Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 17 #4
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Capítulo 17 #4

Snow se colocó delante de ella, de rodillas también.

Seguía sosteniendo su cabeza y la estaba mirando con adoración.

Era la imagen más fogosa que alguna vez había visto.

La mujer que amaba estaba con los ojos llenos de deseo, mientras hilos de saliva bajaban por su barbilla hasta su pecho.

Tan salvaje, tan dispuesta… ¡Perfecta! ¡Sublime!

El capricho de todo disoluto. El sueño de todo esposo: convertir en la cortesana más experta a la mujer a la que amaba con cada gramo de su cuerpo.

La besó en los labios. Un beso rudo, una muestra de su fascinación, de su devoción más cruda. Liberty respondió a la muestra con igual pasión.

Se separaron y lady Snow se quedó asombrada con lo que reflejaban los ojos de él. Amor. Un amor unido a una fogosidad que la hacía estremecerse.

―Necesito terminar, porque eso es lo que me haces.

Haces que precise la liberación como nunca antes la había necesitado.

Soy un hombre que disfruta con los juegos.

Soy más que capaz de tomarme mi tiempo. Mucho tiempo para disfrutar de tu sometimiento ante mis antojos.

Algunas veces estaremos horas hasta que decida que ambos hemos tenido suficiente.

Pero ahora mismo exijo montarte como un loco.

Vas a ponerte sobre la cama, levantarás tu trasero y te tomaré desde atrás.

No será fácil, Liberty. Quiero hacerlo con fuerza.

Quiero que tengas muy claro quien estará a cargo cuando intimemos.

Siempre he sabido que eras una mujer temperamental, a veces desquiciante, pero cuando estemos solos.

Eres mía y te rendirás ante mí. ¿Comprendes lo que te estoy diciendo? ―Ella asintió―. ¿Lo harás?

―Sí. Lo que quieras. Soy tuya, Theo ―le confesó con humildad, con agradecimiento y con devoción.

Lo amaba. Deseaba ser lo que él quería y se veía más que capaz de lograrlo, porque con lo que él le hacía, con lo que le proponía, solo nacía más y más codicia.

Más libertinaje. Más inmoralidad. Más ganas de experimentarlo todo.

De descubrir lo que él podía ofrecerle. Solo a ella. A ella y a nadie más.

El conde dio un salto y bajó de la cama.

La ayudó a posicionarse como necesitaba verla.

Tumbada sobre su estómago, sus manos anudadas a la espalda, con las rodillas apoyadas en el lecho y las piernas bien abiertas.

El conde estaba fuera de la cama. De pie, contemplando las ronchas rosadas que todavía permanecían en su piel lechosa.

Snow se agarró su duro eje, apoyó la cabeza en la entrada y la humedad de su esposa hizo que se deslizase hasta el final con suma facilidad.

―Me deseas, me deseas así, rudo, oscuro, sin contención… Dímelo, Liberty. Dime cómo me deseas. Dímelo, amor mío.

―Fuerte, más, más ―lo animó.

La presión que sentía cuando él llegaba hasta el final era desquiciante. Maravillosa y desquiciante. Los sonidos que hacía el cuerpo masculino cuando topaba con el de ella, la enloquecía. Los gemidos de Snow mientras la catapultaba hasta el delirio de la lujuria… Era increíble e inesperado.

Rudo. Dominante. Exigente. Sin tregua. Sin contención. La montaba con fuerza, sin descanso. No tardaría en dejarse ir. No podía soportar el ritmo que su esposo estaba fijando.

―Liberty… ahora, conmigo, ahoraaaaaa ―la urgió a dejarse ir con él. A llegar al cielo y disfrutar del ardor más íntimo y exigente.

―Sííííí. ―Liberty surcó una ola llena de placer. De satisfacción.

Mientras los últimos coletazos de placer sacudían a Theodore, y sabiendo que su esposa había logrado el éxtasis, le agarró las caderas para hundirse en su interior por completo.

Su simiente derramada donde debía ir. En el interior de su esposa. Una mujer que pronto tendría su vientre abultado. Liberty alumbraría a sus hijos.

Familia. Tendría una familia, sin renunciar a la satisfacción que le daba haber conseguido a la esposa perfecta para amarlo tal y como era.

Oh, Theodore convertiría a Liberty en una libertina experta, porque ella había dado indicios, más que suficientes, de que deseaba explorar la lubricidad que podía haber en los juegos de alcoba menos convencionales. Los que él tanto disfrutaba.

Snow estaba ansioso por mostrarle todo lo que tenía en su cabeza. Y ella lo iba a disfrutar y le pediría más.

Theodore Maxwell Dreyer al fin estaba en paz consigo mismo. Al fin había aceptado que no era peligroso para Liberty. Era perfecta para ella.

Liberty Dreyer, condesa de Snow, había descubierto lo que era el amor unido con la depravación y estaba lista para descubrir todos los secretos. Su esposo era perfecto para ella.

Una pareja feliz. Una unión que se había sellado atrás. Un matrimonio que al fin fue.

El conde se dispuso a liberarla de las cuerdas mientras le decía:

―Sí, esposa, sí. Solo te necesitaba a ti, para comprender que ni mil mujeres hubieran sido capaces de darme lo que precisaba. Solo tú podías liberarme. Amor y lujuria… ¿Qué más podría pedir un hombre felizmente casado?

―Te lo dije ―lo avisó después de echarse a reír.