Doble cara (Harriet Blue 2) 23
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—Queremos saber qué demonios está pasando —dijo el hombre mirándome y levantando la barbilla, y luego girándose hacia el agente Kash, mucho más corpulento—.

Hemos oído que van a arrasar con todo el pueblo, y vemos que desde Sídney nos han enviado nada menos que a dos polis para protegernos. ¡Menuda mierda!

—Hey, hey, un momento —dijo Kash alargando la mano—. Yo no soy poli. Soy un agente federal especializado en contraterrorismo.

—¿Terrorismo? —Todos en el grupo empezaron a intercambiar miradas nerviosas, moviendo los rifles—. ¿Se trata de un terrorista?

—No —dije yo poniéndome en medio—. Ahora mismo no hay nada que haga pensar que...

—Esos musulmanes —dijo alguien con rabia—. Sabía que era solo cuestión de tie...

Yo no tenía paciencia para aquello. Ya estaba a punto de estallar cuando un hombre se coló en el centro del grupo. Era un tipo bajito y regordete, con el pelo rojizo más bien escaso.

—Vamos a mantener esto bajo control, ¿eh, Jace? —dijo, apoyando la mano en el hombro del tipo del rifle—. Estoy seguro de que estos agentes saben lo que se hacen. —El pelirrojo se giró hacia mí y me tendió la mano—. Soy John Destro. Todo el mundo me llama Dez.

—Dez es el alcalde —me dijo Snale.

Él se rio, mostrando unos dientes tan rectos y blancos que bien podría tratarse de una dentadura postiza.

—Bueno, técnicamente Last Chance es demasiado pequeño como para tener alcalde. Yo me hago llamar alcalde, pero no me pagan por ello. —Sonrió—. Gestiono la oficina de correos. Así que soy el tipo con más poder de todo el pueblo.

Señaló un edificio de dos plantas en la esquina contraria del cruce en el que estábamos.

Me hacía a la idea del poder que podía tener el encargado de la oficina de correos en una situación como esta.

Tenía el monopolio, literalmente, de todo lo necesario para la vida en aquel lugar: comida, alcohol, herramientas, material agrícola...

Y vale la pena llevarse bien con la persona que controla los suministros, especialmente cuando vives a dos días por carretera de cualquier pueblo de más de quinientos habitantes.

—Cuenten conmigo para lo que necesiten.

—Por supuesto —dije yo—. Gracias. Podría empezar por decirle a todo el mundo que guarden las armas. No hay pruebas de ninguna amenaza inminente contra el pueblo. Y con tanta gente corriendo por ahí con rifles y los nervios a flor de piel, lo más fácil es que alguien acabe mal.

Entré en el pub, cuyas mesas, en torno a un gran escenario, estaban llenas de gente.

Algunos ya tenían a la mitad las cervezas que acompañaban los platos de tostadas del desayuno.

Había un segundo piso, con gente que observaba la escena apoyada en la barandilla, con los brazos colgando.

Esto es lo que hace la gente en los pueblos del interior cuando hay problemas: van al pub del pueblo, cotillean, se enteran de los pormenores de la situación, independientemente del trabajo que tengan ese día.

Aquel lugar era el centro neurálgico del pueblo.

Tras la barra, larga y brillante, había un camarero sudado con una pinta de cerveza pegada a los labios.

En el cristal había una placa de latón con la inscripción grabada: «mick the prick».

Mick el capullo. Supuse que aquí estaría bien visto beber en el trabajo.

Me acerqué a la tarima y treinta pares de ojos me siguieron. Eso quería decir que la mitad de la población del valle estaba ahí.

—Soy la inspectora Harriet Blue —dije en voz alta—. Del departamento de policía metropolitana de Sídney. Tengo unas cuantas cosas que deciros.

Respiré hondo. ¿Cuántas de esas personas me reconocerían de la portada del periódico del día anterior? Snale me observaba desde la puerta, junto a «Jace» y el grupo de granjeros hostiles.

—Anoche falleció vuestro exjefe de policía, Theo Campbell —anuncié.

No hubo murmullos, ni ninguna reacción de sorpresa—.

Aún estamos investigando las circunstancias, y si tienen algo que ver con el diario por el que os preguntó hace unos días la sargento Snale.

En este momento no hay motivo para creer que ningún otro habitante del pueblo corra algún peligro.

Os aconsejo que sigáis con vuestras cosas.

En breve contactaremos con las personas a las que queremos interrogar en relación con el caso.

Si alguien cree que tiene alguna información relevante que quiera compartir con nosotros sobre la muerte del señor Campbell, o sobre el diario, que se ponga en contacto con nosotros, por favor.

Intenté bajar de la tarima y a punto estuve de chocar con la pared de músculo que era Kash. Se me encogió el estómago.

—Ah, y por cierto —dijo él, tomando el centro del estrado—, podría ser útil, agente Blue, que ofreciéramos a esta gente una información más detallada de la situación.

—¿Qué cojones estás haciendo? —le susurré, pero él no me hizo ni caso.

—Soy el agente especial Elliot Kash. Soy un experto en contraterrorismo altamente entrenado y especializado en insurgencia y terrorismo islámico. He pasado años en Irak y Afganistán en operaciones de vigilancia y espionaje de lobos solitarios y células durmientes.

La gente se removió en su sitio. El barman plantó una pinta de cerveza sobre la barra.

—Por mi experiencia —dijo Kash—, os puedo decir lo que andamos buscando.

Tenéis que estar atentos a cualquiera que se haya comportado de forma extraña últimamente.

Que pase más tiempo de lo habitual lejos de todo el mundo, o frente al ordenador, quizá.

Preguntaos si alguien en vuestra casa ha mostrado un interés repentino en la religión, en particular en el islam, o si alguien ha hecho declaraciones políticas agresivas.

¿Alguien que se haya retirado de su círculo de amigos?

¿Que haga o reciba llamadas telefónicas privadas en plena noche?

La hipervigilancia es clave. Tened los ojos abiertos, y si veis algo, decídnoslo.

—Terroristas —murmuró alguien en la parte de atrás—. Lo sabía, joder.

—Ese chaval, Taby, siempre está pegado al ordenador —añadió otro—. Va siempre por el pueblo con el portátil. Así es como los radicalizan, por internet. Los vídeos, los chats.

Kash intentó culminar su discurso, pero lo bajé del estrado de un tirón antes de que pudiera hacerlo. Parecía no entender el motivo de mi rabia. Me lo llevé a rastras hasta la puerta del pub, a la sombra del toldo.