Doble cara (Harriet Blue 2) 17
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Un grupo de hombres con sombreros de ala ancha se había congregado al borde de la carretera y charlaban animadamente, señalando hacia el pueblo de vez en cuando.

Enfadados, incapaces de mirarse a la cara los unos a los otros.

Aquello no pintaba bien. Snale había conseguido controlar su dolor, pero tenía el aspecto triste de alguien al que aún le quedaba mucho por llorar.

Estaba de pie mirándome, junto a la puerta del acompañante, con Kash.

—El jefe Campbell se jubiló hace unos seis meses —me explicó—.

Ahora soy la única policía en activo en el pueblo.

El proceso de relevo fue largo, y en ocasiones, cuando lo necesitaba, Soupy me ayudaba.

Por eso tenía un permiso especial para conservar la pistola y las esposas.

Todo iba bien. Ya sabes, lo habitual. Aquí el principal problema son los borrachos al volante.

Pero últimamente he tenido conflictos con un chaval llamado Zac Taby y su pandilla de inadaptados.

—¿Cuántos años tiene Taby? —le pregunté.

—Quince —dijo Snale—. Es uno de los mayores en el colegio.

—¿Tenéis vuestra propia escuela? —dije echando una mirada al minúsculo pueblo al fondo de la hondonada. No parecía que hubiera muchos edificios.

—De los setenta y cinco vecinos del pueblo, doce son niños —dijo Snale—. Hay una escuela detrás de la oficina de correos, con dos profesores.

—¿Y esos tipos creen que es Taby el que ha escrito el diario? —pregunté—. Tiene sentido. El libro está lleno de alabanzas dirigidas a adolescentes idiotas. Así que creen que van en busca de un adolescente idiota. ¿Quiénes son, por cierto?

—Granjeros de los alrededores. —Snale se giró para mirarlos—.

Dicen que han visto a Taby por el vertedero de Tibooburra, jugando con piezas de motor.

Básicamente, es el principal sospechoso de todo el mundo cuando pasa algo por aquí.

He interrogado a Zac, pero no me ha parecido que tuviera nada que ver con el diario.

—¿Por qué estás tan segura?

Snale se encogió de hombros.

—Ha entrado y salido de comisaría muchas veces, y siempre le he pedido que me escribiera una declaración de lo ocurrido. Zac odia escribir. ¿Por qué iba a pasarse horas y más horas escribiendo un diario a mano?

—Si un chaval tiene interés en algo, le pone esfuerzo —respondí.

—¿Qué religión practica Taby? —preguntó Kash.

—Vaya, pues no lo tengo claro. Aquí, si quieres ir a la iglesia tienes que conducir hasta Fowlers Gap. Esa es católica. Por aquí no hay mezquitas.

—¿Así que podría ser musulmán? —reaccionó Kash, de pronto interesado, como un perro al detectar un rastro.

—No lo sé. —Snale se encogió de hombros otra vez—. Es pakistaní. La suya es la única familia del valle que no es blanca. La gente siempre se lo ha puesto difícil. El problema no es que el chaval sea el responsable de esto, es que la gente piensa que lo es.

—¿Qué quieres decir?

—En los pueblos pequeños, cuando las cosas se cuentan como si fueran verdad, se convierten en verdad.

Y aquí la gente decide lo que es verdad.

El año pasado hubo una violación en el pueblo de al lado.

La gente decidió que había sido el fontanero.

Él tenía coartada y todo, y el ADN no coincidía.

Pero cuando la gente decidió que así era, así se quedó. Lo echaron del pueblo.

Snale parecía tensa. Volvió hacia el lugar donde estaban los hombres, al lado de la carretera.

Kash señaló el diario, que estaba sobre el asiento, a mi lado.

—Quizá sea mejor que me quede yo eso —dijo—. Estará más seguro conmigo. Haré un análisis del contenido y redactaré un informe.

No moví un dedo para darle el diario. Él levantó una ceja, con la mano extendida, esperando.

—No voy a jugar a este juego —dije.

—¿Qué juego?

—Este —dije señalándolo a él y luego a mí misma—. Todo este rollo de marcar territorio. Este estúpido baile en el que tú me dices que me aparte, sacudiéndote la polla, hinchando el pecho. Esa mierda no funciona conmigo.

—¿No funciona?

—No —dije—. Y te diré por qué. Te miro y supongo que tendrás... ¿cuántos? ¿Treinta años?

—Treinta y tres.

—Muy bien. —Asentí—. Yo tengo treinta y seis.

A mi hermano y a mí nos apartaron de mi madre cuando yo tenía dos años.

Mi madre era una prostituta, una toxicómana.

Me pasé dieciséis años en casas de acogida —dije mirándolo a la cara—.

No sé por cuántas casas pasamos. A veces Sam y yo estábamos juntos y otras separados.

Nunca estuvimos en ninguna más de un año.

Pero en cada casa, en el momento en que llegaba, los niños me decían lo mismo: «Esta es mi casa y esos son mis padres.

No toques mis juguetes, no abraces a mi madre. Este no es tu sitio».

El ceño fruncido de Kash se había relajado un poco, aunque solo fuera por la sorpresa ante tanta franqueza. Acerqué la cabeza para que viera en mis ojos que todo lo que decía era verdad.

—La gente lleva diciéndome que me aparte de su territorio desde antes de que tú nacieras —dije—. Y a lo largo de todos esos años, mi respuesta ha sido siempre exactamente la misma.

Se quedó callado, a la espera.

—Ahora esta es mi casa —dije.