Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Epílogo
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Epílogo

La fe en el amor

Meses más tarde.

La familia del duque de York se había reunido en York Park. Malcom estaba sentado junto a Mason Wilson. Lo acompañaban además Avery Sullivan, Theodore y Liam.

Malcom sostenía un cigarro puro entre los dedos. Le dio una calada y luego contempló el humo saliendo de su boca. Desvió la mirada hacia el cigarro puro e hizo una mueca.

―Ha perdido todo el encanto. Hay formas más deliciosas de deleitarse con los labios, la lengua y la boca. Es definitivo, los he aborrecido. ―Se movió hacia el lado derecho y lo apagó. Fumar no le gustaba ya.

―Te veo muy tranquilo, York ―observó Theodore, muy extrañado por el comportamiento tan sereno del duque.

―¿Qué otra cosa puedo hacer? Mi maldición es rendirme a las peticiones de Isobel. Ella dictamina y yo, sumiso, cumplo su mandato. No me quería allí y me he tenido que ir.

―Los tres hemos tenido que sacarte a rastras de la habitación, York ―habló Liam Banstorn, mientras recordaba lo que había sucedido apenas media hora antes, cuando la duquesa lo había echado a pleno grito y York se negaba a salir de allí dentro.

Avery, Theodore y Liam mismo habían tenido que intervenir, a petición de todas las mujeres que estaban rodeando a Isobel mientras traía a un bebé al mundo. Por lo visto, el duque se había puesto tan pesado, que su esposa terminó por echarlo.

Los hijos de Avery, Liam y el duque estaban siendo atendidos por un par de doncellas. Era temprano aún. La tarde no estaba demasiado avanzada y el sol lucía. Así que los primos estaban jugando en el jardín norte. Bajo la atenta supervisión de Snow Segundo, quien adoraba jugar con los niños.

―Ah, no lo recuerdo así ―dijo con naturalidad Malcom.

―Ha sido bochornoso, excelencia ―sentenció Wilson.

El tío carnal de York había llegado después de que sucediese ese contratiempo, en el momento en el que los tres hombres estaban forzando al duque a bajar por las escaleras, puesto que Mason había estado atareado cortando flores, y ocupándose de que los dulces preferidos de Isobel estuviesen a punto para celebrar el nacimiento.

― Pamplinas ―refutó York―. ¡ Y aquí estamos todos los Banstorn reunidos para dar testimonio de que soy Ra! ―El cambio de tema le parecía más oportuno.

― Yo no soy un Banstorn. ―Se escuchó una objeción.

― Ah, nadie es perfecto, Sullivan ―apuntó el duque―. Nadie salvo yo, por supuesto ―se vio en la obligación de apostillar cuando Sullivan levantó una ceja.

―¿ Y qué hay de mí? ―inquirió Snow, a la vez que miraba al esposo de su madre.

― Sin desmerecer el honorable apellido que tu padre te otorgó, me siento orgulloso de decir que eres un Banstorn por acogimiento. ¡Uno espléndido!

―Señor Wilson, ¿usted no reafirma el apellido que su progenitor le otorgó? ―intervino Avery al verlo tan callado mientras todos le recordaban sus orígenes al duque pomposo.

―Ah, eso, eso, mi querido señor Wilson… ―insistió Malcom jocoso―. ¿Se siente un Banstorn? ¿Uno de los nuestros?

Liam miró con dureza a Malcom por poner en esa situación delicada a su tío. El hombre no deseaba que se diese a conocer su secreto. Al duque le dio igual. Estaba ansioso y un poco de distracción le iría bien.

―Me siento viejo y cansado ―habló el interpelado―.

Porque he tenido que ocuparme de dos muchachos que no me han dado tregua.

Ya saben… todos esos lloros, pataletas… Incluso con más de veinte años a sus espaldas, usted y su hermano no me permitieron despojarme de mi labor como niñera.

Al fin recupero las atribuciones muy agradecido, y no con dos hombres que debieron haber madurado antes, sino con dos niños, pues lady Gwyneth tiene derecho a tener una rabieta, de igual modo que el nuevo bebé que pronto llegará.

Avery soltó una carcajada ante las palabras del sirviente del duque.

―Ah, eso dolió, mi querido señor Wilson, pero me lo tengo bien merecido. No importa, hoy me siento benevolente y contento. Se lo perdono. Mi heredero pronto será alumbrado. A estas horas tal vez el doctor Sea ya esté envolviéndolo en su manta.

