Doble cara (Harriet Blue 2) 9
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—Echemos un vistazo a la panorámica antes de bajar —propuso Victoria Snale con una gran sonrisa—. Te va a encantar.

La sargento paró el todoterreno a un lado de la carretera y apagó el motor. Salí y respiré el aire del desierto, sintiendo el viento cálido que me enmarañaba el cabello. La enorme bóveda celeste estaba cargada de estrellas. Me sentía muy alejada del sitio al que pertenecía, espléndidamente pequeña.

—Ven por aquí —dijo Snale, y luego dio una patada en el suelo, levantando polvo frente a los faros del vehículo—. Mira esto.

Fui a su lado, hasta el borde de un despeñadero rocoso, a oscuras.

—Esto es Last Chance Valley.

Movió la mano en un gesto algo teatral, indicando una serie de luces doradas, un espectáculo para nada impresionante, arracimadas al fondo de un promontorio iluminado por la luz de la luna.

Yo asentí e hice un ruidito que denotaba interés.

Me sabía mal haberme mostrado tan distante durante todo el trayecto.

—Ahora mismo no puedes apreciarlo, pero de hecho el pueblo está en el fondo de un cráter inmenso —añadió indicando la curvatura de la elevación en la que nos encontrábamos—.

Es el cráter más grande de todo el hemisferio sur.

Esta escarpadura está justo en el borde y recorre todo el perímetro.

Tiene forma como de huevo, con el pueblo justo en el centro, y algunas fincas diseminadas por los alrededores.

La primera familia se asentó aquí hace doscientos años. Ahora tiene setenta y cinco habitantes.

—Vaya.

—Aún no saben del todo cómo se formó el cráter, pero posiblemente fuera un volcán.

O quizá a causa de un meteorito. De vez en cuando viene alguien a hacer un estudio del lugar.

Es muy emocionante. Normalmente me toca informar al pueblo de la visita de los expertos, y decirle a todo el mundo que se comporte.

—Suena genial.

—Supongo que los primeros colonos debieron pensar que el cráter nos protegería de las tormentas de arena del desierto —dijo haciendo rodar una piedra bajo la bota distraídamente—.

Pero no. De hecho empeora aún más las cosas.

Cuando sopla el viento, en verano, se acumulan unos diez centímetros de polvo.

Las inundaciones suelen acumular mucha agua, que penetra en la tierra.

Cuando eso pasa, crece la hierba. Aquí cultivamos trigo.

Hay mucho ganado. Pero como es la única hierba en miles de kilómetros a la redonda, atrae plagas de langostas.

Por suerte Snale era la poli del pueblo, y no la directora de turismo. Intenté no sonreír.

—¿Langostas?

—Sí, la última plaga acaba de pasar. De hecho, ahí tienes una.

Alargó la mano hacia mí, y observé que tenía un insecto caminando sobre mi bíceps, un enorme saltamontes parduzco con los colores del desierto, manchas y franjas rojas y marrones. No chillé, pero tuve que esforzarme mucho para no hacerlo.

Snale me quitó el insecto de la camisa y lo lanzó al aire. Desapareció aleteando en la oscuridad.

—Vaya, es estupendo —dije, pasándome la mano por el sitio donde se había posado—. Esto es genial.

—A veces pican, pero no duele mucho.

—¿Y en qué voy a trabajar aquí exactamente? —pregunté.

—Bueno —dijo ella con una sonrisa—. Resulta que alguien está planeando matarnos a todos.