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Cuando Whitt entró en la cafetería vio a Linny Simpson con un aspecto algo alicaído, al fondo, observando una taza de café con manchas. Se acercó a su mesa y se quedó allí de pie unos segundos, expectante, hasta que ella salió de su ensoñación.
—¿Linny Simpson?
—Hola —dijo ella mirando cómo se sentaba. El centímetro de café que quedaba al fondo de la taza que tan fascinada la tenía parecía estar ya frío—. No tengo mucho tiempo para hablar con usted.
—No hay problema. Te agradezco que hayas accedido a dedicarme un rato.
Whitt se giró hacia la camarera y pidió por los dos.
—Creo que has dejado de cooperar con los agentes con los que habías hablado. El inspector Spader y su equipo.
—No me creen —dijo Linny. Aunque habían pasado ya casi cinco meses, Whitt detectó el tono de extrañeza aún presente en la voz de Linny.
Un toque de rabia—. Nadie me cree. Mi propia familia empieza a plantearse que quizá mi historia sea falsa.
Recibo mensajes de gente que no conozco diciéndome que me lo he inventado todo.
—¿Los mensajes son amenazadores?
—Son ofensivos. La gente se cree que me he inventado lo que ocurrió porque quiero exculpar a Sam Blue. O porque quiero llamar la atención. Mis diez minutos de gloria.
—Tu declaración presentaba algunas... dificultades —dijo Whitt, midiendo las palabras—. Hiciste algunos cambios sutiles en la historia.
—Bueno, me costaba recordarlo todo —alegó Linny—. Quiero decir al principio. Ahora lo recuerdo todo claramente.
Whitt asintió, aunque no lo veía tan claro.
No es así como funciona la memoria. Cuanto más tiempo pasara desde el momento del suceso, más degradados estarían sus recuerdos.
Una interferencia aquí, una sugerencia allí, unas cuantas noches insomnes repasando el episodio una y otra vez, y al final el relato no se parecería en nada a la historia real.
—¿Por qué no me cuentas lo que pasó aquel día? —Whitt sacó su cuaderno y desplazó una serie de papeles por encima de la página—. Aquí tengo tu declaración policial. Dijiste que acababas de salir de clase de ética...
—Me dirigí al aparcamiento —dijo Linny—. Subí por la escalera de incendios. No había nadie, o al menos no en aquel nivel. Creo que había visto a unas cuantas personas antes de salir, pero de eso no estoy segura. Estaba esperando junto a la puerta, y cuando pasé por allí, me agarró de la garganta.
Whitt tomó notas. Linny Simpson era del tipo que buscaba al asesino del río Georges.
Blanca. Cabello oscuro. Delgada, menuda.
Universitaria, una motivada estudiante de empresariales a punto de graduarse.
El modo en que describió cómo la había agarrado resultaba convincente.
Un secuestrador sin experiencia habría podido coger a una mujer por la cintura, lo que le habría permitido gritar, echar el peso del cuerpo hacia delante para no perder el equilibrio.
En cambio, pasándole el brazo en torno al cuello, la tenía bloqueada, y podía tirar de ella hacia atrás, desequilibrándola y evitando que gritara.
—Intentó arrastrarme hacia una furgoneta blanca aparcada a la derecha de la puerta —dijo—. Yo estaba gritando.
—¿Cómo podías gritar si te tenía agarrado el cuello?
—No lo recuerdo —dijo—. Estaba en shock. Fue todo rapidísimo.
—¿La furgoneta era blanca?
—Sí.
—En tu primera declaración a la policía dijiste que era verde.
—Me equivoqué —dijo Linny—. Luego recordé que era blanca.
Aquel día no había entrado ninguna furgoneta verde al aparcamiento. Sí que había una blanca, pero había entrado y salido del aparcamiento en horas que no coincidían con la historia de Linny.
Whitt hizo un ruidito con la garganta. Sonó más desdeñoso de lo que pretendía. Pero Linny reaccionó dando un manotazo sobre la mesa que lo sobresaltó.
—Hey —protestó—. Pensaba que iba a morir, ¿lo entiende? —Whitt la miró a los ojos, y vio sus lágrimas de rabia—. ¿Cuándo fue la última vez que pensó que iba a morir?