Doble cara (Harriet Blue 2) 21
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El entrenamiento fue una inyección de energía, pero la sensación de satisfacción se disparó cuando Kash anunció por fin, a regañadientes, que lo había completado.

Mi cuerpo protestaba por las decenas y decenas de saltos de rana, sentadillas y esprints desesperados hasta el final del patio y volver.

Cuando sabía que estaba mirando, me rascaba la nariz con una mano a media serie de flexiones, mientras seguía con el ejercicio usando el otro brazo, como si no me costara esfuerzo.

Acabé empapada en sudor. Pero no hubo ninguna felicitación por parte de mi nuevo compañero, que echó a caminar hacia la casa en silencio.

Me senté en la cama y empecé a hacer una lista mientras la luz comenzaba a colarse bajo las cortinas que cubrían los cristales del porche.

La madera del suelo crujía al pasar, y cuando Jerry, el cerdo, vino a mi encuentro al amanecer, aquello se meneó como una vieja carreta.

El enorme animal se quedó allí, olisqueándome un rato, mirándome con sus enormes ojos marrones, y luego se dejó caer en el suelo, junto a mi cama, con un suspiro de cansancio.

Snale tenía razón. Sus ronquidos resultaban extrañamente reconfortantes. Me tumbé de costado y me quedé observando la oreja del animal, que se agitaba al soñar. El calor corporal que emitía hacía que mi rincón del porche resultara más acogedor. Me dormí pensando en los detalles del caso de Sam.

Deseaba ayudar a mi hermano con todas mis fuerzas, pero no había nada que pudiera hacer. Las pruebas contra Sam eran muchas. Y la principal era su confesión.

«Me acerqué por detrás, en silencio. Le rodeé el cuello con el brazo y tiré de ella, llevándomela hacia el coche...».

Sam había confesado los tres asesinatos.

Pero apenas una hora después de salir de la sala de interrogatorios, declaró que lo había hecho bajo coacción.

Yo no quería creerme que mis colegas podían haber torturado psicológicamente a mi hermano, agotándolo y amenazándolo hasta hacer que se viniera abajo.

Quizá le hubieran pegado. Yo misma podía llegar a ser algo dura con los sospechosos, dentro y fuera de la sala de interrogatorios.

Pero tampoco quería creer que Sam fuera culpable, así que intenté no creer nada.

La última vez que habían visto a Marissa Haydon estaba en el recinto de la universidad, en un pequeño aparcamiento tras un bar del campus, una tranquila tarde de martes. El registro de gastos de la tarjeta de crédito de mi hermano mostraba que había estado en aquel mismo bar esa tarde.

Elle Ramone había sido vista por última vez en una calle a tres manzanas de la universidad, en la zona residencial tras la calle mayor de Newtown.

Sam solía volver a casa a pie pasando por allí hacia la misma hora en que había desaparecido ella, procedente del estudio de diseño gráfico de Marrickville donde trabajaba los tres días a la semana en que no daba clase.

Rosetta Poelar había sido vista por última vez en una bocacalle de Parramatta Road, cerca de la Facultad de Veterinaria de la universidad.

La grabación de la cámara de vídeo de una tienda de bicicletas había mostrado a Sam caminando por la zona solo quince minutos antes de que vieran a Rosetta por última vez.

Sam había estado en el escenario de los tres secuestros justo a la hora en que se habían producido.

La policía lo había investigado y no les había gustado lo que habían encontrado.

Era soltero. Era antisocial. Tenía un historial de delitos juveniles.

Si era tan violento como su hermana cuando perdía el control, podría ser letal.

La brigada había decidido arrestarlo aunque las pruebas no fueran determinantes.

Los medios los habían estado acosando, exigiendo avances en la investigación.

Llegados a ese punto, hasta una detención en falso era algo.

Pero esa noche las cosas dieron un quiebro.

La policía encontró pruebas preocupantes en el apartamento de Sam: algo de porno violento, un decorado como de mazmorra para el sexo en el dormitorio de atrás.

Todo aquello era circunstancial. No había rastros de ninguna de las chicas en casa de Sam, ni rastros de Sam en el cuerpo de ninguna de ellas.

Pero el fiscal podía situarlo cerca de los tres escenarios del delito. ¿Qué posibilidades tenía?

Me desperté completamente sudada y saqué mi cuaderno de debajo de la almohada.

Ojeé unas cuantas fotografías de los cuerpos de las chicas, tirados a orillas del río Georges.

Observé los árboles en la orilla opuesta, que en la fotografía parecían una masa indefinida de eucaliptos pálidos.

Arena gris y un agua fangosa. Aquel lugar significaba algo para el asesino. ¿Qué significaba para nosotros?

En mi infancia había habido muchos ríos, campos, parques nacionales.

Sam y yo habíamos coincidido en casas con numerosos niños de acogida mezclados con los niños biológicos de la familia.

Cuando los servicios sociales encontraban a cuidadores dispuestos, gente fiable, les enviaban tantos niños como pudieran atender.

Sam y yo, dos niños blancos malcarados y agresivos, nos convertíamos en parte de una variopinta colección de jovencitos, todos al cuidado de una pareja de acogida.

Con tantos niños a su cargo, los recursos tradicionales para el entretenimiento quedaban descartados.

Ir al cine salía demasiado caro, así que solían llevarnos a parques, ríos y largas playas vacías.

Sam y yo habíamos ido muchas veces al río Georges, pero no nos había marcado más que cualquier otro lugar. Al menos a mí no.

A lo mejor había cosas de Sam que yo no sabía.

Nos habían separado varias veces, en ocasiones hasta un año, cuando no encontraban familias que nos aceptaran a los dos.

Quizá hubiera otro Sam, un hermano producto de esos espacios desconocidos de su vida en los que yo no había estado presente. Un Sam malvado.