Doble cara (Harriet Blue 2) 32
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Kash salió de la sala de interrogatorios con las venas de las sienes hinchadas. Snale lo siguió. Yo me fui a sentar en la silla que Kash había dejado libre y puse los pies sobre la mesa.

—¿Ese capullo es tu compañero? —preguntó Zac.

—En este momento sí. —Cogí un impreso de detención que estaba junto a la grabadora y le lancé un bolígrafo al chaval—. Rellena este informe—. Me serviría para comparar la caligrafía de Zac con la del autor del diario. El chico soltó un suspiro y se puso a escribir.

—De modo que es tu novio —dijo algo más tarde.

—Desde luego que no.

—Pues yo pensaba que las cosas estaban así —insistió con un bufido socarrón—. El príncipe y la damisela que trabajan juntos y se meten en situaciones de peligro. Uno acaba salvándole la vida a la otra. Y luego follan.

—No soy ninguna damisela —le dije—. Y tú deberías preocuparte menos de quién folla con quién y más de evitar que la gente del pueblo te linche en cuanto tengan ocasión.

—La gente del pueblo me la suda. —Volvió a sentarse en su silla. Desde luego aquel chaval tenía una obsesión con su miembro—. Pero si quieres que te diga lo que pienso, el que debería preocuparos es el viejo.

—¿Quién es ese viejo?

—Ese tío —dijo echando la mano atrás, hacia el oeste—.

No sé cómo se llama. Los chavales lo llamamos el «viejo».

Vive ahí fuera, en medio de la nada. Su gente y los hombres de Dez tuvieron algún conflicto en el pasado, cuando llegaron los primeros colonos a Last Chance.

No quiere nada con el pueblo. Pero tampoco pone tierra de por medio.

Lo reconocerás cuando lo veas. Es viejo y da miedo.

—Viejo y temible —dije—. Vale. Tomaré nota. Hasta entonces vas a tener que mantener un perfil bajo. La gente de por aquí quiere tu pellejo.

—Cuéntame algo nuevo. Aquí yo soy el culpable de todo. Acabas acostumbrándote. Soy demasiado grande para este pueblucho. Cuando me dé el piro no sé con quién se van a meter.

—¿Tienes pensado marcharte?

—Cuando acabe el cuatrimestre podré dejar los estudios legalmente —dijo—. Voy a pirarme de aquí y no volveré nunca. No me importa si tengo que trabajar en un McDonald’s y dormir bajo un puente. En algún sitio hay que empezar, colega.

—¿Es eso lo que hace la gente de por aquí? ¿Se van en cuanto tienen la posibilidad?

—Qué va. —Cruzó las manos tras la nuca—.

La gente de aquí se queda a trabajar en la granja familiar o se van a trabajar a las minas para mandar dinero a casa.

Es el único motivo por el que la gente tiene hijos en este lugar: porque si no, tendrían que cerrar las granjas.

Si todo el mundo se fuera, habría que cerrar el pueblo, así que cualquiera que tenga intención de marcharse debe mantenerlo en secreto, o empiezan a llamarte traidor y te acusan de haber abandonado a los tuyos.

Se supone que aquí es un todos para uno y uno para todos.

Así que la gente sigue teniendo hijos, y sus hijos se hacen cargo de las granjas, y luego tienen más hijos.

Es un ciclo de mierda, interminable y sin sentido.

—¿Y qué pasa si algún chaval no quiere ser granjero?

Formó la imagen de una pistola con los dedos y se la llevó a la sien.

—¡Bang!

—¿Nadie intenta ir a alguna ciudad?

—¿Cómo vas a marcharte y empezar de cero en una gran ciudad cuando te has pasado la vida en un agujero como este?

No tienes pasta, ni amigos, ni familia que te apoye.

Tampoco tienes experiencia laboral. No sabes cómo moverte en la ciudad.

Puedes intentar escapar, pero acabas volviendo a caer en el hoyo.

—Pero tú no vas a volver a caer en el hoyo.

—Ni hablar —dijo estirando los brazos como si quisiera tocar el techo—. Yo tengo un plan.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál es?

—No es cosa tuya.

Se acomodó en la silla y cruzó los dedos de las manos sobre el huesudo pecho como si se propusiera dormir.

Yo conocía ese tipo de calma, la fría convicción de quien sabe que ha tocado fondo, que no puede ir a peor.

Ninguna expectativa. Máximo ostracismo. Yo había sido ese tipo de adolescente.

Paseando por la ciudad de noche, a solas, ensuciando trenes con espray de pintura, rompiendo ventanas, prendiendo fuego a los cubos de basura.

De hecho, había sido mientras esperaba en un calabozo de la comisaría de Maroubra, escuchando las conversaciones de los polis, cuando encontré mi vocación.

Acababa de entrar una anciana sangrando después de que la hubieran tirado al suelo y le hubieran robado el bolso a solo un par de calles de allí.

Observé a través de los barrotes y vi a dos mujeres policía que le acercaban una silla, la atendían, la tranquilizaban y le ofrecían una taza de té.

Eran como dos hijas preocupadas por su atribulada y asustada madre.

Y los ojos de la anciana recorrían sus uniformes de un azul inmaculado, sus rostros, con admiración y alegría.

Me imaginé lo que sería que alguien me mirara así algún día. Como si fuera su héroe.

Zac Taby tenía que decidir cómo quería que lo miraran. Ahora mismo solo yo lo miraba, y me veía reflejada en él. Pero sabía que había otros ahí fuera que lo miraban de otra forma, que veían en él al gamberro, al enemigo infiltrado.

—Ahora te vas a ir a casa y te quedas allí —dije colocándole el teléfono frente al pecho—. Juega a la Xbox o a lo que sea, hasta que se enfríen los ánimos. Si me entero de que estás por el pueblo antes de que me vaya, iré personalmente a patearte el culo.

El chico cogió su teléfono y soltó una risa burlona. No tenía ni idea de lo seria que era mi amenaza.