40
El inspector Nigel Spader era el dios de Gotham.
Era uno de sus escasos pasatiempos: construir su ciudad oscura, un lugar donde el bien y el mal chocaban violentamente en aceras pintadas a mano y hierba de algodón teñido de verde.
En la enorme mesa que tenía en el centro de su garaje de paredes de hormigón apenas cabía la compleja maqueta.
Unos edificios artísticamente torcidos se arracimaban sobre un largo saliente de tierra que acababa en un puerto bañado por unas olas negras.
La ciudad en miniatura tenía de todo. En la parte alta, estrechas calles con casas de ladrillo marrón y bloques de apartamentos con minúsculas salidas de emergencia.
En el centro había construido el imponente Ayuntamiento, con su gran escalinata, vagabundos en torno a las paredes laterales, empujando sus carritos llenos de basura.
Hombres trajeados, con largos abrigos negros, caminaban por la acera agitando sus maletines, mientras pasaban frente a minúsculas figuras que representaban prostitutas apoyadas en las esquinas.
Nigel estaba sentado en un taburete tapizado de cuero frente a la enorme Mansión Wayne, pegando la pared lateral del antiguo edificio a la fachada con cuidadosas pinceladas de un esmalte para uñas.
El metro, que funcionaba con baterías, salió del túnel junto al puerto y giró al llegar a la esquina, pasándole cerca del codo, para luego cruzar un elaborado puente gótico que le había llevado cuatro semanas construir.
Estaba contento. El mundo fuera del alcance de la luz de su garaje, las calles de Sídney mojadas de lluvia, no existían.
Era el dueño y señor de aquel lugar, y en ese momento, en su universo, todo iba bien.
Pero aquello no duró mucho tiempo. La puerta del garaje se deslizó hacia arriba, dándole un susto de muerte, y apareció Tox Barnes, que entró en el garaje como si fuera suyo. Nigel se dio cuenta de que se había quedado boquiabierto.
—Buenas noches, inspector.
Nigel sintió una punzada de dolor en lo más profundo de su cerebro.
Conocía a Tox Barnes. Todo el mundo lo conocía.
Se rumoreaba que aquel tipo había matado a una madre y a su bebé cuando era solo un niño, en un ataque violento protagonizado por un grupo de niños que debían de estar dominados por la rabia.
Nigel no sabía cuánto de cierto había tras ese rumor, pero sí que Tox Barnes era un tipo tóxico, y que cualquiera que colaborara con él salía contaminado.
—¿Qué cojones haces aquí?
—Oh, ya sabe, pasaba por el barrio. Estoy trabajando en el caso de Samuel Blue.
He oído que está al frente del equipo que lo investiga.
—Tox recorrió con la vista la enorme maqueta de la ciudad.
Se agachó y miró a través de las ventanas de un bloque de oficinas, y observó las minúsculas figuritas de personas trabajando en sus mesas en la cuarta planta—.
Caray, menudo montaje tiene aquí. Le habrá dedicado mucho tiempo.
Pensaba que estaba casado. Debería casarse.
—No voy a comentar ni un detalle del caso del río Georges contigo. —Nigel se miró las manos. Aún tenía agarradas las piezas encoladas de la Mansión Wayne. No podía dejarlas antes de que se secara la cola, o tendría que pasarse horas lijando de nuevo los goterones de cola—. Sal de mi garaje.
—Mire, la verdad es que solo me interesa la confesión de Sam Blue —dijo Tox—. Sé que han usado la fuerza para arrancar confesiones en el pasado. ¿También le apretaron un poco las tuercas a Blue?
—Yo no... —Nigel estaba casi cegado por la rabia—. Sal-de-mi...
—¡Eh! ¡Mira esto! —dijo Tox, alargando la mano sobre la ciudad, en algún punto por encima de la Tercera Avenida, y arrancó una prostituta. Nigel oyó el chasquido que hizo la cola bajo los pies de la figurita al separarse de la acera—. ¡Pero si tiene putitas en miniatura!
—¡Para! ¡No toques eso!
—Oh, vaya —dijo Tox mientras examinaba los tacones de aguja de la figurita—. ¿Estaba pegada? Lo siento.
Nigel dejó la Mansión Wayne sobre la mesa, y al ver que los lados aún húmedos se separaban hizo una mueca de dolor. Le dio un empujón en el pecho a Tox y rescató a la prostituta en miniatura mientras miraba el punto de la maqueta del que había sido arrancada.
—¿Apretaron a Sam Blue, Nigel? —insistió Tox.
—Apretamos a todo el mundo, capullo —le espetó Nigel—. Se trata de un caso de un asesino en serie, joder.
—Bueno, hay muchas maneras de apretar. ¿Le animaron a que confesara? ¿Le fueron dando pistas de lo que les había pasado a las chicas desaparecidas para que su historia cuadrara?
—No hicimos nada que no fuera profesional.
—Venga...
Nigel soltó un gruñido de exasperación.
—Yo no estuve allí durante todo el interrogatorio, ¿vale? Lo hicimos por turnos. Es posible que alguien le diera alguna pista.
Tox puso un dedo sobre la vía del tren, que se paró al chocar con él. Las ruedas chirriaron al rozar con los raíles.
—¡Para! Vas a romperlo. ¡Esto no es un juguete, animal! ¡Es un material muy caro!
—¿Le reveló algo —dijo Tox, lentamente— que hubiera podido hacer que Sam...?
—Le dejé las fotos de la autopsia, ¿vale? —dijo Nigel resoplando—. Por las fotos pudo saber que las chicas habían sufrido determinadas lesiones.
—¿Así que forzaron su confesión?
—Le animamos a que confesara. Eso no tiene nada de malo. Le dimos material para que pudiera estructurarla. Eso es todo.
—¿Le hizo pasar hambre?
—No.
—¿Le pegó?
—¡No!
—¿Lo dejó bajo la custodia de alguien que pudiera hacer ese tipo de cosas?
—¡Sal de aquí! —Nigel cogió un bate de críquet que tenía junto a la puerta del garaje—. ¡Sal de mi garaje!
Tox cogió el tren, separándolo de las vías y desconectando el vagón que llevaba la batería, haciendo que las luces interiores de los vagones centellearan un momento y luego se apagaran. Tiró el tren por encima del hombro, lanzándolo a la mesa llena de trastos que había junto a la pared.
—Yo no estuve allí durante toda la confesión, ¿vale? —dijo Nigel con tono suplicante—. Nadie estuvo todo el tiempo. No llevábamos un registro. Fueron veintidós horas. La gente entraba y salía. No todo se grabó. Es posible que le apretaran un poco.
—¿Es posible?
—Es posible, sí.
Tox asintió y rodeó la maqueta por la parte del puerto, asegurándose de estar en todo momento en el lado contrario de Nigel.
Se fijó en la figurita del Joker que estaba de pie en la escalinata del Ayuntamiento, con una metralleta en la mano.
Tox arrancó al Joker de su sitio y sonrió, examinando la figurita con chaqueta morada que tenía entre los dedos.
—¡Ah! —Sonrió—. Mi favorita.
Tox lanzó el Joker al aire y lo agarró con la palma de la mano. Se metió al hombrecillo en el bolsillo de su chaqueta de cuero y le guiñó un ojo a Nigel justo antes de agacharse para pasar bajo la puerta del garaje y perderse en la noche.