Capítulo 17 #3
―¿Cómo es eso? ―Necesitaba más información al respecto.
Snow se tomó un minuto para pensar su respuesta. Era el momento de explicarle a Liberty sus inclinaciones íntimas. Las más secretas que tenía, y averiguar si estaba dispuesta a que él se lo mostrase todo.
―Te pondrías sobre mis rodillas y yo usaría mi mano desnuda para darte tu merecido castigo.
―Ah… ¿Qué más harías?
―Me gustaría atarte las manos a la espalda con una cuerda.
―¿Una cuerda? ―Dios. Lo que él decía era perversamente interesante.
―Tú estarías a mi plena disposición, pero con las manos inservibles. Y si no obedecieses, tus piernas también podrían acabar atadas a los postes inferiores de la cama. ―Señaló con el dedo ambos lugares.
Uhm, eso sonaba del todo interesante.
―¿Hay dolor en algún punto de todo el proceso que describes?
―Tanto placer que suspirarías y suplicarías por más.
―¿Qué pasará después de atarme?
―Estarías bellamente desnuda, sobre la cama, con un par de suaves nudos que te inmovilizarían las manos, pero no te haría apenas daño.
Entonces te pediría que abrieses la boca y me dieses placer.
Exigiría que me tragases por entero, como hiciste la otra vez.
Te usaría así solo para mi placer. Pero no me derramaría en tu boca.
No en esta ocasión, porque desearía hacerlo en tu interior.
Sería probable que descargase mi semilla en tu garganta la segunda vez que hiciéramos el amor esta noche.
Sí, definitivamente eso estaría muy bien.
―¿Qué más? ―preguntó emitiendo un gemido de lo más sospechoso…
―Liberty… ¿te estás tocando? ―inquirió mientras se incorporaba para observar a qué obedecían esos leves movimientos que sentía del brazo derecho de ella.
―Sigue diciéndome lo que sucedería… ―le rogó con un gemido menos disimulado.
―Estás acariciándote sin mi permiso… Eso serán diez nalgadas más de las diez que ya iba a darte por haberme dado un susto de muerte esta tarde.
―Sí, sí… pero no te detengas… ―Hacía años que Liberty había descubierto que su cuerpo le pedía atención y ella había aprendido a sentirse bien cuando se daba placer mientras pensaba en Snow. Siempre Snow. Solo Theo.
Theodore se apartó de ella. Liberty creyó que se había enfadado. Iba a disculparse cuando lo vio desprenderse de la camisa de dormir. Estaba también preparado para la acción. Su preciosa longitud se erguía orgullosa. ¿Cómo le había cabido todo eso en la boca?
Su esposo regresó a su lado mientras ella devoraba con los ojos cada parte de su musculoso y excelentemente bien formado cuerpo, preparada para lamerlo y demostrarle que era más que capaz de darle de comer y saciarlo.
―Camisón fuera. De inmediato. ―Ella lo hizo―.
Bien, ahora quiero que te tiendas frente a mí, con las piernas bien separadas.
Si vas a darte placer a ti misma, lo harás bajo mi vista mientras te explico cómo va a ser el resto de la noche.
Y espero que tengas fuerzas, porque antes de que amanezca habremos hecho el amor cuatro veces como poco.
―Uhm… ¿no hay castigo por haber sido una niña mala? ―preguntó con un puchero.
―¡Maldita sea! ―Su pregunta envió un tirón tan fuerte a su entrepierna, que Theodore la obligó a ponerse sobre las palmas de las manos y sus rodillas en la cama.
Oh, ese trasero en alto era perfecto―. Serán diez, Liberty, y las aceptarás sin rechistar.
Las otras diez nalgadas que me debes las cobraré en otro momento. ¿Estás preparada?
―Sí. ―La anticipación la tenía cargada de deseo.
La primera palmada cayó sobre su nalga derecha sin previo aviso. Tres más siguieron sin darle tregua. No era un castigo duro, pero tampoco blando. Un término medio.
―¿Estás bien? ―le preguntó después de la sexta.
―Sí ―respondió indecisa. No tenía muy claro lo que estaba sintiendo. Era extraño. El dolor mezclado con el deseo… curioso.
―Veamos si estás bien ―le indicó, mientras sus manos comenzaban a acariciarle su feminidad.
―¡Ay! ―exclamó Liberty cuando él hundió dos dedos en su interior.
―Empapada… ―murmuró completamente excitado por ver la reacción de su esposa―.
Deseosa de que continue impartiendo disciplina…
―Snow comenzó a mover los dedos en su interior con fuerza.
De un modo rápido. Muy intenso. La otra mano le acariciaba su perla sin tregua―.
No puedes dejarte llevar, Liberty. No busques terminar lo que estoy empezando.
Podrás lograr la liberación cuando yo diga que puedes.
De otro modo, si me desobedeces, te aseguro que no pondré mi lengua aquí.
―Presionó con más fuerza sus dos dedos en el interior―.
Y tampoco me introduciré dentro de ti para mostrarte que tu cabalgada de hace unos días era poca cosa comparada con la pasión que te desbordará cuando yo te monte a ti.
