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Me paré un momento en la entrada de la celda, observando a las mujeres que estaban dentro.
Eran como una panda de gatos desganados, ahí sentadas en los bancos de acero.
Una de las chicas estaba tendida en el suelo, boca abajo, con una revista abierta delante.
Había otras revistas en un montón sobre uno de los bancos, viejas revistas de cotilleos.
Aquello era como una fiesta de pijamas en un dormitorio de cemento.
Un puñado de rateras, prostitutas, traficantes de poca monta.
Me acerqué al banco más cercano y me senté, hundiendo la cabeza entre las manos mientras la puerta de acero se cerraba con un golpetazo.
Me imaginé que a muchas de las mujeres que acababan en una celda de la comisaría de Parramatta se les pasaría por la cabeza lo mismo que estaba pensando yo en ese momento: que su vida había acabado, que habían metido la pata muchas veces a lo largo de la vida, pero que de pronto habían alcanzado un nuevo nivel de idiotez.
La celda de una comisaría es el lugar donde uno hace examen de todos sus errores.
Aquí es el lugar donde uno acaba pagando sus desmanes.
Mientras yo chasqueaba los doloridos nudillos, el inspector Nigel Spader aguardaba en la puerta de la celda. Se apoyó en la pared y me miró a través de los barrotes, cruzando sus peludos brazos pelirrojos.
—Harriet —dijo—, en menudo lío te has metido.
Spader había dirigido la investigación del caso contra mi hermano.
Durante la fase de investigación, yo había intentado que me aceptaran en el grupo de trabajo del río Georges, y no conseguía entender por qué no me dejaban participar en el caso más importante del país.
Era de las más capaces y tenía entusiasmo.
No tenía ni idea de que me estaban apartando porque el principal sospechoso era Sam.
De todos modos, siempre había odiado a Nigel, y en el pasado hasta habíamos acabado llegando a las manos unas cuantas veces.
—¿Qué se dice? —pregunté.
—Woolfmyer está bien. Tiene una conmoción cerebral leve.
—¿Va a presentar cargos por agresión?
—Por supuesto —respondió Nigel, riéndose por la nariz—. Lo dejaste tieso.
—¿Woolfmyer, el abogado? —dijo la chica que estaba en el suelo—. ¿Le has dado un puñetazo a un abogado?
Me giré hacia Nigel e hice un gesto para indicar que mi conversación con él era privada. Pero ahora el resto de mujeres de la celda me miraban con interés.
—Si van a encerrarme, quiero mis notas sobre el caso de Sam. Están en mi bolso. Así podré seguir trabajando en su defensa.
—Harry. —Nigel se acercó a los barrotes—. Tu hermano es un asesino. Vas a tener que superar la fase de negación y abrir los ojos a lo que está pasando. Sé que tú y yo hemos tenido nuestras diferencias, pero no lo encerramos para fastidiarte. Lo hicimos porque asesinó a tres chicas.
Agarré un puñado de las revistas apiladas a mi lado y las tiré contra las barras.
Nigel se encogió. Las chicas de la celda me vitorearon.
El ruido me aturdió por un momento, abriendo las puertas a mi rabia.
De pronto me di cuenta de que estaba apretando la mandíbula tan fuerte que los dientes me rechinaban.
—Estoy segura de que le sacasteis la confesión a la fuerza —le dije a Nigel, echando una mirada de advertencia a mis compañeras de encierro—. Había mucha presión para encontrar al asesino.
Nigel negó con la cabeza.
—Harry, Sam y tú sois violentos. Yo mismo he experimentado la violencia de tu familia. —Se tocó una vieja cicatriz que tenía en la ceja, obra mía, de la séptima u octava vez que había aparcado en mi plaza.
La chica del suelo estaba ahora más cerca, y me sonreía, embelesada.
—Un momento —dijo encantada—. ¿También le diste un puñetazo a este tío? —dijo señalando con la barbilla a mi colega.
—Pues sí —respondí mirando a Nigel—. Y lloró como un bebé.