Doble cara (Harriet Blue 2) 3
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Lo primero que vio fue el televisor en la esquina, sus ruidos robóticos, sus pitidos, sus zooms y esas cantinelas insoportables, el torrente incesante de anuncios.

Caitlyn giró la cara, apoyándola en el colchón.

Estaba sudando mucho, o sangrando, no lo tenía claro.

Intentó decir algo, pero se encontró que tenía los labios pegados con cinta adhesiva.

La invadió el pánico, convertido en una punzada de dolor que iba de los talones de sus pies desnudos a la coronilla.

Se giró, forcejeó contra la cinta adhesiva que tenía en torno a las muñecas. Tenía la nariz rota.

El cuarto era húmedo, con paredes de cemento.

Había un colchón desnudo, con una manta arrugada a los pies de la cama, además de bidones de cerveza oxidados y cajas de madera, y un montón de basura en la esquina que llegaba hasta un metro de altura.

También fregonas y cubos, una caja llena de botellas de leche y una aspiradora con un dedo de polvo encima.

Caitlyn rebobinó, intentó centrarse, apoyar el cuerpo en la pared.

Tenía los tobillos atados. El terror resonaba tan fuerte en su cerebro que por un momento eclipsó todos los sonidos procedentes del televisor.

Y ahí estaba él, de pie, ante la pantalla, dándole la espalda, con las manos colgando a los lados del cuerpo.

La universidad, el aparcamiento. Estaba hablando por teléfono con su madre, en California, tranquilizándola acerca de sus ridículas advertencias sobre el asesino del campus.

Hacía sol, era una tarde luminosa. Y de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, otra imagen completamente diferente, baja el telón y vuelve a abrirse, dando paso a una escena de cine de terror.

La chica peleándose con aquel encapuchado entre los coches, pasando frente a ella a la carrera, una imagen borrosa.

«¡Corre! ¡Corre!». Caitlyn no había echado a correr, no había hecho nada.

Y de pronto estaba allí delante, a una velocidad imposible, propinándole un puñetazo en la cara.

En un segundo pasaron por su mente todas las historias que había oído de secuestros, muertes, violaciones, todo un catálogo de atrocidades recopilado desde que era una niña y su profesora le había advertido que no debía hablar con extraños.

Las novelas basadas en casos reales que había ojeado en los aeropuertos, los episodios de Ley y orden a altas horas de la noche, jovencitas rescatadas de mazmorras donde las tenían prostituidas, contando atrocidades, temblando de miedo en el estrado.

«Ahora eres una de ellas —pensó Caitlyn—. Aquí empieza tu pesadilla».

El hombre frente al televisor estaba enfadado.

Tenía los hombros levantados. Se lo quedó mirando, con los ojos desorbitados, viendo cómo se agarraba la cabezota afeitada, cómo se pasaba la mano por la nuca una y otra vez, rascándose con fuerza.

Caitlyn miró la pantalla del televisor, justo detrás de él: la policía se llevaba esposado a un hombre negro para meterlo en un furgón policial.

«El arresto de Samuel Jacob Blue por el asesinato de tres mujeres jóvenes secuestradas en los alrededores del campus de la Universidad de Sídney. La policía afirma que Blue fue detenido en...».

—Ese no era el plan —murmuró el hombre de la cabeza afeitada. Se giró y miró a Caitlyn, pegada a la pared. Parecía estar considerando sus posibilidades, procesando cada una de ellas—. Mierda. ¡Mierda!

La rabia lo atravesó por completo. Vio cómo se extendía por su cuerpo, subiéndole por los brazos hasta que le tensó el cuello y se le hinchó la yugular, que presionaba contra la piel, brillante por efecto del sudor.

Se giró de nuevo hacia la pantalla y se agarró la cabeza otra vez.

—¡Aún no había acabado!

Caitlyn vio cómo se arrodillaba ante la pantalla, casi tembloroso. Movió los dedos, a apenas unos centímetros del cristal, al ver aparecer a Samuel Jacob Blue, que parecía mirar a la gente asustado mientras las puertas de la furgoneta se cerraban en sus narices.

—Te necesito —dijo el secuestrador, sin apartar la vista de Blue—. Te necesito, Sam.