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Edward Whittacker se enderezó la corbata mirándose en el reflejo de las ventanas del tribunal y se alisó un mechón rebelde a un lado de la cabeza.
Se sentía extrañamente solo sin Harriet, aunque desde el inicio de las vistas del caso Blue se había mostrado tan distante que a veces hasta se le olvidaba que la tenía al lado, nerviosa, vestida con su modelito de «hermanita formal».
Le había sido imposible hablar con ella en las semanas posteriores a su regreso del desierto, cuando Whitt había tomado la decisión de dejar su casa en Perth y quedarse en Sídney para apoyar a su nueva compañera, que había acabado admirando.
Harriet Blue era una persona dura, impredecible y cortante.
Cuando se conocieron, en el oeste del país, acababan de detener a su hermano, y ella había perdido aquel mínimo de afabilidad al que recurría para relacionarse con los demás.
Pero durante el tiempo que habían pasado en el interior, tras los pasos de un francotirador que daba caza a mujeres jóvenes y adultas como si fueran animales de presa, había acabado cogiéndole apego.
La agente de la Brigada de Delitos Sexuales era buena persona, aunque esa bondad quedara enterrada bajo una gruesa capa de mala conducta.
Quería ayudarla. Y ahora que de pronto se las había arreglado para que le prohibieran el acceso a los juzgados, no tenía otra opción que erigirse en su representante. Es lo que hacen los buenos amigos.
Así que allí estaba Whitt, de pie en la escalinata del tribunal, observando desde un lado a la multitud que se concentraba en torno al comisario general de Policía de Nueva Gales del Sur, un hombre alto y corpulento con un uniforme cargado de condecoraciones y estrellas rojas y plateadas.
Los micrófonos se balanceaban de un lado a otro a medida que el comisario Sorrell iba moviendo la cabeza.
Una periodista bajita en primera fila hacía esfuerzos por evitar que el resto de reporteros, que empujaban desde atrás para pescar declaraciones, la aplastaran contra el oficial.
—Confiamos en que Caitlyn McBeal estará sana y salva —dijo Sorrell—.
Sabemos que no ha caído en manos del asesino del río Georges, porque nuestro principal sospechoso del caso ha estado vigilado durante todo el día desde su desaparición.
En el momento aproximado en que vieron a Caitlyn, hace cuatro meses, la policía de Sídney ya tenía bajo custodia a Samuel Jacob Blue. Es todo lo que puedo decir ahora mismo.
Whitt conocía alguna información privilegiada sobre el secuestro de Caitlyn McBeal.
El incidente, que había tenido lugar en la Universidad de Sídney, no había llegado a los canales de noticias enseguida.
La detención de Sam Blue, aquella misma mañana, llenaba todas las pantallas de televisión.
Pero en un lugar secundario del listado de noticias del día empezaba a aparecer una historia de la que aún no había demasiados detalles.
Una joven estudiante de la universidad, Linny Simpson, afirmaba que alguien había intentado secuestrarla en el aparcamiento y que, cuando consiguió escapar, pasó junto a una chica afroamericana que encajaba con la descripción de la desaparecida Caitlyn McBeal.
Aquello había supuesto una gran emoción para Whitt.
¿Sería el asesino del río Georges, intentando hacerse con otra víctima, apenas unas horas después de la detención de Sam?
¡Si así era, eso significaría que tendrían que soltar a Sam!
La pesadilla habría acabado para su amiga y su hermano.
Lo único que tenían que hacer era encontrar a Caitlyn McBeal.
Pero entonces empezaron a surgir problemas en torno a Linny y su relato.
Reconoció que, tras bajar por las escaleras del aparcamiento, al llegar a la planta baja se desmayó, aterrorizada por lo que acababa de vivir.
Se había golpeado la cabeza y sufría un traumatismo.
Las diferentes declaraciones que realizó a la policía no fueron coherentes.
Su secuestrador había intentado meterla en una furgoneta blanca.
No, era verde. Era alto. Quizá no tan alto.
Había otra chica en el aparcamiento, Caitlyn y otra. O quizá dos más.
Entonces se hicieron públicos los antecedentes de Linny.
El uso de drogas durante su adolescencia.
La denuncia de acoso de un exnovio, que había sido presentada y luego retirada.
La policía seguía buscando a Caitlyn McBeal, y albergaban esperanzas después de haber recogido declaraciones de gente que decía haberla visto en Queensland.
A lo mejor había huido, sin más. Así era como acababan la mayor parte de las denuncias de desapariciones.
El estrés del día se volvía insoportable.
La gente dejaba todas sus cosas y huía, volvía a empezar en otro lugar.
Whitt lo había visto muchas veces durante su carrera profesional.
Madres que habían salido de casa, dejando a sus hijos encerrados, y que se habían perdido en la nada, para reaparecer al cabo de unos años con un nombre nuevo y un nuevo trabajo en la otra punta del país.
Caitlyn era joven, estaba sola y había dejado su hogar en la otra punta del planeta.
No tenía compromisos importantes. No le costaría desaparecer, aunque solo fuera por un tiempo.
Fuera lo que fuese lo que le había ocurrido a Caitlyn, la explicación de Linny Simpson no era la preferida de nadie, porque era incoherente, confusa.
Pero si tenía razón, aunque solo fuera en parte, quería decir dos cosas que ninguno de los que investigaban el caso del río Georges estaba dispuesto a admitir.
Que Sam Blue era inocente.
Y que el asesino seguía ahí fuera.