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Kash hizo una finta hacia la izquierda, se lanzó hacia mi derecha y me agarró por detrás, rodeándome el cuello con el brazo y tirando de mí hacia atrás.
Dejé que lo hiciera, y al momento me giré rápidamente, sorprendiéndolo con la velocidad con la que conseguí que cayera boca arriba.
Los dos nos retorcimos, forcejeando, dando patadas sobre la tierra roja.
Él ya había perdido las gafas. No hizo ni caso.
De pronto yo sentía una intensa emoción que me hinchaba el pecho.
Me gustaba pelear. Había peleado desde que era una niña, intentando hacerme un hueco en casas donde era el cuco que invadía el nido.
Kash se me quedó mirando, intentando decidir su próximo movimiento.
Pero no le di tiempo a que llevara de nuevo la iniciativa.
Le agarré el brazo e intenté retorcérselo mientras bailábamos en el polvo.
Luego él me cogió de la nuca y empujó hacia abajo, usando mi propia inercia igual que yo había hecho antes.
Pero conseguí girarme antes de quedar tendida en el suelo y que me inmovilizara boca arriba, dejándome sin aire.
La mayoría de personas entra en pánico cuando pelean y no pueden respirar.
Yo sabía que el aire volvería poco a poco.
Di una patada al aire y le hice perder el equilibrio, con lo que cayó sobre mí.
Le di un manotazo en la mandíbula, empujándosela hacia arriba.
Snale nos miraba desde el coche. La vi a lo lejos, con el cuello, los hombros y los brazos en tensión bajo el increíble peso de Kash. Snale tenía una mueca de dolor en el rostro. Estaba claro quién era su favorita.
Volví a patalear y le di en la cadera. Me retorcí y conseguí salir de debajo, le agarré el cuello desde atrás y le clavé la rodilla en la columna.
Se puso en pie y yo subí con él, colgando de su espalda como un mono intentando controlar a un oso.
Él intentó sacudirse para quitárseme de encima, agarrándome los brazos, pero yo le envolví la cintura con las piernas.
Y entonces hizo lo que esperaba que hiciera.
Se dejó caer de rodillas y se echó hacia atrás, intentando aplastarme contra el suelo.
Pero yo me aparté a un lado antes de impactar contra el polvo, le solté el cuello y lo agarré del brazo, retorciéndoselo tras la espalda.
Él soltó un aullido repentino de dolor, y yo aproveché para apretarle la cabeza hacia el suelo, de modo que su mejilla tocara la tierra roja.
—Sí —exclamé, soltándolo y secándome el sudor de los ojos—. Sí. Sí. ¡Sí!
La emoción desenfrenada que sentí al ganar me hizo olvidar de golpe el caso Last Chance y el caso de mi hermano, quitándome un peso de encima al instante. Por un segundo me sentí libre. Cuando peleaba me sentía fuerte. Sentía que podía cuidar de mí misma. Era una guerrera.
Cuando volví en mí, Kash se estaba sacando tierra de la oreja.
Volvía a estar en aquel maldito desierto, en medio de la nada, lejos de donde quería estar.
La sonrisa se desvaneció de mi rostro, como si una vocecita interior me acabara de recordar con dolorosa claridad que, aunque era evidente que era un idiota, un tozudo y un ignorante, se suponía que ese hombre tenía que ser mi compañero, que teníamos que trabajar juntos en el caso.
Le tendí la mano, pero él no la aceptó. Me echó una mirada de rabia y empezó a caminar hacia el coche.