Doble cara (Harriet Blue 2) 4
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Cuatro meses. Ciento veintisiete días para ser precisos.

Ese era el tiempo que llevaba mi hermano en la cárcel por un crimen que no había cometido.

Me detuve un momento en la escalinata del juzgado, ignorando a mi compañero, intentando determinar si mi cálculo era correcto.

Lo era. Mientras esperaba, con la mirada fija en mis tacones ridículamente altos, escuchando los gritos de la multitud, Sam perdía otro día de su vida.

Le di una calada al cigarrillo y agarré con fuerza el estúpido bolso rosa que llevaba colgado del hombro.

La lentitud con la que transcurría el tiempo era una agonía, tener que esperar a que abriera el juzgado una vez más para seguir ese circo que era el caso del asesino del río Georges, otro día que fracasaba en su misión de traerlo de vuelta a casa.

Soy agente de la Brigada de Delitos Sexuales de la policía de Sídney.

Antes solía pensar que era bastante buena en lo mío, versátil y adaptable.

Tenía un sexto sentido para detectar a los malos, y no me lo pensaba demasiado si tenía que saltarme alguna norma para hacerlos confesar: un diente roto por aquí, un dedo fracturado por allá...

Hacía que se cagaran de miedo. Harriet Blue, pequeña pero matona.

Aunque era la némesis de cualquier detenido sospechoso por violación, también podía ser delicada y amable con un menor asustado y magullado para que me revelara cómo habían abusado de él, o de ella, cuando los psicólogos expertos no lo habían conseguido con todos sus sobornos y negociaciones.

Sin embargo, cuatro meses atrás, mis propios colegas habían salido de la comisaría para proceder a la detención más importante de sus carreras: un hombre acusado de ser el macabro asesino en serie que había torturado y asesinado a tres estudiantes universitarias.

Toda mi intuición, mi experiencia, mi formación no habrían bastado para prepararme para la gran revelación: la de que aquel hombre era mi propio hermano.

En el país no se hablaba de otra cosa que no fuera el caso de Sam.

Los periódicos decían que era el peor asesino en serie de Australia, lo cual no era poco: en cada artículo se le comparaba con los criminales que habían ostentado aquel honor antes que él.

Ivan Milat, el «asesino de mochileros». Arnold Sodeman, el «estrangulador de colegialas».

Eric Edgar Cooke, el «asesino que llamaba por las noches».

Y ahora llegaba Samuel Jacob Blue, el «asesino del río Georges», responsable de la agonía y la muerte de tres guapas estudiantes universitarias.

Me había pasado cuatro meses decidida a hacer todo lo necesario para conseguir la puesta en libertad de mi hermano.

Era inocente, estaba segura de ello. El hombre que había secuestrado, violado, torturado y estrangulado a las tres mujeres que veía cada noche en las noticias no era el hombre que de niño se había acurrucado a mi lado en las camas desmontables que compartíamos en el centro de acogida de los servicios sociales.

No era ese niño aterrorizado que me susurraba a oscuras, preguntándose cómo sería la siguiente casa de acogida a la que nos mandarían.

No era el adolescente que me había defendido en varios institutos, cuando los chavales venían a meterse con los andrajosos intrusos.

El que me hacía tarjetas de cumpleaños cuando nuestras nuevas familias se olvidaban.

Quienquiera que fuera, no podía tener la dulzura y la amabilidad de mi hermano, su infinita generosidad.

Allí cerca, en la acera, se amontonaba el habitual grupito de mirones y morbosos amantes de los juicios, a la espera de que se abrieran las puertas de los juzgados. Uno me miró a la cara y escupió al suelo.

—Esa tenía que saber lo que estaba pasando —dijo, girándose hacia su amigo, que le seguía en la cola—. ¿Cómo no iba a saberlo?

—No los escuches, Harry —dijo mi compañero, el agente Edward Whittacker, agarrándome del brazo e intentando que me girara hacia el otro lado—. Solo conseguirás cabrearte aún más.

—No estoy cabreada —mentí, tirando del brazo para soltarme—. Estoy tranquila. Estoy bien. Hoy es el día, hoy descubriremos la clave del caso.

Llevaba hablando de la «clave» del caso de mi hermano desde el día de su detención.

Lo que debía servir para liberarlo, algún testimonio que se revelara falso, un testigo sorpresa, algo, lo que fuera.

Había estudiado a fondo el caso de Sam y no había encontrado la prueba decisiva que lo exonerara.

Pero tenía muchas esperanzas. De hecho, tenía tantas esperanzas que a veces fantaseaba con la posibilidad de que el verdadero asesino se presentara en la sala de audiencia y confesara. Rendirme no entraba en mis cálculos.

Localicé al fiscal del caso, Liam Woolfmyer, un tipo enorme, de hombros anchos, que se acercaba caminando tranquilamente acompañado de un colega. Whitt volvió a cogerme del brazo, mientras que con el otro se arreglaba la corbata.

—Ni una palabra —murmuró.

—Tú sigue manoseándome y van a ser más que palabras lo que te caerá encima.

—Yo solo te advierto, Harry —dijo Whitt, mirándome por encima de las gafas. El pobre Whitt, tan amable como pesado, que se había muerto de vergüenza el día de la vista preliminar de mi hermano al oírme soltarle un torrente de obscenidades a Woolfmyer.

A veces creo que llevo una Harriet salvaje en mi interior, una mujer que no puedo controlar, que asoma la cabeza cuando menos te lo esperas.

Aquel comentario en la última fila del público ya me había hecho reaccionar.

Pero cuando crucé una mirada con Woolfmyer, ocurrió lo peor.

Me miró, sonrió, y ladeó la cabeza hacia su compañero, con una mueca socarrona en la cara.

—Samuel Blue no durará ni una noche en la cárcel de Long Bay —dijo—. Es demasiado mono. Alguien se lo agenciará y lo convertirá en su zorrita.

La Harriet salvaje salió de mi interior, como un chorro de vapor a presión, cegada de dolor. Woolfmyer acababa de pasar, pero yo ya estaba siguiéndolo. Casi ni oí el aviso de Whitt.

No tardé ni un segundo en llegar a su altura. De pronto me encontré detrás de él. Levantando la mano, que escapaba por completo a mi control, le di una palmadita en el hombro. Woolfmyer se detuvo y se giró.

Le di un puñetazo en la sien con todas mis fuerzas.