Doble cara (Harriet Blue 2) 31
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La vuelta al pueblo se hizo larga y resultó incómoda, con Kash en el asiento de delante y yo atrás.

Snale intentó hablar de cosas intrascendentes para evitar el silencio.

El perro no dejaba de mirarme, como si tuviera los bolsillos llenos de golosinas, con un goterón de baba colgándole de la lengua.

Cuando apareció el pueblo a lo lejos, se puso a ladrar.

—Oh, mierda —dijo Snale cuando paramos en la calle principal.

Al final de una sucesión de diez tiendas, que componían el centro del pueblo, estaba la minúscula comisaría, con un montón de gente delante.

El grupo de pistoleros que estaba antes frente al pub tenía a Zac Taby atrapado contra la puerta principal.

Digger y yo bajamos del coche de un salto antes de que Snale tuviera tiempo de apagar el motor.

El perro corrió hacia el grupo, agitando la cola con tanta fuerza que los cuartos posteriores se le movían adelante y atrás. Desde luego era un gesto amistoso. Estaba claro por qué lo quería tanto todo el pueblo.

—¡Ya hemos tenido suficiente! —dijo uno de los hombres, que tenía a Zac agarrado por la camisa y lo empujaba contra el cristal—. Vas a irte a casa a recoger tus mierdas y te largas de aquí.

—¡Asesino! —gritó alguien—. ¡Terrorista!

—¡Ya vale! —dije yo abriéndome paso entre los hombres—. Os arrestaré a todos si me obligáis a hacerlo. ¡Atrás, joder!

Uno de los granjeros señaló a Zac con el dedo.

—Ha matado a nuestro jefe de policía. Si no hacemos nada, él y los suyos acabarán matándonos a todos.

—Es peligroso —dijo una mujer. De pronto el número de personas que me rodeaban se había duplicado—. Queremos que se vaya del pueblo. Sabemos que es el responsable de esto.

—Tú no sabes una mierda, zorra —dijo Zac, y luego lanzó un escupitajo al suelo—. Chúpame la po...

—¡Basta ya! —grité. Cogí a Zac y me lo llevé a rastras al interior de la comisaría. Él chocó deliberadamente contra el mostrador de la entrada, y se agarró del codo.

—¡Aggg! ¡Mi brazo! ¡Brutalidad policial!

—Ahora vas a ver lo que es brutalidad —respondí arrastrándolo por la comisaría vacía hasta la sala de interrogatorios.

Zac se tiró sobre la silla, dejándose resbalar hasta que la cabeza le quedó a la altura de la superficie de la mesa, y las piernas bien separadas por debajo.

Snale y Kash cerraron la puerta, dejando a la multitud fuera, y me siguieron a la oscura habitación. Encendieron las luces.

Kash se inclinó sobre la mesa, ocupando la mayor parte del espacio con sus enormes brazos y obligando a Zac a retroceder y pegarse a la silla.

—Probablemente hayas borrado todas esas fotos —dijo Kash—. Pero será muy fácil recuperarlas.

—Y una mierda —replicó Zac.

—Estás en un buen lío, chaval. Háblame de esas fotos.

—¿Estas? —Zac sacó el teléfono y fue pasando las fotos que había visto Kash en el desfiladero.

Chicas desnudas. Chicos en una fiesta fumando hierba—.

No las he borrado. No soy idiota, colega.

Sé que podéis recuperarlas. Esta es mi exnovia.

Y estas son sus tetas. ¿Quieres verlas más de cerca?

—dijo poniéndole el teléfono en la cara a Kash.

Yo se lo quité de la mano y miré la foto—.

Tiene dieciocho años. Me gustan las chicas mayores, y a ellas les gusto yo —dijo mirándome y guiñándome un ojo—.

Y por lo que a mí respecta, eso no son más que cigarros de té verde.

Os desafío a que demostréis lo contrario.

—Apuesto a que esos porros que te sacamos de los bolsillos no están rellenos con té verde.

—¿Habéis cruzado el país para venir a este agujero solo para acusarme de posesión de hierba? —dijo Zac burlón—. Vaya puñado de farsantes.

—La foto que nos preocupa es esta —dije pasando fotos hasta llegar a la que me interesaba.

En la fotografía se veía una mesa llena de trastos en medio de un cobertizo oscuro. Herramientas, cables, cubos llenos de tornillos y clavos. Y, de fondo, una bombona de gas oxidada sobre un estante.

—Es el cobertizo del padre de mi colega —dijo Zac fingiendo desinterés—. Cuando nos aburrimos construimos cacharros. Ese montón de metal en medio de la mesa es un kart a medio construir.

—¿Alguna vez habéis construido algo que explotara? —le pregunté.

Zac no respondió. Se quedó mirándose las uñas.

—Hace un par de años registramos una serie de gamberradas con explosivos —recordó Snale, suspirando desde donde estaba, junto a la puerta—.

Un profesor vino a hacer prácticas a Last Chance Valley y pasó aquí un cuatrimestre.

Lo supervisaba uno de nuestros profesores, Greg Harvey, pero una mañana Greg dejó que el profesor en prácticas dirigiera la clase solo.

Les habló de diferentes tipos de explosivos.

—Vaya, genial —dije yo. Kash y yo cruzamos una mirada.

—No fue nada tan complejo como lo que hemos visto en la montaña —precisó Snale—. Por eso no había pensado en ello siquiera. Básicamente les enseñó cómo funciona la pólvora y los fuegos artificiales. Así que algunos de los chicos se pusieron de acuerdo para hacer sus propios fuegos de artificio.

—Petardos —dijo Zac—. Los puedes hacer del tamaño de un cigarrillo. Unos dos segundos de mecha. Y se los tiras a las viejas. Para partirse de risa.

—Pero tú no. Tú nunca harías algo así —dije yo poniendo los ojos en blanco.

—No, yo no.

—¿Cuántos chavales había en esa clase? —pregunté—. La de los explosivos.

—Unos cinco —dijo Zac con una risita, el único sonido que se oía en la sala, mientras Snale, Kash y yo nos desesperábamos pensando en los otros cuatro chavales que tendríamos que interrogar. Kash dio una palmada en la mesa, haciéndolo callar de golpe.

—Todo esto te debe de parecer muy gracioso, seguro, pero para el resto del pueblo el principal sospechoso eres tú, colega —dijo—. He trabajado en pueblos de las afueras de Johannesburgo donde solo con que sospechen que has cometido un crimen acaban arrastrándote al campo y te cuelgan de un árbol.

—«He trabajado en pueblos de las afueras de Johannesburgo...» —repitió Zac agitando las manos en una imitación burlona—. Colega, te esfuerzas tanto que no impresionas a nadie.

Kash tenía pinta de estar deseando saltar por encima de la mesa y estrangular al chico.

Pero me miró a mí y yo hice que no con la cabeza.

Ahora mandaba yo. Si íbamos a apretar a alguno de los sospechosos, era cosa mía.

Y si nos pasábamos demasiado tiempo mareando a gente inocente, los habitantes del pueblo empezarían a cerrarse como una almeja.

Los pueblos pequeños están llenos de secretos, y si nos convertíamos en sus enemigos, podían acabar ocultando al asesino solo por fastidiarnos.