Doble cara (Harriet Blue 2) 29
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Whitt pasó la página del informe del psicólogo que tenía delante, aislándose de los ruidos del centro de visitantes de la cárcel, que oía convertido en un sordo murmullo.

A través del plexiglás, vio abrirse una puerta al final del pequeño pasillo. Llevaron a Samuel Blue hasta la silla que tenía delante el agente. Whitt metió el informe del psicólogo en su maletín y sacó su cuaderno y un bolígrafo.

—¿Cómo va, Edward? —dijo Sam con una sonrisa fatigada. Los dos se habían visto brevemente en el juzgado el día anterior, y habían hablado por teléfono.

—Bueno, ya sabes. ¿Cómo estás tú? Eso es lo importante.

—Lo cierto es que voy a necesitar el dinero del que hablamos por teléfono —dijo Sam echando el cuerpo adelante hasta situar la boca a centímetros de los orificios del cristal—.

Aquí soy carne de cañón, y lo único que va a evitar que se me echen encima los otros reclusos es comprar protección.

Ya he gastado todo el dinero que me dio Harry.

—¿Sigues recibiendo amenazas?

—A diario. Ahora del personal y de los reclusos.

—Joder.

—Sí. —Sam se sorbió la nariz—. Ya sé cómo va. Harry me lo dijo. Si pagas por protección en la cárcel, es para siempre. Pagas una vez y tienes que seguir pagando. Pero necesito ir soltándoles algo de pasta al menos, o no voy a sobrevivir hasta el final del juicio.

—Esta tarde ingresaré algo en tu cuenta —dijo Whitt tomando nota.

—Yo no sé luchar. —Sam parecía distraído, frotándose las manos con fuerza—. Solo soy un puto experto en diseño gráfico. No me he visto envuelto en una pelea desde que era un crío. La luchadora es Harry.

—He hablado con ella esta mañana. No ve el momento de volver.

—Debería mantenerse apartada todo lo que pueda.

—Sam lo miró fijamente—. Yo nunca quise que estuviera aquí.

Quienquiera que me esté haciendo esto, irá a por ella después.

Alguien debe de querer verme sufrir a lo grande si han puesto tanto empeño en este montaje.

Y si le pasara algo a Harry... Yo lo pasaría muy mal, ¿sabes?

Whitt dio unos golpecitos al cuaderno con el bolígrafo, pensativo. Intentó medir sus palabras al responder, ser diplomático, mostrar su apoyo.

—¿Sigues pensando que alguien te la ha jugado?

—Es la única explicación —dijo Sam—. Entraron en mi apartamento. Metieron esas cosas. Alguien secuestró a esas chicas mientras yo estaba en la misma zona. Deben de haber estado siguiéndome.

—Eso es... —Whitt se encogió—. Demasiado trabajo solo para hacerte esto.

—Dímelo a mí, colega.

—Pero... ¿tú no tienes ni idea de quién puede haber sido?

—Ni idea.

—¿Cómo puede estar alguien tan cabreado contigo y que tú no tengas ni idea? —preguntó Whitt—. Para haber hecho algo así tienen que haberse sentido profundamente traicionados. Tiene que haber sido algo realmente gordo.

Whitt vio un temblor en los labios de Sam, un temblor de rabia mal contenida.

—¿No me crees?

—Yo nunca he dicho eso.

—Porque Harry me ha dicho que estás de nuestro lado.

—Yo estoy del lado de Harry —dijo Whitt tragando saliva—. Y Harry está de tu lado.

—Vale. —Sam asintió apretando los dientes—.

Bueno, colega, pues tienes razón. Quienquiera que me haya querido empapelar se ha tomado muchísimas molestias.

Debe de odiarme profundamente. Y sería increíble que yo no tuviera ni idea de quién puede ser, a menos, claro, que no me haya llegado a enterar de que estaba cabreado conmigo.

—Ya. —Whitt asintió—. Ya veo lo que dices.

—¿Y si es una exnovia? —Sam se encogió de hombros—.

¿Alguna chica con la que rompí, que me pareció que lo llevaba bien, pero en realidad no?

Ya sabes, alguna acosadora con la que me haya cruzado sin saberlo.

¿Y si, durante todos estos años, ha ido alimentando el odio hacia mí por haberla dejado?

¿Sin saberlo yo? ¿Y si ese odio no ha hecho más que macerar con el tiempo, volviéndose cada vez más enconado?

—Hmm —respondió Whitt.

—Imagínate cuánta gente enferma, retorcida, puedo haber ofendido a lo largo de mi vida sin tener ni idea de que pudieran pensar en esta...

vendetta . He tenido estudiantes que me han presentado trabajos plagiados, que fueron expulsados porque los pillé.

Porque presenté sus trabajos al decano, y él les canceló la matrícula.

—Ya.

—Hubo un tipo... —Ahora Sam ya casi divagaba, paseando la vista sobre la superficie rayada del cristal que los separaba—.

Uno que había solicitado el mismo puesto en la universidad.

Quizá me culpe por no haber conseguido el empleo.

Quizá venga de más allá. Quizá venga de cuando era un crío, yendo de una casa de acogida a otra.

¿Y si alguien fue a parar a una familia, o no fue a parar a ninguna, por mi culpa?

—Sam...

—¿Y si...?

—No te comas tanto la cabeza, Sam —dijo Whitt, tocando el cristal donde el prisionero tenía apoyados los nudillos—. Tienes razón. Si es una encerrona, podría ser cualquiera. Tiene que ser alguien muy retorcido. Lo que te están haciendo a ti podría no ser tan lógico como esperamos.

Sam golpeó la mesa con las muñecas, haciendo que las esposas repiquetearan.

Estaba jadeando, a punto de perder la cabeza por completo.

Whitt tomaba notas en su cuaderno, mirando de vez en cuando a los ojos de aquel hombre tan asustado.

«Todo aquello resultaba muy convincente», pensó.

Si la congoja de Sam no era real, desde luego era un gran actor.