—. Caitlyn McBeal.
—Bueno, con eso tenemos que tener cuidado —le advirtió Whitt—. Dices que era Caitlyn McBeal. ¿Cómo lo sabes?
—He visto fotos suyas. Está desaparecida.
—Pero no la conocías personalmente antes de verla allí aquel día. No es que al verla dijeras: «Oh, pero si es Caitlyn».
—¡Era Caitlyn, joder! —gritó Linny. La gente en las mesas adyacentes se calló de golpe y se quedaron mirándolos—. ¡Todo eso es una memez! Sí, al principio estaba confusa, me había golpeado la cabeza. Perdí el conocimiento.
—Sí —dijo Whitt—. Al principio dijiste que había dos chicas mirando. Caitlyn y otra chica. Una rubia.
—No, la rubia no estaba ahí —dijo Linny—. La rubia me la inventé.
Whitt sintió que se le tensaba la mandíbula.
Cuando tenía diecisiete años, la mujer que ahora tenía delante en aquella cafetería había declarado a la policía que su exnovio la estaba acosando.
Un par de semanas más tarde retiró la denuncia.
Obviamente la relación con el chico se había arreglado.
En su segunda declaración, Linny había confesado que se había «inventado» el acoso.
Ahora daba la impresión de que sabía lo que estaba pensando.
—Quiero decir que mi cerebro se lo inventó —dijo—. No que me lo inventara yo... deliberadamente, conscientemente.
—Huiste de la escena y bajaste la escalera de incendios a la carrera —dijo Whitt—. Al llegar abajo te resbalaste y te diste un golpe en la cabeza. Tienes la impresión de que perdiste la conciencia temporalmente.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé —dijo Linny—. No pudo ser mucho tiempo, ¿no? Si no alguien me habría encontrado.
—Fuera el tiempo que fuese, nadie te encontró.
Recuperaste la conciencia sola y te fuiste a las oficinas de la universidad a informar de lo ocurrido —dijo Whitt—.
Y en esa declaración inicial no mencionaste haber visto a Caitlyn ni a la chica rubia.
Solo hablaste de ella cuando llegó la policía, veinte minutos más tarde.
Linny no respondió.
—De hecho, aquí tengo una declaración de una de las empleadas de las oficinas, Michelle Stanthorp, que dice que te hicieron pasar detrás del mostrador, y que mientras estaban escuchando tu historia, ella recibió una llamada que le habían pasado del departamento de seguridad.
Era de la madre de Caitlyn McBeal diciéndoles que estaba intentando ponerse en contacto con ella.
Estaba preocupada por la seguridad de su hija, porque Caitlyn le había colgado bruscamente y ahora no respondía al teléfono —dijo Whitt—.
Michelle Stanthorp afirma que, mientras estaba al teléfono con la señora McBeal, abrió en el ordenador el dosier de estudiante de Caitlyn, con foto incluida, y que era plenamente visible desde donde estabas sentada.
Al ver que Linny no respondía, Whitt alzó la vista.
La joven tenía la cabeza gacha, entre las manos.
Whitt se dio cuenta de que, en su empeño por descubrir la verdad, se había puesto en modo interrogatorio sin darse cuenta.
Aquella chica no era una delincuente. En el peor de los casos, sería una mentirosa.
Alargó la mano y le agarró una mano, separándosela de la cara.
—No me cree, ¿verdad?
—Creo que te pasó algo —dijo Whitt con suavidad—. Algo malo. Y no te merecías que me mostrara tan frío con mis preguntas para intentar descubrir qué fue. Lo siento.
—Tenía que haber sido yo —dijo Linny, de pronto distante, con la mirada perdida en el bullicio de la calle, del otro lado de los ventanales de la cafetería.
Fijó de nuevo sus ojos llorosos en Whitt—.
Sea lo que sea lo que le ha pasado, esté viva o muerta, se suponía que tenía que haberme pasado a mí.
Whitt cerró su cuaderno y suspiró.
—Tiene que encontrarlo —dijo Linny—. Antes de que lo vuelva a hacer.