38
Por la mañana fuimos a ver a David Lewis, el amigo de Theo Campbell, para ver qué pensaba de la muerte del exjefe de policía.
Lo había visto aquella misma tarde, se habían subido al tejado de su pequeña granja y Theo le había ayudado a reparar unas cuantas tejas rotas.
Por supuesto, Lewis ya había oído las noticias y estaba atónito.
La última persona que ve a la víctima de una tragedia suele quedar afectada con lo ocurrido.
David repitió palabras que yo ya había oído muchas veces, que Theo parecía estar bien, que no se podía creer que hubiera visto a su amigo caminando tan tranquilamente hacia lo que acabaría siendo una muerte tan violenta.
El sol ya estaba alto y caía a pico cuando entramos en la finca de los Campbell.
Olivia Campbell nos abrió la puerta, con las manos rojas de tanto retorcérselas y los ojos hinchados.
Tenía el aspecto digno y reservado de la esposa de un poli, con cada prenda en su sitio y el cabello perfectamente recogido en un moño.
Una mujer que plantaba cara a la adversidad, al menos de cara al exterior, que no iba a venirse abajo en público.
Nada más entrar, en el recibidor, había una foto de boda enmarcada.
Theo era un hombre de espaldas anchas, alto y con las cejas pobladas.
Me acerqué a las puertas que daban al patio trasero y vi al gato de la casa jugando con un saltamontes muerto al borde del césped.
—Es cuestión de drogas —dijo Olivia en cuanto Snale y ella se sentaron en el sofá—. La gente dice que es terrorismo, o que está relacionado con el diario que encontraron. Pero yo os digo que eso es alguna banda que ha ido a por él, por asuntos de drogas.
Snale y yo nos miramos, perplejas. Yo no sabía qué era lo que me esperaba.
Comentarios anodinos sobre Theo, sobre cómo llevaba su muerte.
Pero ella se lanzó de cabeza. Kash parecía escéptico.
Estaba de pie junto a la librería, echando un vistazo a los libros.
La vista se le fue a un ejemplar del Corán y lo sacó del tercer estante, como si por fin hubiera encontrado una respuesta a la muerte de Theo.
—¿Por qué dices eso de las drogas? —preguntó Snale con delicadeza—. Somos los que menos problemas de drogas tenemos de toda la región. Aquí no hay bandas organizadas.
—Theo me dijo que estaba en una operación encubierta —le explicó Olivia—.
Una vez nos fuimos a la cama, hará un mes, y hacia la medianoche me desperté y vi que no estaba a mi lado.
Fui a la parte delantera, miré por la ventana y lo vi hablando con Jace Robit y los suyos.
Cuando volvió a entrar, le pregunté qué estaba pasando.
No me quiso contar mucho, pero me dijo que había cierta actividad relacionada con la droga. Estaban produciendo meta.
Snale meneó la cabeza, incrédula. Yo me acerqué y me senté al borde del sofá.
—Es cierto que hay meta por la zona —reconoció Snale—.
Y también drogas más suaves, además de hierba.
Pero las anfetaminas llegan sobre todo con los camioneros que se dirigen a Bourke, a unas cuatro horas de aquí.
Es un pueblo más grande. Allí mucha gente las compra en los pubs, las suficientes para aguantar hasta que les llegue la siguiente remesa.
—¿Son solo cantidades pequeñas?
—Los chavales toman meta para divertirse.
Están aburridos. Aquí no hay nada que hacer.
Si alguien la estuviera elaborando lo sabríamos.
Algo así sería difícil de ocultar. Y no tendría sentido producirla, porque aquí no se podrían vender grandes cantidades.
La meta se cocina en las ciudades, donde tienes posibilidades de distribuirla.
Recordé al hombre de los dientes torcidos, Jace, el flaco del rifle, y su grupito de amigotes de piel curtida.
—Robit tiene una granja de ganado al sur del valle —señaló Snale.
—¿Theo estaba seguro de que estaban fabricando droga? —le preguntó Kash a Olivia, que levantó los ojos enrojecidos—. ¿O solo tenía sospechas?
—No lo sé —dijo ella, limpiándose la nariz con un pañuelo ya muy usado—.
Solo los vi una vez, y no quise pedirle más detalles.
