Capítulo 17 #2
―Ya te he dicho que no lo haré, amor mío.
Liberty y el conde estaban muy juntos. Sus bocas a un suspiro la una de la otra.
York carraspeó.
―¿Cómo lograste que le permitiese el paso a tu perro lobo, Liberty? ―indagó Malcom para cambiar el curso de la situación―. Admito que era un hombre inteligente, por eso no entendí como no te obligó a dejar a Snow Segundo en la puerta de la entrada.
―Tuve que hacer auténticos malabares para que Snow Segundo no mordiese a Florence cuando me besó.
―¿Te besó? ―graznó Snow.
―Fue un subterfugio para asegurarse de que el perro no era feroz, ni le haría daño.
Me sostuvo por el cuello mientras lo hacía.
Yo sabía que era una prueba y tuve que seguir actuando.
Desprecié el gesto con todas mis fuerzas, y tuve que concentrarme para mantenerme tranquila y serena, para que Snow Segundo no saltase sobre él y le atacase.
El conde estaba con los ojos completamente abiertos.
―Liberty… ¿lograste que el chucho ―dijo con rabia mientras miraba a Snow Segundo― se comportase mientras ese maldito, al que mataría con mis propios puños si no estuviese ya muerto, te tocaba?
―Ella asintió―. ¿Por qué no hiciste eso por mí cada vez que me acercaba a ti con la intención de…
? ―York carraspeó para frenarlo. Los ojos del conde se pusieron sobre los del padre de la dama.
Entendió que debía ser sutil, puesto que Pharma lo miraba con una ceja levantada―.
¿… de darte la mano y él me gruñía y mordía para evitarlo? ―se rectificó.
―Porque tú me ponías nerviosa, y no podía controlarlo.
Snow Segundo te marcaba, sin morderte, porque sabe que te amo, sabía que yo no confiaba en ti por completo, por eso te frenaba.
Tendrías que haberlo visto, Theo. Cuando Henry Florence se dispuso a pegarle a su esposa, solo tuve que decirle que atacase y él…
Fue espectacular. Desde que entramos al despacho el perro sabía que yo no tenía que estar ahí.
Estaba en guardia, y estoy segura de que él sabía que en algún punto tendría que protegerme.
Y lo hizo. Solo saltó sobre él, le mordió con todas sus fuerzas, le hizo sangre y no lo soltó hasta que yo escuché ese disparo y me acerqué temblando por si Florence lo había herido.
Pero no. Mi guardián estaba bien. ―Liberty estaba con la mano sobre la cabeza del perro, pues el can se había puesto a dos patas al escuchar la emoción en las palabras de Liberty y había ido a buscarla para ser acariciado.
―Sabes que yo hubiese actuado del mismo modo, mi amor, si en vez de haberte llevado al perro, hubieses confiado en mí para protegerte, ¿verdad?
―¡Ah, los celos! ―saltó York―. Celos por un perro.
La prueba más evidente de que un antiguo disoluto ha caído bajo los tiernos cuidados del amor.
Creo que sería prudente que todos nos marchásemos y que dejásemos a Liberty descansar.
Por cierto, tu lobo dejó a Florence sin brazo.
No quedaba nada. Es una fiera. Se lo habría comido entero.
―York estuvo maravillado cuando el magistrado le dejó ver el estado del brazo del villano.
Snow Segundo se había empleado a conciencia.
―Creo que mi hija está muy bien. Podemos alargar esta visita un poco más.
Tenemos que premiar al perro también por su gran hazaña.
¿Un trozo de carne? Yo mismo la cocinaré o tal vez la prefiera cruda.
―El señor Pharma no era tonto. Había estado antes en los zapatos del hombre al que había quedado más que claro que Liberty había elegido y perseguido porque lo amaba desesperadamente.
Y aunque sí que acabaría tomándole cariño, no era necesario dejarle intimidad a la pareja para…
Lucien se había reído con la alusión del abogado. Phenton también sufriría un infierno cuando llegase el momento de presentar en sociedad a su pequeña Calista, pero lo sobrellevaría mejor que ellos dos.
―¡Vamos, señor Pharma! ―exclamó Malcom―. Incluso yo tendré que ceder el mando llegado el caso, cuando mi pequeño rayo de luz se case, y lo haré cuando sea plenamente consciente de que está en buenas manos, estando bien amada, cuidada y atendida.
―¿Insinúa que Snow cumplirá bien su papel? ¿Que la protegerá? ―cuestionó Pharma.
―Bueno… si mi muchacho no lo hace, Liberty siempre puede contar con Snow Segundo.
El señor Pharma se rio. Una carcajada sincera.
―Visto así ―comenzó a decir el abogado cuando dejó de reír―, creo que podemos irnos. ―Se levantó del asiento. Lucien y York, que habían estado de pie, le siguieron la estela.
Snow y Liberty también se incorporaron con el fin de despedirlos hasta la puerta de salida.
El conde se acercó al oído de Malcom y le dijo en confidencia:
―No sé cómo ni cuándo, York, pero pagarás por el día de hoy. Me has avergonzado de un modo del todo reprochable frente al padre de mi mujer.
―Eres un desagradecido. Te he librado del inconveniente que no te permite subir a la habitación y encerrarte en tu alcoba con ella.
