Doble cara (Harriet Blue 2) 25
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Me quedé allí, malhumorada, mientras Snale volvía a la casa a buscar el todoterreno.

No podía ni mirar a Kash, que ahora miraba al alcalde Dez, probablemente dándole una explicación sobre tácticas de vigilancia encubierta en entornos rurales.

Empezaba a agotarme. Me daba la impresión de que cuanto más me alejaba de la ciudad, de mi casa, más me costaba respirar.

El sol del mediodía ya empezaba a calentar el aire, que me quemaba los pulmones.

«Siete días —pensé—. Son solo siete días».

Noté la presencia allí cerca de Jace, el granjero, en el momento en que escupió al suelo.

Tenía la piel tostada por el sol implacable del desierto, y los brazos cubiertos de pecas, como si le hubieran espolvoreado pimienta por encima.

Me observaba desde la sombra del ala de su sombrero, con el pie apoyado en el escalón de piedra de la tienda de suministros para la agricultura contigua al pub.

—¿Quedaba gran cosa de Soupy Campbell? —preguntó.

Me planteé la pregunta. Era rara. No solo profundamente inapropiada, sino también algo morbosa.

—Era una escena horrible —dije—. No se me ocurre por qué querrías saberlo.

—Bueno —dijo Jace encogiéndose de hombros—.

Por aquí tenemos un concepto bastante simple de la justicia.

Los aborígenes tienen sus costumbres. Sus ancianos cantan a los espíritus para que se encarguen de ti.

Te maldicen para que tengas mala suerte.

En ocasiones celebran una ceremonia. O te clavan pinchos en las piernas. Depende de lo que hayas hecho.

Me miró de arriba abajo, como si estuviera analizando mis malas acciones.

—Y luego está la justicia del hombre blanco —añadió—. Ojo por ojo. Da la impresión de que no quedará mucho de Soupy para enterrar. Quienquiera que haya hecho esto, debería pasar por lo mismo. Él y su familia.

—Mira —dije dejando caer la cabeza hacia atrás—.

Todo eso suena muy impresionante, y aterrador, y créeme que entiendo vuestro modo de ver las cosas.

Dado el tipo de casos con los que suelo encontrarme, ha habido más de una ocasión en que me habría encantado torturar a alguien lentamente con un pincho de barbacoa. Pero no es así como funciona el mundo.

Me sentía un poco incómoda con mis propias palabras.

En el pasado había seguido la pista y apaleado a un par de depredadores sexuales que habían escapado de la justicia.

Y había disfrutado al enterarme de que los pederastas recibían un «Té Long Bay» de bienvenida a su llegada a la prisión: un cubo de agua hirviendo que les tiraban por encima la primera noche.

Esa era la parte violenta que había en mí.

La bestia que dormía en mi interior. Pero ese hombre no necesitaba que lo animaran para que fuera por ahí con su banda de amigotes quemados por el sol en busca del asesino de Theo Campbell con el objetivo de castigarlo.

Los hombres con los que me había ensañado habían pasado por un juicio justo.

Sabía que eran culpables. En cambio, el granjero que tenía delante se moría por hacerle daño al primer sospechoso.

Y estaba claro que no iba a esperar a asegurarse de que había dado con el verdadero culpable.

—¿Ya hay algún sospechoso? —preguntó, como si me leyera la mente.

—No. Pero si encontramos alguno, y le pasa algo antes de que consigamos encerrarlo, iré a por ti —dije señalándolo a los ojos—. Así que métete donde te quepa esa justicia de hombre blanco y quítate de en medio.

Se rio de mi bravata, me echó otra mirada de arriba abajo, llegando hasta mis botas y volviendo a subir hasta la cara, y se marchó, dejándome allí, bajo el sol abrasador.