Doble cara (Harriet Blue 2) 12
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Focos de caza mayor. Ocho. Haces de luz que se abrían paso en la oscuridad de la noche, cegándome, obligándome a protegerme los ojos con el brazo. Era como el aterrizaje de una nave alienígena. Snale echó mano de su arma, pero apenas unos segundos más tarde se relajó.

—Vaya, solo es Kash —dijo con cierto tono de alivio, como si le hubieran dado buenas noticias. Yo seguía deslumbrada. Di unos pasos adelante, agarrándome a la parte trasera de su camisa para avanzar a ciegas por la zona iluminada por aquellas luces hirientes.

—¡Joder, esas luces!

—¡Manos arriba! —gritó una voz—. ¡Identificaos!

—¡Soy yo! —dijo Snale levantando las manos. Yo no me molesté en obedecer—. Somos nosotras, Vicky y mi nueva amiga Harriet.

A mi modo de ver, decir «amiga» era exagerar un poco.

Un hombre enorme salió de detrás de las luces, como un perro sobreexcitado, con gestos exagerados y la respiración agitada. Curiosamente, llevaba una linterna en la mano.

—Vicky. Vale. ¿Habéis visto al sospechoso? ¿Dónde está el sospechoso? ¿Alguna señal de adónde ha podido ir?

—¿El qué? —Intenté verle el rostro, y me pareció distinguir una mandíbula angulosa y unos rizos negros—. ¿Qué sospechoso?

—Tú —dijo Kash señalándome—, baja por la ladera y haz un barrido hacia el sureste, siguiendo un patrón de búsqueda de segunda fase. Snale y yo cubriremos el suroeste. Unos mil o mil quinientos. Nos vemos aquí otra vez en veinte.

—¿Una búsqueda? —repliqué a voz en grito—. ¿Con qué? No sé siquiera si volveré a recuperar la vista.

—¡Rápido! ¡Vamos!

El fornido Goliat se lanzó hacia la maleza, arrasando con las plantas y los matojos como si fuera un tanque. Yo eché a correr, confundida, en la dirección que me había indicado.

No había nada que sugiriera que había algún sospechoso suelto por ahí.

Pero el grandullón había anulado mi capacidad de tomar decisiones con aquella voz estentórea, como un bofetón sobre la oreja.

Estaba molesta y enfurecida, pero aun así hice lo que decía.

No había nadie al sur o al este del lugar de la explosión.

Snale y el grandullón, Kash, ya estaban allí cuando volví.

Ella estaba examinando otra vez los restos con su linterna.

Kash estaba de pie, con los brazos en jarras, sin hacer nada, posando como si estuviera «al mando» de lo que fuera que estuviera ocurriendo allí.

A la luz del enorme todoterreno vi su silueta, de héroe de acción, y sus gafas de estilo Clark Kent, en una cabeza cuadrada y gruesa como un bloque de hormigón.

Cuando volví a la luz, se me acercó y me tendió la mano.

—Elliot Kash, Fuerza Especial Antiterrorista, División contra el Fundamentalismo Islámico, ASIO.

—Por supuesto. —Asentí. Ahora entendí todo aquel teatrillo. Aquel tipo era de la Agencia de Seguridad Nacional. No era la primera vez que me encontraba con alguien como él—. Claro que sí.

—¿Ya has oído hablar de mí, entonces? Bien.

Eso nos ahorrará tiempo. Aseguraremos el acceso a la zona de la explosión y estableceremos un puesto de control en la carretera.

Haremos barridos cada hora para ver si el sospechoso regresa.

Suelen volver a grabar sus acciones para sus campañas de difusión por internet.

Observé que Kash no me había preguntado el nombre, ni me había pedido explicaciones sobre mi papel en la policía. Decidí no dárselas.

—¿De qué estás hablando exactamente? —pregunté—. Tenemos a un tío muerto y una bomba. ¿Cómo puedes saber quién más hay implicado?

—¿Has leído el diario?

—Apenas —confesé.

—Bueno, pues te faltan datos —dijo Kash con un suspiro—. Podemos ponerte al día en cuanto hayamos creado un perímetro seguro. Tenemos que actuar enseguida y dejar las preguntas para más tarde. En marcha. Yo tomaré el mando.

Aquello me cayó como otro bofetón, pero sentí la necesidad de cumplir su orden.

Antes de darme cuenta siquiera, ya estaba caminando de nuevo hacia la carretera, pensando en mover el todoterreno de Snale, poner luces en la carretera y ver si tenía conos de tráfico en el maletero con el fin de dirigir a cualquier coche que pasara hacia el arcén para interrogar a sus ocupantes.

No ahondé en la convicción de Kash de que había un peligroso criminal detrás de aquello, y de que posiblemente siguiera en las inmediaciones.

El hechizo en el que estaba presa perdió efecto de pronto antes de llegar a la carretera. Me paré, fruncí el ceño e intenté poner en orden mis pensamientos. De pronto Snale se me echó encima desde atrás. Había subido el sendero a la carrera.

—Perdón —dijo sorbiéndose la nariz—. Tengo que ir hasta la radio para pedir refuerzos al pueblo de al lado. Necesitamos más gente. Esto es grave. Es realmente grave.

—De acuerdo —dije poniéndome a correr a su lado. Probablemente fuera el crimen más grave que se había producido jamás en Last Chance Valley. Quizá el único crimen de cierta entidad que habían registrado nunca—. El agente Capullo lo tiene todo controlado.

—No lo entiendes —respondió ella—. Acabo de encontrar la cabeza de la víctima. Sé quién es. Es mi jefe.