Doble cara (Harriet Blue 2) 8
6%

8

Apoyé la cabeza contra la ventanilla del coche, a oscuras. Al otro lado del cristal iba pasando el desierto de Nueva Gales del Sur, árido y duro. Volvía a estar ahí, exiliada por mi propia voluntad, por el bien del caso de Sam.

—Los periódicos decían... —Se humedeció los labios, vaciló, como suele hacer la mayoría—. Decían que el fiscal había hecho un comentario despectivo hacia ti, ¿no?

—Hacia mi hermano —respondí—. Bromeó diciendo que a mi hermano lo violarían en la cárcel. Yo trabajo en Delitos Sexuales, así que las bromas sobre violaciones no me hacen ninguna gracia.

—¡Desde luego! Tienes razón, no la tienen. Además, se trata de tu hermano —dijo la agente, comprensiva—. Quiero decir que no importa lo que hiciera. Aun así...

—No hizo nada. Es inocente.

De pronto me avergoncé al darme cuenta de que no sabía ni siquiera cómo se llamaba la agente.

Estaba tan obcecada con mi vida personal que había olvidado por completo su nombre en cuanto se había presentado.

Bajé la vista, busqué el dosier que tenía entre los pies y fingí que lo recogía para ponerlo sobre el asiento para que no se estropeara.

Eché un vistazo a la cubierta. Sargento Victoria Snale.

—Debo admitir que fue una foto impresionante para las primeras planas de los periódicos —añadió sin poder ocultar el tono alegre de su comentario—. Tú encima del abogado, tirado sobre el cemento. Debió de ser un buen puñetazo.

Aquello me levantó un poco el ánimo.

—No hay que dar con fuerza si se da en el blanco.

—Y ahora aquí estás —dijo sonriente—. No puedo decir que lo lamente. La verdad es que la vida aquí es bastante solitaria. No está de más tener algún agente más, alguien con quien conectar, ¿sabes?

—¿Cuántos polis sois en el pueblo? —pregunté.

—¿Agentes en activo? Bueno, tenemos un jubilado...

—Agentes en activo.

—Solo yo —dijo. Se giró a mirarme y sonrió—. Solo nosotras.

No quería estropearle la fiesta a Snale, pero no tenía intención de pasarme demasiado tiempo en el desierto. Ese «nosotras» iba a durar nueve días. Luego volvería a ser Victoria Snale, la llanera solitaria.

En el momento en que venciera la orden de alejamiento del fiscal Woolfmyer, volvería a ponerme delante de aquel capullo para enfrentarme a él y a su cuadrilla de abogados del Estado y defender la inocencia de mi hermano.

La imagen del desierto, aquella soledad a mi alrededor, me resultaba familiar.

Ya me habían apartado tras la detención de Sam, y me habían mandado al medio de la nada, alejándome de ojos indiscretos, de la evidente incomodidad de mis colegas y de sus miradas avergonzadas tras haberme mentido durante meses.

En esa ocasión había acabado dejándome vencer por la distancia. Había disfrutado sin reparos de tener algo en lo que pensar que no fuera Sam y el proceso al que se enfrentaba. La situación ahora no era distinta.

Apreté contra el pecho el dosier de notas sobre el caso de Sam.

Una gruesa carpeta con todos los detalles sobre las pistas que había intentado seguir.

La mayor parte del trabajo que había hecho no había servido de nada, callejones sin salida que había recorrido durante meses buscando algo, lo que fuera, que pudiera liberar a mi hermano.

La carpeta ya estaba ajada, con los cantos pelados, pero era lo que me mantenía a flote.

No iba a pasar página. No iba a meterla en una bolsa y cerrar la cremallera.

Me aferraría a ella: mientras tuviera aquella carpeta, no estaba abandonando a Sam.