Doble cara (Harriet Blue 2) 11
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Daba la impresión de que la explosión, al otro lado del pueblo, se había iniciado en la maleza.

Yo no podía apartar la vista de la tenue luz del fuego mientras atravesábamos la calle principal a toda velocidad.

Casas pequeñas, vallas... Snale estaba desencajada.

Miró hacia la escarpadura que teníamos delante y frunció el ceño.

—A lo mejor han sido los chicos con sus petardos —murmuró—. Los chicos por aquí son bastante asilvestrados.

—Para ser un petardo, debía ser bastante grande —señalé.

Tomamos la sinuosa carretera que ascendía por la ladera a velocidad de vértigo. A cada curva tenía que agarrarme a la puerta del vehículo. Es el modo de conducir de la gente del interior. Estaba claro que Snale llevaba tomando aquellas curvas a toda velocidad desde que era una cría.

El olor a quemado llegaba al otro lado de la calzada, donde dejamos el vehículo.

Snale no era ninguna atleta, pero se lanzó a los matorrales por delante de mí, ágil como una liebre, con la pistola en la mano.

Yo no tenía linterna, pero seguí el punto de luz blanca de la suya, que iba dando botes con cada paso, sintiendo el roce de las afiladas plantas del desierto sobre mis vaqueros.

El fuego se estaba extinguiendo solo, pero aún quedaban restos entre la hierba y las hojas de los eucaliptos por encima de nuestras cabezas.

El humo me irritaba los ojos. Nos dividimos.

A punto estuve de tropezarme con una silla de plástico, o lo que quedaba de ella.

Tenía tres de las patas de metal enterradas en la tierra y el respaldo se había fundido, convirtiéndose en una punta de lanza vertical.

Snale volvió a mi lado, resoplando, apuntándome con su linterna, y me encontró agachada examinando la silla.

—¿Puedo? —dije agarrando la linterna. Iluminé la silla y encontré el cráter donde había estallado la bomba. Había restos humanos mezclados con la tierra y las hierbas. Restos calcinados de carne de algo, o alguien, que había volado en pedazos.

—¡Oh, no! —dijo Snale en voz baja, situándose a mis espaldas—. ¡Oh, no, no, no!

Fijé el haz de luz sobre un objeto brillante, una válvula con una ruedecilla metálica. Entre el polvo brillaban unos pedazos de metal retorcidos. Entrañas, sangre por todas partes, pelo. ¿Un animal? Le di un empujón a la válvula con la bota. No llevaba bolsas de recogida de pruebas.

—Una bombona de propano —dije.

—¡Oh, Dios! —Snale se estremeció, y me cogió la linterna de la mano con los dedos helados—. ¡Oh, Dioooos!

La seguí. Había visto algo colgando de una rama cerca de allí, balanceándose con la brisa. Era la mano y el antebrazo de un hombre, calcinados, colgando de un resto de cinta adhesiva fundida. La cinta, que rodeaba la muñeca, parecía haber ardido hasta fundirse con la carne.

Aún seguía preguntándome cómo demonios seguía colgando de allí, cuando cayó a nuestros pies, con un sonoro golpetazo.

Snale soltó un chillido de terror. De pronto me agarró, asustada por un nuevo motivo: el ruido del motor de un gran vehículo que se salía de la carretera a la altura del lugar donde habíamos aparcado, y que se lanzaba hacia nosotras, aplastando la maleza a toda velocidad.