Es gracias a mí que todos nos vamos. Incluido el padre de tu esposa, que hubiese querido quedarse un año entero para comprobar que su pequeña está bien.
Si diciéndole que el perro es mejor guardián… ¿Sigues por dónde voy?
―Siempre le das la vuelta a todo. No sé cómo lo haces.
―Ah, son secretos de Ra. Secretos que me llevaré a la tumba.
―¿Qué cuchicheas? ―preguntó el señor Pharma mirando con fijación a Snow.
El grupo estaba en la puerta. Liberty, que había salido del brazo de su padre cuando Snow se colocó al lado de York, incluida.
―Solo estaba diciéndole que sería bueno que el perro durmiese durante una temporada en los pies del colchón, por si algún secuaz de Florence decide tomar represalias ―le dijo York, quien ladeó el rostro con discreción para guiñarle un ojo a Theodore.
―Un consejo muy sabio. Snow Segundo debería ocupar la parte central del lecho. ―El señor Pharma lo veía claro.
Lucien volvió a carcajearse.
―Es lo que haremos ―concedió Theo, bajo la asombrada mirada de Liberty.
La condesa se preguntaba en silencio si su esposo hablaba en serio.
Y Snow que sospechaba lo que ella estaría rumiando, iba a darle buena cuenta de dónde dormiría el perro mientras él le hacía el amor sin contención.
Si Snow Segundo no lo molestaba, le permitiría estar sobre las mantas, a los pies de la cama, pero como ladrase o respirase más alto de la cuenta, se iría a otra parte hasta que acabase de disfrutar de Liberty.
Y lo haría aunque le debiese la vida de su condesa. Eso no era discutible.
***
Los condes de Snow estaban sobre la cama. Ella ataviada con un sencillo camisón de algodón y él con una camisa de dormir.
Acababan de cenar. La chimenea crepitaba, las llamas alumbraban la habitación del conde.
Snow Segundo figuraba cerca del fuego, a una distancia más que prudencial, justo sobre las mantas que componían su camastro y que el conde había separado de la cama para que el perro tuviese calor en esa fría noche.
―¿Estás bien, amor mío?
―Sí, Theo. Te agradezco la preocupación, pero no puedes preguntarme cada cinco minutos si estoy bien.
―Ha sido un día duro para ti. ¿Quieres dormir?
―¿Tú quieres dormir?
Él se tomó un momento para suspirar.
―No. Es evidente que estoy muerto de preocupación… ―ella rodó los ojos ante esa contestación― y deseo por ti. ―Liberty se separó de él.
―¿Quieres hacer el amor?
―¿Tú quieres hacer el amor? ―Liberty se mordió el labio inferior después de haber escuchado la pregunta de Theo―. ¿Qué tramas? ―Snow la veía darle muchas vueltas a algo.
―Me gustaría olvidarme de lo que he visto. No le deseo la muerte a nadie, pero desde que lo vi aquella noche en la que logré ponerte el lazo, Henry Florence me ha dado espasmos. Era malvado.
―Lo sé. No quiero que pensemos más en él. Lucien dice que en poco tiempo podrás dejar a un lado lo que has presenciado. Tú eres una mujer fuerte.
―Sé que soy fuerte, por eso quiero pedirte algo que tal vez te sorprenda.
―¿Qué necesitas?
―Quiero ver tu lado más salvaje.
―¿Perdón? ―No la había escuchado bien, pero su entrepierna sí, porque se removió todavía más que cuando había estado abrazándola y acariciándole la espalda de modo tierno mientras estaban acurrucados en la cama.
―Soy tu esposa.
―Lo eres.
―Soy tu amante.
―La única que habrá.
―Espero ser la madre de tus hijos cuando Dios nos los mande.
―Y serás excelente.
―Entonces como tu amiga, como tu compañera y confidente, me gustaría pedirte que me mostrases cómo logras la satisfacción más cruda. Cómo consigues saciarte. Tengo que saber si soy capaz de… de…
―¿De soportarme? ―la ayudó.
―De darte de comer lo que necesitas ―dijo con confianza.
―Hay más allá de una relación física entre nosotros, Liberty.
Me he dado cuenta, mientras corría a toda prisa en dirección a casa de los Florence, de que no solo necesitaba a una mujer que me…
diese de comer, tal y como tú lo has llamado.
Y no me daba cuenta porque no buscaba más allá de una amante para pasar una noche entretenida.
No. Tú eres mi amor, mi esposa, mi compañera y todas y cada una de las cosas que has dicho.
Hay un vínculo muy fuerte entre tú y yo.
Nuestra intimidad es un aspecto más de nuestra vida, pero no el único o el más importante.
De eso me he dado cuenta por fin, y ni te imaginas lo que me ha costado llegar a esa conclusión.
―¿Eso significa que tendremos un matrimonio poco apasionado? ―preguntó con el ceño fruncido.
―No. Haré temblar las paredes si me lo permites.
―Quiero que las paredes tiemblen.
―Me gustaría azotarte cuando te portes mal.
―¿Qué? ―curioseó sin saber si había escuchado bien.
―Desde que supe que no corrías peligro, he querido darte unas cuantas nalgadas por haber sido una niña mala, Liberty. Muy mala.
La condesa tragó saliva. ¿Por qué acababa de humedecerse con esas palabras dichas con sinceridad y sin picardía? Porque se lo imaginaba azotando su trasero con…