Doble cara (Harriet Blue 2) 26
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No nos costó encontrar a Zac Taby. Snale nos recogió en su todoterreno y nos llevó, no a la escuela, sino fuera del pueblo.

Por una pista de tierra que hizo que las ventanillas traquetearan casi hasta desencajarse, llegamos hasta una garganta sombría a los pies de un alto barranco cubierto de pintadas con espray.

Salí del todoterreno y me quedé mirando las colillas de cigarrillo dispersas por el suelo.

En algún punto entre los arbustos, a la sombra, sonaba música procedente del altavoz de un teléfono.

Un perrazo negro y gris fue corriendo hacia el coche, ladrándonos de un modo nada amistoso. Al trotar hacía sonar la ristra de latas de Coca-Cola que le habían atado a la cola. Snale suspiró, exasperada.

—Digger —dijo—. Ven aquí. Ven aquí, muchacho.

El perro cesó en su demostración de agresividad y permitió que le soltara la cuerda que tenía atada al rabo.

—¿De quién es este perro?

—Es el perro del pueblo —dijo Snale, haciendo subir al animal al asiento trasero del todoterreno—. No es propiedad de nadie. Todos le damos de comer. Probablemente ese es el motivo de que esté tan gordo.

De entre los arbustos salió un adolescente flacucho y de piel oscura.

Observé que otros chavales salían corriendo por entre los árboles, un par de chicas y un jovencito larguirucho con una enorme gabardina negra que quedaba ridícula en aquel lugar tan cálido.

Zac debía de imaginarse que iríamos a buscarlo al enterarse de la muerte de Theo Campbell.

Se oyeron risas; los adolescentes volvieron a los arbustos y soltaron un par de gritos de «¡A la mierda la policía! ».

Zac tenía una actitud arisca muy ensayada, impropia de un chaval de quince años.

Quizá habría podido preguntarme cómo había desarrollado esa rabia tan joven, pero yo había sido exactamente igual.

A su edad no dormía nunca. Fumaba como una chimenea.

Insultaba a gente desconocida y me juntaba con quien no debía.

Uno de mis padres de acogida me había puesto el mote de «cara de perro» porque decía que siempre tenía pinta de estar deseando gritarle a alguien.

Este chaval pensaba que no le importaba a nadie, y probablemente tuviera razón.

—¿Te has echado amigos, Vicky? —preguntó el adolescente, mirándonos a Kash y a mí—. Eso es nuevo.

—Necesitamos que vengas con nosotros, Zac —dije yo—. Tenemos que buscar a tus padres, para poder hablar de algo que pasó ayer por la mañana.

—No voy a ir a ningún sitio.

—Ya lo creo que vas a ir.

—Chúpame la polla, zorra —me espetó—. No sé nada de lo que pasó ayer. Así que ya podéis darle el coñazo a otro, porque no soy ningún terrorista y no escribo diarios. Los diarios son para las niñas.

—Solo queremos hablar —dijo Snale—. A lo mejor nos puedes decir algo que nos ayude. Soupy y tú... os conocíais bien. A lo mejor sabes de alguien que se la tuviera jurada.

—Quienquiera que haya sido se merece una puta medalla —dijo Zac, y luego sacó un cigarrillo de un paquete que llevaba en el bolsillo—. El tío era un cabrón de primera. He oído que la bomba le ha volado la cabeza. ¿Es cierto?

—No tenemos tiempo para jugar a que te hagas el duro —dije yo dando un paso adelante—. Sube al coche.

—¿Quieres que me resista? —dijo levantando la barbilla y agarrando algunas de sus cosas—. ¿Eso te excitaría?

—Ya vale —murmuró Kash a mis espaldas. Me apartó de un empujón, agarró a Zac y lo tiró al suelo, cubriéndolo de polvo.

—¡Para! ¡Para!

Zac chillaba aterrorizado. Lejos quedaban sus bravatas.

Kash tenía una rodilla apoyada en la espalda del chaval y ambas manos en sus bolsillos, de los que iba sacando porquerías y esparciéndolas por el suelo: cigarrillos, porros, condones, una navaja de bolsillo, trozos de papel.

Kash cogió el teléfono del chico y dejó que Snale y yo apartáramos al adolescente, que no paraba de gritar.

—¡Que te jodan! ¡Que te jodan, poli de mierda! —gritó Zac revolviéndose entre el polvo.

—Echemos un vistazo —dijo Kash, y accionó el teléfono de Zac—. Fotos recientes.

—Para, Kash. —Intenté agarrar el teléfono, pero no acerté—. Esto es un registro ilegal. Si encuentras algo, quedará invalidado.

—¿Y eso quién lo dice? —replicó apartándome con su enorme brazo, mientras pasaba pantallas con el pulgar de la otra mano—.

Veo... adolescentes desnudas. Chavales fumando cachimbas.

¿Qué es esto? —Kash me mostró la pantalla del teléfono, y vi una maraña de cables y herramientas, y frascos de vidrio sobre una mesa enorme llena de trastos—.

¿El proceso de fabricación de una bomba?

—Dame el teléfono —le advertí—. O te lo quitaré.

Estaba intentando ampliar las fotografías que veía en la pantalla, apartándose de mí.

Le di unos segundos para que obedeciera, pero luego di un paso adelante, me lancé sobre él y fui a quitarle el teléfono de las manos.

Él reaccionó rápido y me agarró la otra muñeca cuando ya estaba a punto de darle una bofetada.

Me agaché y le pasé una pierna por detrás de las suyas, haciéndole perder el equilibrio.

Él me soltó la muñeca para evitar caer sobre el polvo y conseguí darle el bofetón, lo que le distrajo lo suficiente como para arrancarle el teléfono.

—¡Joder! —exclamó Zac señalándome entre risas—. ¡La muy zorra sabe moverse!

Le tiré el teléfono al chico, que lo cogió al vuelo como pudo.

—Llámame zorra otra vez —le respondí rabiosa—, y te meteré ese teléfono por el culo a tal profundidad que podrás chatear con tu bazo.

Kash siguió con la mirada al adolescente, que salió corriendo hacia los matorrales. Tenía la mejilla ligeramente colorada, y seguía aguantándose con una mano para no caer al suelo.

—Eso ha sido un gran error —me dijo—. Atacar a un agente federal supone un mínimo de dos años de cárcel.

—Realizar un registro sin una orden judicial es una violación de servicio grave —dije yo arremangándome la camisa—. Pero ninguno de los dos va a presentar denuncia.

—¿Ah, no?

—No. —Separé los pies e hice crujir mis nudillos—. Vamos a solucionar esto aquí mismo, ahora.