Doble cara (Harriet Blue 2) 13
10%

13

Él venía cada dos noches, cuando la temperatura empezaba a bajar, en lo que Caitlyn supuso que sería el anochecer fuera de su cuarto de hormigón.

Las primeras veces intentó prepararse mentalmente para lo que estaba a punto de pasar.

Visualizó la escena durante horas seguidas, con la piel de gallina y el estómago revuelto, intentando pensar en cómo iba a soportar la violación o la tortura o la muerte agónica que sin duda habría planeado para ella.

Pero al cabo de una semana, viendo que no se había producido ninguna de esas cosas, empezó a instalarse en su interior una profunda confusión.

Por no hablar de la rabia. Caitlyn se pasaba las horas sentada en el colchón, a oscuras, masticando en silencio una rabia peligrosa.

El hombre de la cabeza rapada llegaba y abría la puerta, bajaba las escaleras y le dejaba las provisiones en el suelo.

Dos bocadillos envueltos en plástico, uno de pollo y otro de rosbif, de los que venden en las gasolineras, dos botellas de agua, dos chocolatinas y un rollo de papel de váter para el cubo de la esquina.

No la miraba. El ritual era siempre el mismo.

Llegaba, dejaba las provisiones, cambiaba el cubo y se marchaba, cerrando la puerta con llave.

Caitlyn había probado todo lo que se le había ocurrido.

Un día había esperado junto a la puerta, dispuesta a atizarle en la cabeza con una botella que había encontrado en las cajas, pero falló por unos centímetros.

El vino estaba caducado y olía a agrio, pero después de romper un par de botellas había conseguido un puñal reluciente que le sirvió para atacarlo una vez más, de nuevo en vano.

Él la tiró escaleras abajo, y acabó en el suelo, llorando, sangrando por la nuca tras el impacto contra el frío suelo de piedra.

La vez siguiente había sido algo más lista.

Había ido sacando tiras de tela del viejo colchón y las había entretejido para formar un cordón resistente, que tendió de un lado al otro de la puerta, consiguiendo que el hombre tropezara.

Se había lanzado sobre él y le había golpeado con fuerza en la nuca con un trozo de madera que había arrancado de una de las cajas de botellas.

Consiguió atravesar la puerta, y observó el oscuro pasillo que tenía delante, pero al momento él la agarró del tobillo y la llevó de nuevo a rastras a su mazmorra.

Por el pasillo había visto un largo pasaje de cemento, unas escaleras que subían y un montón de chatarra que su captor arrastró y colocó frente a la puerta después de cerrarla con llave.

Caitlyn alcanzó a ver unos folletos por el suelo, arrugados y amarillentos, y una caja con números de latón, como los que la gente pone en la puerta de sus casas para indicar el número de la calle.

¿Un antiguo hotel? Dado que el televisor funcionaba, seguía habiendo corriente.

¿Por qué no oía nadie sus gritos? ¿Es que estaba bajo tierra?

Caitlyn no sabía si su captor era excepcionalmente fuerte o si las raciones que le daba y la falta de sueño la habían dejado debilitada, pero estaba claro que no era rival para él.

Con el paso de los días, le fue costando cada vez más mantenerse despierta, pensar, llorar.

De día gritaba pidiendo ayuda, de noche se sentaba y veía la tele en la esquina, tirándose del cabello.

Se dio cuenta de lo que estaba pasando. Aquello era una maniobra de espera.

A aquel tipo los planes no le habían salido bien, cualesquiera que fueran, y ahora se limitaba a mantenerla con vida.

Sin ningún interés particular. Sin ideas.

Si no tenía un interés sexual, ni quería torturarla, ni quería hablar con ella, ¿por qué demonios estaba haciendo aquello?

Cuando oía las noticias, la mayoría de las veces hablaban del arresto del asesino del río Georges. Sam Blue llevaba meses copando los titulares.

Se quedó allí sentada, mordiéndose las uñas y recordando la primera noche en el búnker de cemento, una de las pocas veces que había visto mostrar emociones a su captor, sorpresa y rabia cuando vio a Samuel Blue en la pantalla. Había dicho que aquello no había acabado, que aquel no era el plan.

¿Cuál era el plan? Caitlyn sabía que ella no era la víctima con la que planeaba hacerse su captor.

Que la chica cuyo secuestro había interrumpido con su aparición era la que se suponía que debía de ocupar su puesto.

Pero ¿había algo más? Caitlyn recordaba al hombre de pie, ante la pantalla del televisor, pasándose los dedos por la nuca, agarrándose los músculos del cuello, tensándolos de rabia ante la detención de Sam Blue. ¿Tendría algo que ver con él?

¿Sería ese tipo el socio del asesino del río Georges?