―Por favor… Por favor… ―Si en verdad no le estaba permitido lograr liberarse de la pesada losa de placer que la embargaba, él tendría que detenerse o aminorar el ritmo―. No podré… No podré contenerlo…
Con esa súplica, el conde dejó de penetrarla con los dedos y cesó su caricia sobre el nudo de nervios.
―Nooooo ―se quejó ella. Estaba en un lugar maravilloso. A medio camino de las picaduras que sentía en las nalgas y la satisfacción del placer.
―Te quedan tres nalgadas y serán más fuertes que las anteriores. ¿Puedes soportarlo?
―Sí ―alegó convencida.
Una. Dos. Tres. Cuando la última palmada cayó sobre su nalga izquierda, ella sintió la picazón en ambas medias lunas.
Había sido más exigente que antes. No le había mentido.
Todavía con las posaderas en alto, Snow no le permitió moverse.
Llevó sus labios donde su piel blanca estaba bellamente coloreada de rosa con toques rojos y la besó, mientras la acariciaba con ternura.
―Mi guerrera, tan obediente, tan ardiente.
Tan buena mientras soporta el castigo que se le debía dar por haber dejado de lado a su esposo…
Oh, Liberty, recuerda lo que sucederá cuando seas una niña malvada.
Recibirás disciplina, porque lo disfrutarás, porque sabes que lo merecerás por haberme contrariado.
Es así, ¿verdad? Lo deseabas… necesitabas que tu esposo te instruyese como era debido…
―Sí, sí… ―Ella estaba loca de deseo. Los dos dedos estaban dentro de Liberty haciendo una presión excelente, con un ritmo increíble―. Necesito dejarlo ir… No podré… Por favor, Theo, deja que llegue, deja que me libre de la…
―Sí. Hazlo, mi amor, te lo has ganado.
―¡Aaaaaaaaah! ―Tres segundos fue lo que tardó Liberty en gritar su liberación, con tanta garra que por un instante lo dejó sordo.
Snow sacó los dedos de su interior, y luego bajó la boca para disfrutar de la obra que había creado.
Chupó sin tregua, mientras Liberty trataba de salir de su agarre.
El conde tuvo que darle una nueva palmada para indicarle que debía estar quieta.
Ella obedeció y dejó que su esposo se diese un festín.
Pese a que estaba tan sensible que su lengua era un auténtico tormento que volvía a despertar de nuevo el placer, ella se dejó hacer.
Cuando el conde tuvo bastante de ella. Cuando la dejó perfectamente aseada para la siguiente ronda, se movió hacia algún lugar que Liberty no divisaba desde su posición, puesto que como Theo no le había dado ninguna indicación, ella no osó moverse.
Seguía en esa posición, como si estuviese a cuatro patas.
―Ven aquí, Liberty. Las manos a tu espalda.
Snow había ido a por una cuerda. Ella tragó saliva con fuerza. Tal vez no debió haberle pedido que le diese una buena muestra de sus apetitos.
―Yo…
―¿Confías en mí? ―la interrumpió él. Ella asintió y posteriormente se dio la vuelta y llevó las manos a la espalda, a fin de facilitarle el trabajo a su esposo.
Liberty figuraba de rodillas sobre la cama, mirando al frente, mientras su marido anudaba con bastante firmeza las manos de ella para impedirle ningún movimiento.
Cuando el conde se aseguró de que el trabajo estaba bien hecho, se puso de pie sobre la cama.
Desde su posición Liberty levantó el rostro para buscar los ojos de él.
―¿Qué…? ―comenzó a preguntar.
―Quiero tu boca sobre mí ahora. ―Liberty abrió los labios para cobijarlo.
Snow llevó su erección hasta ella. Le puso las manos sobre la cabeza―.
Lo hiciste muy bien la otra mañana. Hoy será sin tus manos y quiero ver cuánto eres capaz de aguantar mi intrusión.
Necesito que relajes la garganta y que respires por la nariz.
No seré demasiado rudo, pero sí voy a exigir tu rendición.
Voy a utilizarte. Si no te sientes bien en algún punto solo dímelo y todo se detiene. ¿De acuerdo? ―Ella asintió.
Snow comenzó a mecer sus caderas mientras se adentraba, poco a poco, en el interior de la boca de Liberty. Suave, pero en cada acometida trataba de ir un poco más rápido, algo más lejos y se mantenía en su interior durante más tiempo.
―Dios, Liberty… eres maravillosa para esto.
Para mi virilidad, para mí, para darme este tipo de placer…
Eso es, lo haces muy bien… Tan obediente…
tan perfecta y preciosa. No te imaginas lo mucho que me enciende la sangre verte engullirme hasta el fondo mientras me dejas todo húmedo, mientras tu saliva sale de tu boca para resbalar sobre tus pechos…
Eres gloriosa. Sí, sí, sí. Un poco más, solo un poco… ―demandó como si fuese un ruego.
El conde le sujetó con bastante firmeza la cabeza y luego se metió hasta la raíz en su húmeda cavidad.
La hizo sostenerlo así unos pocos segundos y luego salió por completo de la boca femenina.
Si no hubiese retrocedido, habría terminado inundándole la garganta con su líquido blanquecino y todavía deseaba probarla un poco más.