Recuerdo que estaban todos ahí fuera, en la carretera.
Todos los coches tenían los faros encendidos.
Los de la Científica me dijeron que quienquiera que hubiera matado a Theo había estado caminando adelante y atrás cerca de él.
Que lo habían atado a una silla. —Hizo un esfuerzo por contener las lágrimas—.
Quizá fuera una especie de interrogatorio, para ver si se lo había contado a alguien más.
Pasé al despacho mientras Snale intentaba consolar a Olivia.
Era evidente que aquello era el territorio de Theo.
Había una vieja silla de oficina de cuero y un viejo ordenador portátil lleno de polvo, una colección de objetos náuticos de latón sobre la mesa pidiendo desesperadamente que alguien les sacara brillo y más libros.
Me senté en la silla de Theo y miré por la ventana, hacia el césped.
Había papeles sobre su escritorio. Unas memorias inacabadas sobre la vida de un jefe de policía de campo.
Zac Taby había dicho que los diarios eran para las niñas, pero Theo Campbell había dedicado horas y más horas a reflexionar sobre su larga carrera y había plasmado su historia personal en esas páginas.
Las hojeé y vi palabras sueltas: honor, pruebas, tragedia, arresto.
—Lo de la operación encubierta se lo habría contado a Snale —me susurró Kash desde la puerta. Aún tenía aquel ejemplar del Corán en la mano, como si fuera su osito de peluche favorito. Me lo quedé mirando y vi que se acercaba a la estantería del despacho.
—Estoy de acuerdo —dije—. Si algún granjero de por aquí estuviera cocinando meta, no haría organizar una operación encubierta, bastaría con presentarse en la finca.
Hacer meta es caro, complicado, y deja rastro.
¿Cómo demonios iban a ocultar el olor? Además, aquí no hay mercado para eso.
Puedo entender que los camioneros trafiquen sin problemas.
Algún camello de la ciudad les pasa un paquete y ellos van vendiendo poco a poco, pueblo tras pueblo, por todo el país.
Pero ¿cocinarla aquí? Sería una estupidez.
—Quizá fuera algo puntual —se planteó Kash—. Haces un lote, lo llevas a la ciudad, lo vendes y haces una fortuna, para pagar tus deudas. Theo se entera, intenta disuadirlos, y ellos lo matan.
—¿Y el diario?
Kash bajó la mirada al suelo.
—Quizá fuera un señuelo.
Eso no se me había ocurrido. Que alguien hubiera podido fabricar aquel diario para despistarnos.
No sería tan difícil. Unas cuantas tardes empleadas en hacer bocetos, garabatos, apuntando notas de lo que quizá había sido un interés pasajero por las noticias de aquellos asesinos.
Quizá el diario no tuviera nada que ver con la muerte de Theo Campbell.
Quizá fuera un asesinato por drogas, sin más.
De pronto sentí un cosquilleo de emoción.
Si conseguía cerrar este caso así de rápido, podría volver a Sídney.
Sí, claro, no me dejarían que me acercara a mi hermano, ni tampoco al juzgado, pero al menos estaría más cerca de él.
Era lo que me pedía el cuerpo. Hacer un registro en casa de Robit, encontrar algo, lo que fuera, y encerrarlo a él y a sus compinches para acabar con todo aquello.
Dejar de pensar en la posibilidad de que el pueblo corriera algún otro peligro, que alguien estuviera planeando un ajuste de cuentas.
Pim, pam y fuera: unas cuantas detenciones, y los seis días que tenía que esperar para volverme a casa se convertirían en cero.
Me di cuenta de que estaba trasteando sin pensar entre los objetos del cajón del escritorio de Theo Campbell.
Bolígrafos y blocs de notas. Cerré el cajón y una regla de plástico se quedó encajada en la ranura.
Intenté abrir de nuevo el cajón, pero se había quedado atascado, con el plástico clavado en la madera.
Tiré con fuerza hacia atrás y el cajón se abrió de golpe, haciendo temblar toda la mesa, y con el golpetazo se abrió un panel de madera en la parte frontal.
Kash y yo nos quedamos mirando la cavidad que había quedado al descubierto.
Y mis esperanzas de marcharme enseguida se desvanecieron.