Doble cara (Harriet Blue 2) 37
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La última vez que había visto a mi madre había sido en la esquina frente a mi apartamento en Pyrmont.

Tenía las manos envueltas en vendas, el cabello hecho una maraña de color caoba, y se acababa de hacer un tatuaje en el cuello.

Quería vivir conmigo. Tuve que decirle que no.

Ya se había quedado conmigo antes, pero al día siguiente me había encontrado la puerta abierta y todos mis objetos de valor y mi dinero en efectivo habían volado.

Ahora que la tenía al teléfono, no sabía qué decirle.

Había intentado contactar con ella tras el arresto de Sam, pero no la había encontrado.

Me había llegado a preguntar si estaría muerta.

No había un centímetro del territorio australiano donde la noticia del asesino del río Georges y su espectacular captura no llenara todas las portadas de los periódicos.

Levanté la vista hacia las estrellas y suspiré.

—¿Estás ahí?

—Sí —respondí—. ¿En qué puedo ayudarte, Julia?

—Me gustaría que no me llamaras Julia —dijo ella—. Es de mala educación.

—¿Necesitas algo?

—No necesito nada, cariño. Llamo para ver cómo estáis. Tú y Sam.

«Pues adivina».

—Estamos bien —mentí—. ¿Hay algo más?

—Hoy he intentado ir al juzgado, pero era demasiado tarde. Habían cerrado las puertas. Quería visitar a Sammy, pero no estoy en su lista de visitantes. ¿Puedes pedirle que me ponga?

—¿No te preocupa que te detengan en cuanto atravieses la puerta? Aún tienes órdenes de busca y captura pendientes. —Las especialidades delictivas de mi madre eran robo con intrusión y robo de vehículo. La buscaban en cuatro estados.

—Necesito verlo.

—Bueno —dije—, podrías probar suerte.

—Llevo días llorando sin parar —dijo sorbiéndose la nariz—. Es muy difícil contactar con vosotros. En cuanto vi los titulares, perdí la cabeza. ¿Sabes? Se me fue la pinza, vaya que sí. Me metí en la cama y prácticamente no me he levantado en meses.

—Vale.

—No puedo creérmelo. Es todo tan raro. ¿Cómo ha pasado?

—Es lo que estamos intentando descubrir.

—Bueno, yo estoy dispuesta a colaborar. Estoy lista para ayudaros, ¿me oyes?

Es lo menos que puedo hacer. —Cogió aire, dándome tiempo para prepararme para la gran demostración de generosidad que estaba a punto de hacer—.

Me han ofrecido un reportaje a doble página en Her Weekly .

Me pagarán. Quiero donar parte del dinero para pagar los gastos de defensa de Sam.

—Tú... —De pronto sentía que se me calentaba la boca—. ¿Que te han ofrecido... qué?

—Me llamó una señora de la revista. Quieren hacer un reportaje de cuatro páginas sobre mi historia. Con fotos mías y vuestras, de cuando erais críos. Hablando de cómo fue criaros.

Me había quedado sin habla.

—Me ofrecen cuarenta mil dólares —añadió, aún llorosa—. Así que he pensado que podría daros diez o quince mil a ti y a Sam, para ayudar a pagar abogados, o lo que sea.

—No puedes hacer eso —dije. Sin darme cuenta me había puesto de pie, y abría y cerraba la boca sin pensar, sin encontrar las palabras—. Es que... no puedes, Julia. O sea... ¿qué demonios les vas a decir? Sam y yo... prácticamente éramos bebés cuando nos separaron.

—Harry, no es que no tenga ni idea de cómo os criasteis. Siempre sabía dónde estabais. Os llamaba. Llamé decenas de veces.

No podía respirar.

—Harry, ¿estás ahí?

—Julia, escúchame muy atentamente —dije—.

En Her Weekly no les interesa cómo nos criaste, ni lo encantadores que éramos de niños.

No van a presentarlo como una historia tierna y trágica de una mujer incomprendida y unos angelitos que le arrancaron de sus brazos para entregárselos a la malvada maquinaria de los servicios sociales.

Van a presentarte como una yonqui irresponsable, y a nosotros como dos animalejos inadaptados con antecedentes violentos.

—No, qué va.

—Ya te digo yo que sí —repliqué con una risotada rabiosa—. ¡Cualquier otra cosa sería mentira!

Se quedó en silencio. De fondo oía el sonido de un televisor, un hombre que gritaba.

—Julia, van a plantarte el dinero ante los ojos y van a hacer que les confieses todas las cosas terribles que has hecho a lo largo de los años. Y luego van a usar esas declaraciones como prueba para demostrar que Sam es culpable.

—Harry, estoy pasando un mal momento. No espero que lo entiendas, siendo una poli y todo eso. Te han entrenado para que odies a la gente como yo.

—Vale —dije—. Ahora voy a colgar.

—Necesito ese dinero, Harry. Voy a usarlo para empezar de cero. He conocido a alguien, y vamos a poner un negocio juntos. Esta vez es de verdad, Harry. Lo noto. No es como los otros.

No respondí.

—Siempre te he querido, Harriet —dijo, y soltó un suspiro intenso, furioso—. Y siempre he querido a tu hermano. ¿Es que eso no cuenta para nada? Por Dios, no sé cómo puedes ser tan ingrata. Estoy haciéndolo lo mejor que puedo.

Colgué y me agarré el cabello. Habría querido soltar un grito que atravesara la noche.

Era como si mi hermano se estuviera hundiendo en arenas movedizas.

Cada vez que pensaba que llegaba alguien para intentar ayudarme a sacarlo de allí, no hacían más que tirarle más arena encima.

Cuanto más se debatía, más se ahogaba. Y tenía claro que con tanta gente intentando hundirlo, no podría sacarlo de allí con vida.