30
Ni siquiera sintió el impacto. Whitt estaba cruzando el oscuro aparcamiento, en dirección al ascensor de su bloque de apartamentos, cuando de pronto tuvo la impresión de que se apagaban todas las luces.
No se dio cuenta de que le habían disparado hasta que intentó moverse y sintió el contacto del asfalto, húmedo y grasiento, bajo el rostro.
Se movió y el dolor que sintió en la cabeza se hizo evidente: un dolor intenso y penetrante.
El pánico se adueñó de él. Vio que tenía sangre en la mano, en su propia mano, aunque no la sentía como suya. Intentó ponerse en pie, pero una voz lo frenó.
—No tan rápido —dijo la voz, grave—. O echarás la pota.
Whitt se arrastró hasta sentarse en el suelo, apoyando la espalda contra la pared del ascensor.
Había un hombre apoyado en el maletero de un coche a solo unos metros, con un trozo de pizza en una mano y una caja de pizza en equilibrio sobre la otra mano.
Tenía el cabello rubio, enmarañado, y llevaba una chaqueta de cuero sucia y unas botas grandes.
Whitt registró mentalmente los detalles, aunque la mente le funcionaba despacio, negándose a adquirir conciencia plena.
Efectivamente, tenía ganas de «echar la pota». Se llevó los dedos a la nuca y notó el cabello empapado de sangre. El maletín, la cartera, el teléfono, la pistola... todo había desaparecido. Encontró las gafas y se las puso.
—¿Esto es cosa tuya? —preguntó Whitt.
—¿Eh? No. No soy un puto cobarde. Yo uso los puños.
—¿Me han... golpeado con algo?
—Te han dado un cantazo —dijo el hombre—. Enhorabuena.
El hombre hizo rodar un pedazo de asfalto con el que llevaba un rato jugando, pasándoselo por debajo de la enorme bota negra, y lo lanzó al espacio que los separaba. Fue a parar cerca de la rodilla de Whitt, que lo recogió y se lo quedó mirando, atónito.
—Quien sea el que te ha golpeado, es un exrecluso.
—El hombre le dio un bocado a su pizza y siguió hablando con la boca llena—.
Aprendes a dar cantazos en la cárcel. En mi época se hacía con un calcetín en el que metías un candado.
De ahí lo de cantazo. En la cárcel hay muchos candados, por lo que es un arma práctica y de un solo uso.
Te quitas el calcetín, lo cargas, le das unas vueltas en el aire y lo usas para atizar en la cabeza.
Tiras el candado y vuelves a ponerte el calcetín.
—Ya veo.
—¿Conoces a algún exconvicto?
—Solo convictos actuales. —No sin esfuerzo, Whitt se puso en pie—. No he oído cómo te llamas.
—Tox Barnes.
—¿Tox? —dijo haciendo una mueca.
—Sí.
—Yo soy...
—Edward Whittacker. Tú eres el motivo por el que estoy aquí.
Esperaba encontrarte arriba, en tu apartamento, dando sorbitos a un chardonnay, hojeando un catálogo del IKEA o algo por el estilo.
No. He mirado por las ventanas y he visto que estabas aquí tirado, en el aparcamiento. Quién lo habría pensado.
Whitt no conseguía entender lo que había pasado.
Apenas un momento antes estaba caminando del coche al ascensor, deseando llegar a casa, agotado tras todo el día en los juzgados y después de visitar a Sam en la cárcel.
Y ahora un hombre de aspecto desaliñado le estaba dando lecciones sobre tácticas de lucha en la cárcel.
Whitt irguió el cuerpo y quiso echar mano del teléfono.
Pero entonces recordó que ya no lo tenía.
—Yo estoy con Harry —dijo Tox.
—Vale. —Whitt observó a aquel tipo mientras se acababa el borde de la pizza y luego tiraba al suelo la caja, que hizo un ruido sordo.
—Pues sí. He venido a ayudarte con lo de su hermano.
—Vale —dijo Whitt una vez más.
—Bueno, ya estás en pie. —Tox miró a su nuevo compañero de arriba abajo—. En marcha.