Doble cara (Harriet Blue 2) 19
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Estaba sentada en la cocina de Snale, con la cabeza entre las manos, oyendo cómo la sargento iba moviendo cacharros de un lado a otro, preparando comida para sus dos invitados de la ciudad.

Había sido un día muy largo, y cuando Snale nos había mostrado dónde íbamos a dormir, en mi caso una cama de campaña individual al final de la galería del porche, había sentido la tentación de dejarme caer entre las sábanas y hundir la cara en la almohada.

Me costaba mantener la concentración en el diario que tenía abierto sobre la mesa.

Snale se acercó con su cuaderno en la boca y dos copas de vino en las manos.

—No te lo bebas de golpe —dijo poniéndome una copa delante—. Aquí el vino es caro. Solo nos lo traen cada dos semanas.

De pronto oí un murmullo, como un gruñido.

A punto estuve de escupir el primer trago de vino al ver una enorme bestia gris en el estrecho pasillo procedente del salón.

El cerdo medía al menos un metro y medio, y estaba cubierto de un fino pelo negro con manchas.

Entró al trote, echándome una mirada sin demasiado interés.

Sentí que aparecía en mi rostro la primera sonrisa del día.

—¿Qué narices...?

—Qué quieres... —dijo Snale con un suspiro—. En este pueblo hay treinta y tres hombres adultos, y treinta de ellos están casados. De los tres sobrantes, uno tiene setenta años y los otros dos no están interesados. Aquí te puedes sentir muy solo.

Me reí.

—Podrías tener un perro.

Nos quedamos mirando al enorme cerdo, que se estiró sobre una manta, junto a la puerta, soltando un largo gruñido gutural al tiempo que se dejaba caer de lado.

—La presencia de Jerry en la casa se hace notar —dijo Snale—. Sus pisadas se oyen y ronca con fuerza toda la noche. Te da la impresión de que hay alguien en la casa.

Kash acabó con la llamada de teléfono que estaba haciendo y se unió a nosotras.

La Científica había llegado por la tarde y había completado la búsqueda de ADN y huellas en el diario, de modo que ya podíamos tocarlo.

También les habíamos dado la mochila roja en la que se había hallado el librito.

La mochila parecía nueva, y no había nada más dentro.

Eso era raro. ¿Por qué llevar el diario solo?

¿O es que la mochila roja cumplía la función de llamar la atención desde el arcén porque el autor del diario quería que lo encontráramos?

Hojeé las páginas en silencio mientras Kash y Snale charlaban.

El que había escrito aquello desde luego había investigado a fondo todas las opciones para construir bombas, centrándose en los explosivos que se podían elaborar a partir de objetos de uso diario.

Parecía haber tomado la idea de los intentos fallidos de Dylan Klebold y Eric Harris de volar la cafetería de su colegio con bombonas de gas antes de decidir matar a toda aquella gente a tiros.

—Deberíamos hacer que analizaran la caligrafía, comparándola con todas las muestras que podamos recoger en el pueblo —sugirió Snale.

Tomé nota, iniciando una lista de todas las tareas pendientes.

—Entonces, ¿esto es el informe preliminar de la Científica sobre el escenario de la muerte de Campbell? —pregunté acercándome el cuaderno de Snale.

—Sí, una clásica bombona de propano —dijo—. Por lo que dice el equipo, parece que Theo debía de estar sentado con la bombona entre las piernas o encajada bajo la silla cuando estalló. Estaba sentado de cara al pueblo. —Soltó un suspiro profundo—. Su esposa, Olivia, está destrozada, fuera de sí.

—¿Tiene alguna idea sobre algún posible sospechoso?

—Estaba un poco descompuesta —dijo Snale—.

Dice que Theo estaba en el pueblo de al lado arreglando el tejado de un colega, un tipo llamado David Lewis, y que se iba a quedar a cenar.

Al no responderle al teléfono, se imaginó que se habría quedado a pasar la noche.

Volveré a hablar con ella mañana para ver si tiene algún sospechoso.

Quiero darle tiempo para superar el shock.

—Hablemos con David Lewis para ver si Theo se comportaba de forma rara.

—Bien.

—¿Algún rastro de alguien más en la escena del crimen? —preguntó Kash.

—Quizá sí —dijo Snale—. Había huellas. Borrosas, costaba reconocerlas, pero parecen de unas botas de trabajo normales.

De la talla 40. Parece ser que alguien estuvo caminando adelante y atrás no muy lejos del lugar de la explosión.

Pero no saben con exactitud cuándo se dejaron las huellas.

Podría ser un día o dos antes. El arma reglamentaria de Theo ha desaparecido, así que alguien debe de haberse hecho con ella.

La habrán usado para obligarle a sentarse en la silla.

—¿De dónde procede la silla? —preguntó Kash—. El asesino no la traería consigo.

—Hay un montón de basura en ambas escarpaduras, a los lados de la carretera, en torno al pueblo —dijo Snale—.

Los chicos van ahí arriba, fuman y tiran cosas por los barrancos.

