Doble cara (Harriet Blue 2) 36
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Era medianoche. Yo estaba sentada junto a la mesa de la cocina de Snale, oyendo cómo roncaba Jerry en la habitación más próxima.

Nos habían llegado fotografías de restos de diferentes partes del cuerpo de Theo Campbell desde la morgue de Orange.

¿Podía ser que la muerte de Campbell formara parte de un plan más grande? ¿Quedaban más cadáveres por descubrir?

Kash se había pasado toda la tarde intentando convencerme de que Adeel Taby, el padre de Zac, era un hilo del que teníamos que tirar.

Ektor Corporation, la empresa para la que trabajaba, tenía intereses en la extracción de gas en Oriente Próximo, y corrían rumores de que había estado intentando involucrarse en el negocio de las armas.

Le recordé que yo estaba al mando. Habíamos hecho un trato.

Y a mí los padres de Taby no me interesaban como sospechosos.

Abrí el diario otra vez y pasé los dedos sobre el texto, escrito con una caligrafía minúscula y fluida.

Pasé la mano por las imágenes impresas de asesinos en serie que habían pegado sobre las páginas.

Aquella letra no parecía la de Zac Taby.

Pero tampoco era una experta en eso. El autor del diario y Zac compartían la tendencia a presionar mucho sobre el papel, dejando marcas que dificultaban la lectura de las palabras escritas en el otro lado de la página.

El dueño del diario había hecho un análisis exhaustivo de la actividad de Elliot Rodger, que había matado a seis personas y herido a otras catorce en una matanza perpetrada en Isla Vista, California.

Rodger había apuñalado a tres de sus compañeros de piso, y luego había ido en busca de chicas jóvenes de una fraternidad cercana, emprendiéndola contra todas las mujeres que encontraba por el camino como venganza por el rechazo sexual que había sufrido toda su vida.

El comentario del autor del diario tenía más críticas que hacer a los asesinatos de Rodgers que a los de los otros, que habían usado armas de fuego.

En la parte derecha de la página había recogido una lista de «errores», bajo un plano de la ruta del terror del asesino por la ciudad:

La mayoría de las víctimas son al azar, nada personal.

Hizo una confesión en vídeo antes de los disparos. Parece desesperado, poco digno.

Un inicio arriesgado: podían haberlo pillado después de haber apuñalado a los compañeros de piso.

Me propuse comprobar las agencias de asistencia social disponibles en la zona, tanto para adolescentes como para adultos, e informarme sobre los índices de depresión y suicidio en la región.

El autor del diario parecía especialmente interesado en dejar un elaborado manifiesto sobre sus ideas y sus críticas, sus motivos para hacer lo que planeaba hacer.

Y si hacía eso, quería decir que no se veía hablando de todo ello después de lanzar su ataque.

El perpetrado por Eric Harris y Dylan Klebold a los chavales en el instituto fue porque allí se habían mofado de ellos.

El de Elliot Rodger estaba dirigido a las chicas que lo habían rechazado.

Busqué a Seung-Hui Cho en Google y vi fragmentos de su manifiesto en YouTube: «Habéis vandalizado mi corazón, violentado mi alma y arrasado mi conciencia.

Me habéis arrinconado, dejándome una única opción».

Esos jóvenes no pretendían servir de inspiración a nadie. Todos ellos acabarían matándose tras sus ataques. Buscaban venganza. Aquello no era terrorismo, era revancha.

Rebusqué entre mis papeles, encontré el teléfono y busqué el email que me había escrito Whitt por la tarde, sobre su encuentro con Tox.

No pude evitar sonreír. Llevaba todo el día deseando estar en casa, y ahora tenía un nuevo motivo para soñar con estar allí.

La incomprensible asociación entre Whitt y Tox: un hombre que nunca iba a ningún sitio sin su equipo de manicura personal y otro al que había visto moverse por ahí con la camisa cubierta de sangre durante dos días seguidos.

Si los dos seguían las pistas que le había dado a Whitt, estaba claro que mientras uno iba recogiendo meticulosamente las miguitas de cualquier escenario posible, el otro pasaría delante, abriendo puertas a patadas y apartando a manotazos a quien se pusiera delante.

Sonó el teléfono. Esperaba que fuera Whitt, pero era un número que no reconocí. Salí al porche y me senté en el escalón, mirando las estrellas.

—Harry —dijo una voz—. Soy yo.

El corazón se me encogió en el pecho.