20
Tuve un sueño agitado. El diario me había afectado profundamente.
Incluía un estudio detallado de Seung-Hui Cho, el autor de la masacre del campus de Blacksburg, en la que murieron treinta y dos personas.
Una vez más, había una lista de los elementos del plan de la masacre que al autor del diario le habían parecido útiles para su estudio:
Bloqueó las puertas para atrapar a las víctimas.
Hizo un manifiesto en vídeo para que se conocieran sus motivos.
Perfil bajo, nadie lo veía como una amenaza antes del ataque.
Cho había actuado dominado por una rabia atroz y había elaborado un vídeo en el que explicaba sus motivos con todo detalle mientras se preparaba para la masacre.
Con la visera de la gorra hacia atrás, el taciturno joven de ojos oscuros hablaba del cruel final que les esperaba a sus enemigos.
Me quedé allí, a oscuras, recordando una y otra vez aquellas palabras, con las imágenes de las víctimas corriendo para salvar la vida pasando por el interior de mis párpados.
Empezaba a hacerme una idea mental del autor del diario.
Si ese tipo (era poco probable que fuera una mujer) había decidido que esos eran los atributos de un asesino de éxito, estaba claro que iba a aplicar las enseñanzas de aquellos modelos a su propio plan, cualquiera que fuera.
Mantendría un perfil bajo, guardando silencio y resistiendo a la tentación de incorporar colaboradores a su misión.
Intentaría obtener armas sin llamar la atención.
Lo cual en aquel lugar no sería difícil, porque todos los granjeros del pueblo debían de tenerlas.
Solo se trataba de tenerlas todas el día del ataque, o justo antes.
Intenté convencerme de que debía dormir.
Si no dormía, nunca podría atrapar a ese tipo.
Ya estaba conciliando el sueño cuando oí un gruñido que me despertó.
Al principio pensé que sería el cerdo. Bajé de la cama por el extremo de los pies y me acerqué a la puerta del porche.
Kash estaba ahí fuera, en el patio de tierra, una silueta negra apenas visible contra la montaña a lo lejos.
Abrí la puerta, aún adormilada. No llevaba camisa.
Encendí la luz del patio y vi su torso musculoso cubierto de sudor.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Venía corriendo desde el extremo del recinto. No me hizo caso, se echó al suelo e hizo diez flexiones de brazos perfectas, seguidas. Los músculos de sus tríceps parecían tallados con un escalpelo.
—¿Estás majara? —insistí—. Son... ¿Qué hora es?
—Son las dos de la mañana.
—¿Por qué estás haciendo ejercicio a las dos de la mañana?
—Si quieres vencer al enemigo, tienes que pensar como el enemigo —dijo, resoplando al ritmo de una serie de diez saltos de tijeras.
Luego se echó al suelo e hizo diez flexiones más—.
Pensar, actuar, vivir como él. Este es un programa de entrenamiento clásico usado por los talibanes para sus combatientes de primera línea.
Se entrenan de madrugada para acostumbrar al cerebro a ignorar sus ritmos circadianos.
Así pueden comer, dormir y disponer de un alto nivel de energía física en cualquier momento, cuando sea necesario.
Me lo quedé mirando, divertida, mientras echaba a correr otra vez hacia el final del recinto. Volvió a la carrera y se echó al suelo de nuevo para hacer una nueva serie de flexiones.
—Eres un poco adicto a toda esta historia, ¿no?
—¿Qué historia?
—Este numerito del terrorismo.
—No lo critiques solo porque eres incapaz de hacerlo.
—¿Incapaz? —respondí entrecerrando los párpados—. ¿De qué exactamente?
—De seguir este estilo de vida. De alcanzar el nivel de compromiso necesario para trabajar en Seguridad Nacional.
Quiero decir que vale, que hay un motivo por el que eres poli.
Quieres proteger a la gente. Pero si fueras capaz, seguro que lo harías a este nivel —dijo señalándose con un brazo mientras seguía haciendo flexiones con el otro—.
No a ese nivel —añadió señalándome a mí.
—Desde luego, he conocido a capullos inconmensurables en mi vida, Kash. Pero estás ascendiendo lentamente en la clasificación hacia el número uno.
—Número uno —dijo—. Suena bien.
—Ni siquiera estás haciendo bien las flexiones —dije—. Tienes el pecho como a diez centímetros del suelo.
—¿Me estás desafiando?
—Solo digo que si te vas a poner a correr por ahí y a entrenar como un lunático, en medio de la noche, no tiene sentido que lo hagas a medio gas.
—¿A medio gas? —Se paró de pronto por primera vez desde mi llegada—. ¿Lo dices en serio?
—Yo no bromeo cuando hablo de flexiones.
—Tú no aguantarías este entrenamiento —dijo él—. Te lo garantizo.
—De acuerdo —le espeté. Volví dentro, dando un portazo, y saqué mi bolsa de debajo de la cama para buscar mis zapatillas. El agente Kash no tenía ni idea de lo que yo podía aguantar. Cuando has vivido una vida como la mía, llena de dolor y oscuridad, un entrenamiento duro es un juego de niños.