10
Nos metimos en el coche y Snale sacó un paquete de la guantera. Era un cuaderno metido en una bolsa de pruebas y un fajo de fotocopias, que me entregó. Arrancó el motor y dejó prendida la luz interior para que pudiera leer mientras ella conducía.
—Un camionero encontró este diario en una mochila junto a esta carretera, en un área de descanso.
—Señaló hacia atrás por encima del hombro—.
Por donde hemos venido, a unos cinco kilómetros de aquí.
La vio ahí tirada cuando paró para desenganchar un canguro muerto que tenía pegado al radiador.
Trajo el diario al pueblo y me lo entregó.
Contiene análisis detallados de asesinatos en serie, armas, planes para organizar una masacre.
Creemos que alguien estaba, o aún lo está, trazando un plan para matar al máximo de gente posible en Last Chance Valley.
—¿Esto cuándo fue?
—Hace dos días.
—¿Y has investigado al camionero?
—Sí. Lo dejé marchar.
Me quedé mirando las páginas fotocopiadas que tenía delante y se me erizó el vello de la nuca.
Mis ojos revoloteaban sobre la pequeña y abigarrada caligrafía, posándose ocasionalmente sobre las imágenes dibujadas a mano, bocetos de una persona con una capucha corriendo hacia grupos de gente que huía, abatiéndolos con un enorme rifle.
Había planos de la ciudad, listados de nombres y direcciones.
Examiné el cuaderno metido en la bolsa de pruebas y le di la vuelta.
Por supuesto, no había ningún nombre en la cubierta. Eso sería demasiado pedir.
Lo que me llamó la atención de inmediato sobre las páginas que tenía ante mí era la enorme cantidad de trabajo que había realizado el autor del diario.
Cada una de las páginas estaba abarrotada de ilustraciones y notas, o de fragmentos copiados de libros.
Todo se había hecho con mucha calma y meticulosidad.
Las ilustraciones estaban muy bien hechas.
Parecían escenas de guerra, más que los bosquejos macabros de un maníaco.
Había fotografías de edificios, que supuse que corresponderían a rincones del minúsculo pueblo que teníamos debajo, vistos desde diferentes ángulos.
Aquello era algo más que un trabajo especulativo. Era meticuloso.
Snale condujo por el borde del cráter y nos sumergimos en sus profundidades. Miré hacia el otro extremo del rocoso valle, que destacaba contra la luz de color naranja quemada del cielo.
Y mientras contemplaba el cráter, vi la explosión.
El ruido que hizo tardó segundos en llegar hasta nosotras. Un estruendo grave que me presionó el centro del pecho.
El cielo se iluminó con una bola de fuego que estalló ante nosotras, sobre la escarpada cuesta.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Snale, dando un volantazo y agarrando el volante con fuerza.
Yo tiré los papeles a un lado y erguí el cuerpo.
—¡Ve hacia allí! ¡Corre!