―Hermano, estás cantando victoria demasiado rápido.

―Es cierto ―saltó Theo con los ojos burlones―.

Todavía podría nacer otra encantadora y preciosa muñequita que tendrá a sus pies a un montón, un gran montón de pretendientes.

¿Te imaginas lo que será casar a dos muchachas, York?

―Oh, la venganza era un plato que se servía frío. Theo estaba disfrutando.

―Os expulsaré de mi credo, a Liam y a ti. No deberíais dudar de vuestros ser supremo, del cabeza de esta familia. Isobel dijo que sería un chico y hoy sostendré entre mis brazos a Gabriel W. Banstorn.

―¿Gabriel? ―preguntó Liam.

―¿No te gusta?

―Sí. Es bonito.

―¿Cuál es la alternativa femenina al nombre que has elegido? Porque podría ser una niña ―terció de nuevo Theo. Oh, disfrutaba de la incomodidad del duque.

―Ninguno. No hemos elegido un nombre de chica porque será un heredero. Gabriel ―aseveró con convicción.

―¿Nadie va a hacer alusión a que York ha ideado una nueva religión sobre él mismo? ―intervino Sullivan.

―A estas alturas ya no hacemos caso a las locuras de Ra ―señaló el señor Wilson en alusión al modo con el que York se autodenominaba con más frecuencia de la que sería recomendable―. Solo asentimos y sonreímos. Es más fácil.

―Está siendo absurdo e hiriente, señor Wilson ―se quejó el duque.

―Claro… Tú puedes serlo cuando quieras, pero cuando el resto te hace pagar con la misma moneda, ya no lo encuentras tan divertido, ¿cierto, York? ―Theo no olvidaría con facilidad el apuro que le hizo pasar con el señor Pharma la última vez que se encontraron juntos.

―¿Eres consciente de que tu esposa luce un incipiente y espléndido vientre, y que…?

―¿Quién crees que puso al bebé ahí dentro, York? Por supuesto que sé que Liberty será madre dentro de seis meses ―le recordó Theo.

―Bien. Más te vale tener un heredero, una ristra de muchachos, Theodore ―comenzó a decir el duque―, porque como tengas una sola niña, me pasaré los años, al menos hasta que tu hija se case, recordándote que ella podría dar con alguien como tú. ¿Te gustaría eso?

Theodore masculló una maldición porque York sería muy capaz de convertir la feliz noticia de ser padre de una niña, en un inconveniente cada vez que recordase que ella sería cortejada por un caballero.

―¡Ya está aquí! ―La condesa de Snow entró en el despacho e interrumpió la reunión. Snow se puso de pie y fue a abrazarla.

―Os he echado de menos, amor mío ―le dijo Theo, mientras le acariciaba el vientre a su esposa.

―Te amo ―le susurró Liberty sobre los labios.

―Yo más ―apuntó el conde, antes de darle un ligero beso. Los últimos meses habían sido fantásticos para Liberty y Theo. El embarazo solo traía más, mucha más felicidad de la que ya disfrutaban.

York gruñó.

―¡Todos lo sabemos! Nos ha quedado claro que el amor es precioso… ahora, Theodore… ¿¡Quieres dejar que tu esposa diga lo que ha traído al mundo mi valiente Isobel!? ―alegó molesto Malcom.

―¿Por qué no sube? Su esposa está disgustada porque usted no está allí, York ―propuso lady Snow.

York suspiró. Esa era Isobel últimamente. Ni ella misma sabía lo que quería. Primero lo echaba y seguramente pronto lo regañaría por no haber estado a su lado.

―Subiré de inmediato.

―¿Pero qué ha sido? ―interrogó Liam, mientras el duque salía a toda carrera.

Si Liberty respondió, Malcom no logró escucharlo.

El duque abrió la puerta. Como la vez anterior, Evangeline y Regina, que lucían una barriga redondeada muy similar a la de la esposa de Theodore, estaban junto a la duquesa.

Cuando lo divisaron, se giraron, le sonrieron, se adelantaron hasta su posición, le dieron un beso en la mejilla y salieron de la habitación para dejar a los padres solos.

―¿Cómo estás? ―le preguntó cuando se sentó sobre el lecho. Malcom le dio un beso en el pelo a Isobel. Ella estaba sosteniendo entre sus brazos a la criatura.

