7
Estaba enseñándoles a las mujeres de la celda cómo soltar un gancho de izquierda sin romperse la muñeca cuando vi que Pops estaba de pie junto a la puerta, esperando que el guardia se la abriera.
Mi jefe, mi amigo, mi entrenador de boxeo, un hombre que sabía perfectamente lo poco que me costaba dar rienda suelta a mi agresividad.
Pops no dijo nada mientras recorríamos el aséptico pasillo hacia las oficinas.
Yo lo seguía, oyendo cómo resonaban mis ridículos tacones.
Al final me detuve, bajé la mano y me quité los zapatos.
Estábamos de pie entre la fila de calabozos y las puertas que llevaban al corral de gallitos donde trabajaban mis colegas, en un pasillo entre dos mundos.
Ahora mi hermano existía en el mundo por el que acabábamos de pasar, el mundo criminal, pero antes mi vida transcurría en el universo azul de los policías y su lucha contra el mal.
Y ahí estaba yo, haciendo equilibrios sobre la cuerda floja que conectaba ambos mundos.
—He tenido una charla privada con el juez Steiner —dijo Pops—. Hemos adelantado trabajo y celebrado la vista por la agresión sin ti.
—¿Qué?
De pronto me había quedado sin palabras, algo que no era nada habitual en mí.
—Woolfmyer ha accedido a no ponerte una denuncia por la agresión, pero ha pedido una orden de alejamiento, y Steiner se la ha concedido.
Seguía sin palabras. Pops levantó las cejas.
—Sí. Tienes prohibido asistir al juicio.
De hecho, tienes prohibido el acceso al edificio de los juzgados.
No se te permite acercarte a menos de quinientos metros del fiscal Woolfmyer.
Lo cual significa que cualquier lugar al que él suela ir queda fuera de tu alcance.
La cárcel donde está encerrado tu hermano, por ejemplo. El bufete del abogado de Sam.
—Eso es... —La rabia me consumía por dentro.
—Es perfectamente razonable —replicó Pops, enfadado, encogiéndose de hombros—. El juez Steiner habría podido aceptar la denuncia y le habría concedido igualmente a Woolfmyer la orden de alejamiento. Pero no lo ha hecho. Porque lo he convencido de que vas a sacar tu culo de esta ciudad.
Un agente novato se acercaba por el pasillo. Llevaba en la mano el bolso que me habían confiscado en el momento de la detención. Le arranqué el estúpido bolso rosa de las manos y me puse a revolver el interior en busca de cigarrillos.
—Le he dicho a Steiner que te encontraría un caso. Que volvería a enviarte al desierto un par de semanas para que se te bajen los humos.
—No voy a volver ahí —repliqué—. Voy a sentarme en las escaleras de entrada al tribunal. Si no puedo entrar, me quedaré ahí. No voy a dejar a Sam.
—Eso es exactamente lo que dijo que harías el juez Steiner —replicó Pops meneando la cabeza—. Él quería encerrarte. Yo le he dicho que no vas a estar en la entrada del tribunal porque ibas a estar en el desierto, donde no puedas meterte en líos, igual que cuando detuvieron a Sam.
—Ni hablar, eso no va a pasar.
No conseguía encontrar los cigarrillos. Me temblaban demasiado las manos.
—Blue —dijo Pops siguiéndome mientras yo me dirigía a la puerta—. Esto no es negociable: o te quitas de en medio o cambiará de decisión. Y entonces a Sam no le servirás de nada. ¿Quieres probar a organizar su defensa desde la celda de una cárcel? Tendrás suerte si te dan lápiz y papel.
Me detuve junto a las grandes puertas de cristal.
En parte, lo que proponía resultaba tentador. Podía volver al interior, perderme entre aquellos pueblecitos donde huían los que no querían que los reconocieran. Podía huir del horror de la situación de mi hermano. Bendita negación.
—¿Cuándo expira la orden?
—En nueve días.
Me mordí el labio. Tenía unas ganas terribles de llorar, pero yo no soy una llorona, no soy débil. Agarré la manilla de la puerta con fuerza, intentando mantener la entereza, o al menos dar esa impresión.
—La has jodido, Blue —dijo Pops. Y era raro que soltara tacos.
Lo miré a los ojos—. Eres impulsiva, y eso me encanta porque en parte es lo que te hace tan buena poli, tu valentía, ese fuego que llevas dentro.
Pero tienes que largarte de aquí antes de que la cagues de verdad.
¿Esto? —Pasó un dedo por el cuello de blonda de mi blusa—.
Esto a ti no te funciona. Cuando no estás apaleando fiscales estás dando vueltas por ahí, cabreada como una mona y sin poder disimularlo.
Este disfraz de princesa te hace parecer tan inocua como un asesino a sueldo.
Resoplé. Quería un abrazo, pero tampoco soy de las que abrazan.
—Son solo nueve días —dijo él—. ¿Qué puede pasar en ese tiempo?