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—La cámara de vídeo que encontraron en casa de Sam. Eso también es raro —dijo Tox pensativo.
—Lo es —dijo Whitt asintiendo—. La policía encontró la cámara ahí mismo, a los pies de la cama, en un trípode.
Sin ningún archivo de imagen, completamente vacía.
Y no tiene ni una huella, tampoco rastros de ADN.
¿Cómo puede ser que un tío que usa una cámara durante un largo período de tiempo no deje ni rastro?
No había ni una huella. La habían limpiado a fondo.
¿Por qué vas a limpiar las huellas de la cámara si la vas a dejar ahí, en tu apartamento?
—Es una prueba falsa —dijo Tox—. La colocaron ahí. No hay duda. Igual que las revistas.
—¿Y dónde están los archivos de vídeo? —preguntó Whitt encogiéndose de hombros—. No encontraron nada en ninguno de los dos ordenadores personales de Sam, ni tampoco en el del trabajo. ¿Para qué vas a molestarte en grabar tus fechorías si luego destruyes los archivos?
Los dos hombres se quedaron mirando los vasos de whisky apoyados sobre la barra un rato más.
Whitt se pasó los dedos por la herida de la nuca.
No tenía claro qué iba a pasar a continuación.
El hombre que tenía al lado parecía cansado, fatigado, aburrido de todo aquello.
Pero algo le decía que quizá fuera el aspecto que tenía siempre, como una vieja pitón somnolienta a la que no resultaba fácil hacerle enseñar los colmillos.
Whitt no tenía claro si aquel tipo era un agente de policía o un detective privado.
Se moría de ganas por llamar a Harriet para comprobar si era quien decía ser.
—También puede ser que nos equivoquemos por completo —dijo Tox—.
A lo mejor sí hay pruebas que incriminan a Blue.
La falta de huellas, la falta de ADN... no significan que no estén ahí, solo que los de la Científica no los han encontrado.
A lo mejor Blue no actuaba solo. Entonces la clave estaría en su cómplice. Si lo encontráramos, todo encajaría.
—¿Qué te hace pensar que podría tener un socio?
—Mira, no tiene sentido pensar que Blue es el asesino y que dejó todas esas pruebas en el apartamento.
Fuera culpable o inocente, Sam Blue no dejaría todas esas pruebas incriminatorias adrede.
Ni hablar. Quizá sea inocente, y otra persona haya colocado todas esas pruebas.
O quizá sea culpable y tenga un socio, y ese socio sabía que iban a caer los dos, así que sacrificó a Blue para poder seguir matando, empezando de cero.
—¿Y cómo iba a tener tiempo para colocar las pruebas? —preguntó Whitt—. Seguro que el equipo de Nigel fue al apartamento inmediatamente después de arrestar a Blue de camino al trabajo.
—No —replicó Tox con una sonrisa socarrona—.
Arrestaron a Sam a las once de la mañana.
No fueron al apartamento hasta las seis de esa tarde.
El equipo de Nigel, un puñado de colegialas sobreexcitadas.
Todos querían estar en el interrogatorio.
No se pusieron en marcha hasta que vieron que se estaban dando contra la pared.
Puede ser que alguien se colara en el apartamento de Blue después del arresto, pero antes del registro. No lo sé.
Whitt pensó en el hombre de la cabeza afeitada en el juzgado. La imagen le vino a la mente de golpe, como un flash. Pero no hizo caso. Seguro que era su magullado cerebro que especulaba, volviéndolo loco.
—Blue tenía unos arañazos en la piel que los investigadores fotografiaron tras el interrogatorio —dijo Tox—.
Nigel alegó que eran de las chicas, al intentar defenderse de Blue.
Pero lo habían tenido en la sala de interrogatorios veintidós horas.
Estoy seguro de que debió de plantarles cara.
Nadie le tomó fotos al llegar. Eso es sospechoso.
Tenemos que descubrir qué es lo que está pasando aquí, de una forma o de otra.
—Supongo que nos enfrentamos a dos posibilidades muy interesantes —planteó Whitt—. O Blue es completamente inocente...
—O es un psicópata muy peligroso —dijo Tox—. Un lobo con piel de cordero.