Cada sábado voy a hacer una ronda por entre la maleza y al fondo del desfiladero, para asegurarme de que no están haciendo nada grave.

Probablemente la silla procediera de alguno de esos pequeños campamentos que montan. La cinta adhesiva, no lo sé.

—Sí, la cinta adhesiva. ¿Dónde estaban las esposas de Theo? —pregunté.

—Me sorprendería que las llevara consigo. Ninguno de los dos se ha preocupado nunca mucho de llevarlas. Las cosas nunca se descontrolan tanto. Y conozco a todos y cada uno de los que viven aquí. No hay donde huir, así que ¿para qué iba alguien a escapar?

Me giré hacia Kash, que tenía la mirada fija en la copa de vino que yo sostenía en la mano.

—Bombas de propano. ¿Son difíciles de hacer?

—En absoluto. Son el explosivo improvisado favorito de los terroristas novatos —dijo—.

Un diseño sencillo y material de fácil obtención.

Hasta un idiota puede hacer una. Coges una bombona de butano de una barbacoa, le pegas una lata de gasolina al lado, le quitas el tapón, le pones una mecha, la enciendes y sales corriendo. Boom.

Levantó ambas manos.

—¿Así que si quisiéramos podríamos hacer una ahora mismo? —respondí, incrédula—. ¿Con la bombona de la barbacoa de Snale?

—Podrías hacer un montón de bombas diferentes con las cosas que hay por aquí.

—Kash se sacó el móvil y me lo enseñó—. Podría abrir esto, buscar el cable que conecta con el altavoz y exponerlo para que hiciera chispa, luego meterlo en una botella de algo y llamar desde otro número.

Y ya está. Una bomba activada con el móvil.

—Pero ¿de dónde saca alguien la información para saber cómo hacer estas cosas?

—De internet —dijo Kash.

—Pero seguro que a vosotros os saltará la alarma cuando alguien busca cosas así —sugerí.

—Si cada adolescente del país que buscara en internet cómo hacer saltar algo por los aires se ganara una ficha en la ASIO, el departamento dejaría de ser operativo.

—Kash dirigió la mirada a Snale, que estaba bebiendo vino—.

No identificamos a los terroristas por sus búsquedas en Google. Eso sería de aficionados.

—De todos modos, obtengamos las direcciones IP de toda la gente del pueblo —propuse—. Comprobemos la actividad de todos en internet.

—Pero ¿por qué Soupy? —dijo Snale, con un temblor en el labio.

Le echó un trago al vino para disimular—.

¿Por qué lo han escogido a él? Era un encanto de hombre.

Alguien se pasea frente a él, adelante y atrás, mientras lo tienen sujeto a una silla, con una bombona entre las piernas, de cara al pueblo.

Hay muy buenas vistas desde ahí arriba. Se ve todo, todas las casas.

—Y todos pueden verte —apunté.

—Es muy... ostentoso —dijo Snale—. Una demostración de poder.

O para Theo o para nosotros, aquí abajo.

Un espectáculo. Solo que no era el mejor momento, porque no había nadie despierto que pudiera verlo.

¿Sería un ejercicio de prácticas? ¿O Theo era el público?

¿Se suponía que debía ver el pueblo a sus pies justo antes de morir?

Me gustaban las reflexiones de Snale. Habría querido que continuara, pero Kash tomó la palabra.

—Mirad, no es que quiera interrumpir, pero ¿vamos a incluir el vino en nuestra dinámica de investigación? ¿O va a ser solo esta noche?

Snale y yo nos miramos.

—No me malinterpretéis. Las líneas de investigación que habéis propuesto hasta ahora son interesantes. Pero me da la impresión de que estamos en una charla de salón, tomando copas de vino tinto como un puñado de abuelitas.

—¿Preferirías que nos trasladáramos al garaje? —repliqué—. A lo mejor deberíamos nombrar un portavoz. Déjame adivinar: deberías ser tú, ¿verdad?

—En este pueblo se ha cometido un atentado terrorista —dijo Kash, quitándome el diario de delante y agitándolo frente a mi rostro—. ¿Es que no ves lo seria que es la situación?

—Nos lo estamos tomando en serio —dijo Snale con un bufido—. Simplemente estamos bajando un poco las revoluciones, eso es todo. Ha sido un día muy largo. He tenido que ir a decirle a una mujer que su marido había estallado en mil pedazos.

—Bueno, pues lo siento —dijo él, encogiéndose de hombros—.

Supongo que no estoy en la misma onda que vosotras.

Cuando estuve destinado en Afganistán en misión de espionaje, veía a tipos que volaban en pedazos a diario.

Y eso no hizo más que reforzar mi determinación.

Yo creo que no deberíamos beber mientras trabajamos.

Se puso en pie y se fue al salón. Yo me giré a mirar a la sargento Snale, que se había quedado de piedra.

—Eso ha sido de lo más gracioso. —Le di un sorbo a la copa—. Creo que ahora el vino me sabe aún mejor.

—Veamos qué dice este diario —dijo ella, acercándose el librito—. Vamos a atrapar a ese asesino, con o sin él.