―¿No preguntas si he cumplido mi promesa?

―No me hace falta. Sé que lo has hecho ―expuso con rotundidad.

―¿Cómo puedes estar tan seguro?

―Porque tú eres así. Eres mi diosa y yo soy tu más ferviente creyente.

―¿Y si fuese una niña?

―Pero no lo es.

―¿Y si lo fuese? ―insistió ella.

Malcom le sonrió.

―Sostienes entre tus brazos a mi heredero.

Gabriel Wallarico Banstorn, marqués de Carisbrooke y otros tantos títulos más de cortesía, futuro duque de York.

Y si en vez de Gabriel hubiese llegado a este mundo mi segunda hija, me habría sentido igualmente dichoso y enamorado.

―York suspiró―. Casi siento lástima de que no me hayas dado otra hija.

Me siento colmado cuando Gwyneth me mira como si yo fuese todo su mundo, y admito que ser adorado de ese modo por una segunda niña hubiese sido grandioso.

―Mentiroso… Llevas meses quejándote de que tendrás que enfrentarte a un regimiento de pretendientes cuando llegue el momento.

Te he escuchado decirle a nuestra hija que no debe crecer, que tiene que ser una niña mientras tú vivas.

No podrías soportar pasar dos veces por el calvario que vivirás cuando tengas que entregarle a tu primogénita a su esposo.

―Y por eso Gabriel será un fantástico guardián que vigilará a su hermana mayor.

―York sostuvo entre sus brazos a la criatura que Isobel le había cedido.

Apreció los ojos del color del cielo del bebé y le sonrió―.

Nos uniremos contra todos los caballeros que deseen desposar a tu hermana.

No importa si son un dechado de virtudes, nadie la merecerá.

Me ayudarás a protegerla, ¿verdad, Gabriel?

―Me siento tentada a decirte que no es un niño solo por verte la cara. Tu seguridad es envidiable ―señaló Isobel mientras sonreía al ver la estampa que tenía frente a sus ojos.

―No es seguridad. Es fe. Fe en ti. Te lo he dicho antes.

―Es un niño, York. Sí, ya tienes a tu heredero ―dijo finalmente.

―No hacía falta la aclaración. Lo tenía muy claro, Isobel.

―Eres un fanfarrón, York.

―Y me amas a pesar de ello ―le dijo, mientras le devolvía al niño, puesto que el bebé estaba ansioso por mamar del pecho de su madre.

―Siempre. Ahora sobre esto de volver a ser madre… No creo que pueda volver a hacerlo. Ha sido igual de malo a lo que recordaba.

―¿Quieres que ponga los medios necesarios para prevenir un embarazo? ―preguntó, mientras le acariciaba la cabecita a Gabriel. Tenía muy poco pelo. Era moreno, como York.

―No lo sé. Incluso tuve mis dudas de que pudiese volver a quedarme embarazada o sobre si llegaría hasta el final del embarazo sin perder al bebé.

Todo ha resultado bien. Todavía no me lo creo.

Ha salido perfecto. Te he dado a tu hijo ―repitió como si no creyese que había logrado lo que se juró conseguir.

―Disfrutemos del momento. El futuro nos dirá qué hacer. ¿Te parece bien? ―Isobel asintió.

Un golpe en la puerta interrumpió la charla. York se bajó de la cama y fue hasta allí. Su hermano estaba ahí.

Liam tenía los ojos brillantes. Sin mediar palabra se echó a sus brazos.

―Sabía que lo lograrías. Lo sabía. Lo supe todo el tiempo.

No sé si serás Ra, hermano, pero para mí no hay nadie como tú.

Gabriel… Gabriel. Por fin… ―susurró. Liberty les había confirmado que York tenía a su heredero.

Wilson también estuvo con los ojos llorosos ante esa revelación.

Liam lo había visto antes de salir corriendo en busca de su hermano.

York se aferró a él. Liam había hecho que las lágrimas salieran de sus ojos. Los hermanos se separaron. Liam estaba también llorando al igual que Malcom.

―Has conseguido un imposible, Liam. Los hermanos Banstorn reducidos a los llorones a los que Wilson siempre alude. Y esta vez sí es verdad.

―Pero vale la pena. Llorar de felicidad vale la pena.

―Sí, hermano. Sí.

Malcom y Liam volvieron a fundirse en un sentido abrazo.