39
Me arrodillé y eché un vistazo al interior de la oscura ranura que se había abierto a un lado del escritorio, de diez centímetros de anchura, donde vi un plástico negro. Saqué un paquete. Era rectangular, del tamaño de una caja de zapatos, y estaba sellado con cinta adhesiva.
—Joder, la mujer tenía razón —dije resoplando. Cogí un par de tijeras del escritorio y me puse a abrir el lateral del paquete con cuidado—. ¿Qué crees que será? Pesa mucho. Heroína, quizá del tipo «goma negra».
Kash se arrodilló a mi lado. Podía oler cómo estaba sudando.
Esa mañana me habían despertado sus resoplidos mientras corría adelante y atrás por el patio de Snale, parando y haciendo flexiones en el suelo al ritmo que le marcaban los pitidos de su reloj.
Snale estaba de pie junto a las ventanas que daban al porche, disfrutando de su café y observando el espectáculo del sudoroso torso desnudo de Kash que reflejaba la luz rosada del amanecer.
Saqué una bolsita del fardo, que contenía una piedra marrón, pesada y frágil, del tamaño de una pelota de golf. Abrí la bolsa y saqué la piedra.
—Es heroína, pero en forma de «piedra marrón» —dijo Kash—. La he visto mucho por el norte de África. Es impura, la hacen en cualquier cobertizo. Es más barata que la goma negra.
—Pero sigamos investigando —dije yo, escupiendo sobre la piedra, que sostenía en la palma de mi mano—. Esto solo es marrón por fuera.
Froté la capa externa de polvo y apareció una pepita de oro, de un amarillo mate y poroso.
—¡Joder! —exclamó Kash, cogiéndome la pepita de la mano. Yo puse los ojos en blanco y saqué otra piedra del paquete—. ¡Menudo pedazo de gruyer!
—Eso que tienes en la mano pesará más de cincuenta gramos —dije. Crucé las piernas y saqué el teléfono. Busqué el precio del oro en Google—. Ahora mismo vale unos dos mil pavos en el mercado.
Bajamos la vista hacia el fardo que teníamos delante. Lo sopesé. Supuse que contendría unos dos kilos y medio, unos ochenta mil dólares del precioso metal.
—¡Qué co-jo-nes! —Kash me miró—. ¿Tú crees que es de origen legal?
—No tengo ni idea —dije yo—. No puedes comprarlo así.
Esto está tal como ha salido del suelo. ¿Qué es lo que ha pasado aquí?
¿Campbell lo ha extraído de algún sitio o lo ha hecho algún conocido suyo?
Esto no son sus ahorros para la jubilación.
Y si lo tiene escondido así, apuesto a que tampoco lo habrá declarado al fisco.
—¿Y cómo puede haber encontrado tanto? —preguntó Kash—. Es imposible encontrar tanto oro de una vez. Esto debe de ser el resultado de años, o décadas, buscando con un detector de metales.
—Quizá sí lo encontrara todo en un mismo sitio —murmuré pensativa—. Y por eso lo tenía oculto.
—Tenemos que ponerlo todo en su sitio otra vez —dijo Kash, y me cogió la pepita de la mano para meterla otra vez en el paquete—. No hay nada que demuestre que no pertenecía legítimamente a Theo Campbell. Quizá lo había escondido aquí simplemente por si les entraban a robar.
—Si Theo lo encontró de forma legal, Olivia tendría que saberlo, ¿no? —Me puse en pie y sostuve el paquete contra el pecho. Cogí un trozo de cinta adhesiva del dispensador que tenía Theo junto al monitor y volví a precintar el paquete—. Olivia, ¿podemos robarle un minuto, por favor?
La esposa de Theo Campbell oyó cómo la llamaba desde el salón y entró. Había estado llorando otra vez, probablemente alentada por el gesto amable y comprensivo de Snale y sus cálidas manos.
Me quedé allí de pie, con el paquete bajo el brazo, perfectamente visible. Incluso me hice a un lado para que Olivia pudiera ver que el panel secreto del escritorio de Theo estaba abierto.
—Nos preguntábamos si Theo tendría... un diario —dije como si nada—. ¿Un calendario o algo así? Nos gustaría ver qué citas tenía programadas.
Olivia no hizo ni caso del paquete que tenía bajo el brazo, ni al compartimento abierto en el escritorio. Se dirigió directamente al portátil y miró la pantalla con los ojos llorosos.
—Usaba el calendario del escritorio —dijo sorbiéndose la nariz y activando el ordenador con un contacto del dedo. Abrió el calendario y señaló—. Aquí tienen.
Yo apoyé el paquete sobre el escritorio, justo junto a su mano. Ella le echó un vistazo sin demasiado interés.
—¿Y eso qué es? —preguntó.
—Oh, material de reconocimiento forense. Herramientas. Las guardan empaquetadas así, en bolsas, para que se mantengan estériles.
—Este maldito escritorio —dijo ella, agachándose y cerrando el pequeño panel en la parte frontal del escritorio—. Tiene un millón de años. Era del padre de Theo.
Suspiró y se dirigió hacia la puerta.
—Bueno, eso responde a nuestra pregunta —le dije a Kash, recogiendo de nuevo el oro de encima de la mesa—.
No ha demostrado ningún interés en ello.
Es la primera vez que lo ve. Estoy convencida —dije entregándole el paquete—.
Esto nos lo llevamos. Apuesto a que Theo Campbell no era la única persona que sabía de su existencia.